17.2.12

FRANCAMENTE



En la imagen, bajo la atenta mirada de Suárez, y las autoridades eclesiales y políticas, mi primo estrecha la mano de, ni más ni menos, el Caudillo. Fue en 1966. El colegio Santo Domingo de Orihuela ganaba entonces el famoso concurso de Cesta y Puntos. Fue todo un acontecimiento. Supuestamente, 10 millones de personas vieron, a través de la televisión el concurso y la entrega de premios a los ganadores. La revista Oleza, encabezaba así su edición especial del evento: "El Colegio Diocesano Santo Domingo de Orihuela, tiene el honor de ofrecer este modesto triunfo, con humildad, admiración y gratitud al Generalísimo Franco, artífice de la gran victoria de la unidad de España".
El valor de una fotografía tiene algo de paradójico. Ofrece, incuestionablemente, para siempre (hasta que el soporte de papel aguante) algo que ocurrió durante tan sólo unos instantes. Barthes estaba obsesionado con averiguar el estatuto ontológico específico que representaba la fotografía, y apuntaba a esta característica como reveladora de tal especificidad: la capacidad de la fotografía de reproducir hasta el infinito algo que aconteció sólo una vez. De este modo, como el autor francés dice, la fotografía es "el Particular Absoluto, la Contingencia Soberana", de tal modo que en principio sería más adecuado hablar de tal o cual foto que de la Fotografía.
Curiosamente, el redescubrimento de la foto que coloco aquí, ha coincidido con mi relectura de La Cámara lúcida, el exquisito libro que Barthes dedicara a la fotografía y la denuncia que la Fundación Francisco Franco acaba de disponer contra una escultura que se exhibe en ARCO, en la que una imagen hiperrealista del dictador aparece dentro de una de esas cámaras frigoríficas que expiden refrescos.
Teniendo en cuenta lo que apunta Barthes, mi primo, que muy formalmente, como no podía ser de otro modo, estrecha la mano de Franco, lo hizo durante unos segundos, pero tales segundos fueron vertiginosos, suficientes para que moléculas de quien dio el golpe de estado que inició la Guerra Civil y charló con Hitler, se mezclaran con las suyas. Aun cuando, rato, días o meses después , se lavara las manos, ¿hasta cuándo tales moléculas resistieron sobre su piel y se extinguieron realmente, teniendo en cuenta que no eran las moléculas de cualquiera? A veces he pensado en escribir un cuentecillo sobre las consecuencias físico-psíquicas que tal contacto sensorial tuvo en mi primo: que la mano se le agigantaba o cambiaba de color, que envuelto en pesadillas, esa mano cobraba vida propia, poseyéndolo y obligándolo a hacer tropelías... En fin, una fantasía algo previsible. Afortunadamente, mi primo continuó con sus estudios y concluyó brillantemente su carrera. Que yo sepa, aquel roce, aquel contacto, aquella convergencia de dedos y palmas, salvo su fugitiva significación histórica, perpetuada por la fotografía, no tuvo, que yo sepa, efectos secundarios graves. A diferencia de otros que sin haber conocido o "tocado" al dictador, se empeñan en remarcar su carácter de fetiche con exposiciones polémicas.   

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