23.2.12

LOS CUERPOS DEL DÍA: COMPETENCIAS DE LA POESÍA


Hace ya tiempo que sobre los poetas gravita un interrogante: cómo preservan la dignidad de lo que hacen (o bien, qué relevancia piensan que sus trabajos puedan alcanzar) limitándose al marco estricto de la confesión escrita, oxigenada, ocasionalmente, por algún que otro recital, encuentro colectivo o salvífico premio literario. Uno se pregunta si, finalmente, la energía y la productividad del amanuense solitario que es el poeta, no terminan sino por alimentarse de sí mismas, de su propia y recóndita dinamicidad, sabiendo de antemano que van a contar con una recepción, a veces, menos que minoritaria, y sólo condimentada por el reconocimiento de amigos y posibles cómplices más o menos lejanos.
Es notable constatar que, a pesar de todas las crisis imaginables, decadencias y modas, la poesía sigue resistiendo, sigue siendo el reducto - querríamos, al menos, imaginarlo así - insobornable de la expresión más entrañable, y que ya sea en veladas aisladas, en publicaciones cuasi furtivas, a través del ciberespacio, y sobre todo, gracias a la gestación corajuda y secretamente lúcida del sujeto que se siente comprometido con la palabra, se nos de a conocer.
La cuestión residiría en que esa lucidez del poeta dejara de ser tan recóndita o secreta, y que, recuperando un horizonte de espacio social, llevara su mensaje de belleza, dolor y esperanza a primera línea. Si ello ocurriera, la poesía se libraría del sambenito de ser un discurso - hablo desde el estereotipo del profano - enfangado en subjetividades concéntricas y limbos verbales. Lo que pasa es que, actualmente, en primera línea lo que hay son deportistas, políticos, actores y, a lo sumo, algún novelista. La sociedad parece haber elegido a sus portavoces, una sociedad que es, todavía, la consumista y la del espectáculo. Y claro, las globalidades excluyen registros que sean reacios a su mercado.
Cualquier poeta que persevere en su poesía, teniendo en cuenta las circunstancias que vivimos, suscita estas elementales reflexiones. En esta ocasión tal cosa es lo que me ha ocurrido con la lectura de un par de libros de Fulgencio Martínez, como me podría haber ocurrido con la obra de cualquier otro poeta, salvo que en la obra de Fulgencio hay una protesta más que perceptible y una concienciación que viene a exigir un orden mayor de los valores que, precisamente, los usos sociales parecen estar malinterpretando, empobreciendo y erosionando.
Cuando los manifiestos en poesía parecían típicos de épocas pasadas, cuando "la poesía del silencio" y "de la experiencia" se han convertido en precoces momias de la crítica literaria, resulta interesante comprobar  cómo la poesía - admirable dignidad la de la poesía, exclamaría, citando a Lezama - vuelve a ser testigo secreto y ardientemente justo de lo que está ocurriendo en mundos y mentes.
Confieso mi alergia a todo filtramiento ideológico explícito en una obra literaria, pero cuando "la circunstancia" - social, ética, emotiva - implica más que una militancia, la asunción de una responsabilidad, como es el caso de la poesía de Fulgencio Martínez, uno piensa en lo que constituye, en definitiva, la misión humana de la poesía, y en la posibilidad renovada de que ésta cumpla con un papel más concreto y visible ante la comunidad variopinta de los lectores.
Desde luego, que la poesía deba ser esto o lo otro, según no sé qué cánones atemporales, es materia vacilante de criterios, gustos y experiencias: "El mundo es ancho y ajeno", como decía el novelista.
En este sentido, el que Fulgencio Martínez, además de poeta sea educador, quizá no influya en las competencias  de su poesía sino como un efecto, paradójicamente, beneficioso, de deformación profesional. Y quizás no sea sino esta condición, ser profesor de instituto y poeta a un tiempo, lo que provea al Fulgencio poeta de más razones y pruebas para espolear su obra en una dirección concreta ante la vista de lo que deviene y se configura a través de las nuevas generaciones.
La poesía todavía es esperanza, pero la gestación de su palabra - "recogida de la calle" - no puede eludir siempre las problemáticas derivadas de la sociedad en la que nace y emerge.
Hay una pregunta incómoda que algún provocador podría esgrimir ante lo que éste juzgase como artificios y arrobos autistas: ¿Qué hacen los poetas de hoy ante las urgencias del mundo que vivimos? La respuesta es sencilla: escribir, seguir escribiendo, defendiendo con esa actitud el territorio moral y simbólico que tal escritura va definiendo. Un poema no es algo que se añada al mundo, sino una imagen viva de éste que renueva y modifica sus límites. Un poema es algo mucho más precioso que información, meramente engrosable.
Para saber de lo que la poesía puede o deba hacerse cargo, quizá lo mejor sea consultar al propio poeta. Por ello, coloco aquí el enlace con el blog de la la publicación digital del número 26 de Ágora.
http://agoralarevistadeltaller.blogspot.com 
En la página  28  Fulgencio publica una reflexión a modo de manifiesto sobre el papel cívico de la poesía, cuya oportunidad me parece incontestable.

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