19.6.12

DIARIO





Qué carrerilla tomamos al decir “extraordinariamente”, o cómo fluye la lengua cuando el conjunto de los fonemas están ya preparados para activarse como ocurre con las frases hechas: “me llama poderosamente la atención”. A propósito de pronunciaciones y enunciaciones, a veces parece que al español le falte la suficiente energía como para hablar su propio idioma materno - no que lo hable de modo incorrecto, gramaticalmente hablando-, sino como si costase un esfuerzo físico considerable remontar la hilera vocálica que ofrece el orden de ciertas frases: institucionalización, territorialización, estructuración, transculturización. El castellano que a veces puede sonar a alemán: cómo crujen y restringen. Obsérvese la semejanza: Fernández - Reijlander.



Escucho por la radio a un periodista hablar sobre la “silenciosa invasión china”. Se prevé que para el 2019, China haya superado a Estados Unidos y se convierta en la primera potencia económica. Potencia económica, que no cultural. China, con expansión económica o sin ella, con el disfraz del comunismo o sin él, sigue siendo ese cosmos de individuos hechos en serie, la Mónada hecha de mónadas, esa civilización destinada al hermetismo. Recordemos lo que el sorpresivo Rafael Barret escribía hacia 1900: “En China obrar es copiar, vivir es repetir. Un camino nuevo, una nueva idea es algo sacrílego. Cambiar, para ella, equivale a descomponerse”. Es bastante lógico que China adoptase la fórmula comunista. Sólo un partido único que dispersa la alternativa democrática bajo retóricas de partido podría solucionar la gestión de ese ente masivo que es China. En China no hay sujetos, sino colectivos.O bien, un Colectivo: la masa de la población. Y cuando hay sujetos, surgen los problemas: véase la cuestión de los disidentes y cómo lo resuelven: arresto, o exilio.   






Cómo experimenta el cuerpo, la psique, el cambio espacial, las tonalidades ambientales. Cuando entro en una iglesia, algo en mí se sume en una embriaguez secreta. La delicadeza de las figuras sacras en las capillas o el vuelo de las columnas producen inmediatamente una impresión vertiginosa en un ámbito quieto y silencioso: he aquí una curiosa contradicción. La serenidad es simultánea al estímulo delirante: penumbras parpadeantes, rosetones, vitrales, imágenes de ángeles, la centralidad geométrica y solemne de los altares. El género arquitectónico de las iglesias es el fantástico. Cuando entro en el FNAC, me siento un chico moderno que consume cultura. Me rejuvenece entrar en los centros de esta casa, hasta me siento cursi andurreando por las estanterías. El FNAC ha sabido muy bien crear a sus propios clientes: veinteañeros o treintañeros, generalmente, con dinero para gastar en libros o música. 


Lucha de miradas. Antaño, cuando entraba en alguna cafetería, acompañando a mis padres o yendo por la calle, cualquier mirada de cualquier tipo que se fijara descaradamente en mí demasiado tiempo, la interpretaba, en mi reacción neurótica, como un control intolerable sobre mi persona y respondía con otra mirada intimidatoria y continua hasta que el otro retiraba la suya, humillado. Ahora “la lucha de miradas” se ha convertido en un asunto penoso: apenas le resistas la mirada tan sólo más de 5 segundos a un árabe o algún individuo del Este que pase a tu lado, el otro, el inmigrante, se siente acosado, piensa que le detestas, te ve como un policía, y reacciona o bien devolviendo la mirada, o bien retirándola, angustiado y temeroso en un lamentable y confuso desgaste de energías para ambos: el autóctono y el extranjero. En el encuentro de miradas parece reflejarse por inercia ese detritus del discurso xenófobo que flota por ahí y que pugna por colarse en ciertos imaginarios. Por eso es imprescindible comunicarse para diluir tal enajenación.          

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