27.6.12

ANECDOTARIO SEUDOAPÓCRIFO







En el museo de ciencias de Gotinguen, un Schopenhauer de 12 años quedaba impresionado al observar un gato disecado con dos columnas y ocho patas. Al principio su reacción fue la de embobarse ante tal espectáculo, pero también se desconcertó ante lo que juzgaba un error divino. ¿Cómo era posible aquello? Lo achacó al azaroso obrar material de la naturaleza. Años más tarde soñó que veía al gato monstruoso deslizarse por el patio de su casa. Aquello era un enigma que se resistía a una dilucidación conciliadora. El gato absurdo persistía. Se cree que aquella imagen originó el famoso pesimismo schopenhaueriano y que llegó a desconcertarle más que el asistir al ahorcamiento de unos criminales en Londres. El gato deforme era un símbolo del desamparo humano, de nuestra exclusión del paraíso, de la posibilidad de una orfandad divina. Aquel ser deforme no podía ser sino el error, el disparate de la creación abandonada a la mera producción biológica, al experimento teratológico de sí misma.







Una buena mañana Vicente Huidobro salió de su casa para ir al trabajo y vio una mota de polvo brillar con más fuerza que el resto. Pensó entonces en un viejo vestido de lentejuelas de su madre, en cómo algunas de las lentejuelas brillaban más que otras. Pensó entonces cómo y porqué se destacaba más esa mota de polvo-lentejuela del resto del aire-masa sombría del vestido. Las zonas en sombra del vestido de su madre bailando y las motas no brillantes que él adivinaba flotando en un área microscópica, permanecían en un misterioso margen de sombra. Es casi como si no existieran, como si en un determinado momento, un movimiento las hurtara a la materialidad o las suspendiera, eventualmente, a la mirada. La mota de polvo-lentejuela brillante actuaba como puente entre lo perceptible y la materia oscura, la base hueca sobre la que el cosmos se desplaza como una suerte de rodillo cósmico-blando. Decidió que sólo la poesía podría resolver tal urdimbre de percepciones y, entonces, inventó el creacionismo.


Alfred Jarry era aficionado a visitar La Morgue, aficción que era natural a todo ciudadano parisino de la época. Las gentes, entonces, acudían a ver la espeluznante exposición de cadáveres los fines de semana, como si de una atracción de feria más se tratase. El tornasolamiento de la piel de los difuntos le inspiró algunos poemas, como por ejemplo, Opio. Pero la verdad es que tal poema no fue sino la transcripción lírico-funeraria de un sueño que tuvo tras una de aquellas visitas. Jarry contaba su sueño a un amigo, Roland Doisneau, en una carta. El sueño apenas contenía elementos narrativos. Consistía en una imagen y en una sensación. Jarry se encontraba en el interilor de una gélida piscina. La piscina colindaba con una serie de departamentos, entre los que se intercalaban otras piscinas. Aquello era La Morgue. Jarry recrea en su poema la extraña sensación de estar flotando como un cuerpo inerte y el deseo de remontar aquella posición angustiosa, topándose con una multitud de personas - el público - que flotaban a la misma altura que él. No sabríamos decir, en el caso de Jarry si las sustancias estimulantes jugaron un papel "inspirador" en su obra, o si fue la propia obra de Jarry, que se alimentó del manantial abierto por el simbolismo, la literatura popular y la heráldica, la que se convirtió en un muestrario verbal de delirios sin fin.





Cuando era un adolescente, Dalí, que hasta una edad adulta, según Pepín Bello, no sabía lo que valía una moneda de cinco pesetas ni se atrevía a sacar billetes de tren por el pánico que le daba enfrentarse al busto parlante del hombre de la ventanilla, , paseaba una luminosa tarde de verano por el campo. Recorría una gran extensión llana, salpicada de arbustos amarillentos y resecos. No había nadie hasta que divisó a lo lejos, a un campesino que regresaba de sus tareas. Temió algo, pero continuó su exploración solitaria, alejándose de la dirección que tomaba el payés. En sus ensoñaciones creía ver un rostro monstruoso en unas rocas lejanas. El sol le estaba aturdiendo, formas pegajosas burbujeaban en su cabeza. De pronto, chocó con el campesino. Dalí lo interpretó como un signo más de su futuro éxito y desde entonces procuró guardar cuidosamente sus excrementos en el armario, siendo consciente del áureo poder simbólico de las inmundicias, hasta que lo descubrió una sirvienta. Fue entonces cuando cumplió los veinte años, su padre lo envió a estudiar a la capital y sustituyó la recolección secreta de densos zurullos por las relaciones sociales y la búsqueda de vaticinios extraordinarios en las migajas que quedaban en la mesa después de comer, pues sólo en la degustación selecta de restos materiales podría hallarse la sustancia mística del alma universal.

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