14.6.12

DIARIO




Al parecer Rydley Scot va a filmar por aquí cerca, en las afueras de Alicante. A propósito de ello, me he puesto a pensar en el cine norteamericano de ciencia ficción y en lo que se basa el cine norteamericano en general, en lo que le diferencia de otros. Resulta curioso. Teniendo en cuenta la diferencia descomunal en cuanto al número de producciones que nos llegan a estas latitudes, no recuerdo haber visto ninguna película norteamericana del género de ciencia ficción o fantástico cuyo final te deje fascinado, sin habla como sucede con el final de Solaris de Tarkovsky. (El recuerdo adolescente del final de El planeta de los simios todavía sigue impresionando, pero, claro está, no tiene esa dimensión numinosa que posee el film ruso). La razón es muy sencilla. El cine norteamericano se caracteriza por su gran dinamismo, por el predominio de la acción, efecto inmediato del período épico que está viviendo el país, sede del progreso tecnológico y de la estrategia político - económica. El cine norteamericano ha impuesto su estilo, se puede decir que el cine es el cine norteamericano, y el europeo, el alternativo a ese cine. La contrapartida de el cine norteamericano es, precisamente, que la característica que lo define es también lo que lo “limita”. La espectacularidad suele aniquilar cualquier otra cualidad estética. Ese predominio de la acción, esa espectacularidad es como la expresión de un superávit de energía que, podríamos decir,  infecta los films norteamericanos. Baudrillard hablaba de las películas de acción como de esa locura de “la máquina autista”. 
La lentitud parece estar asociada a lo reflexivo, a la monumentalidad, a lo soberbio, a lo profundo. También a lo aburrido o estéticamente fallido, aunque ello dependa de factores de percepción y disparidad de gustos. Las películas norteamericanas, repletas de ritmo, son entretenidas, y eficaces, pero padecen un virus: el de anularse en la espectacularidad, en el exceso de explotación de su propia estereotipia.



La semana pasada los periódicos y telediarios nos repetían, obsesivamente, que el rescate era inminente. La alarma y la angustia nos atenazaba el pecho. Ahora el rescate ha sido aprobado y se cursará en breve. Y no parece haber ocurrido gran cosa. Los medios de comunicación, presos de una infinita avidez de acontecimientos, al sobreinformarnos, solapan o diluyen el acontecimiento del que se nutren y del que no cesaban de hablar, es decir, de producir noticias. Ahora, el próximo “acontecimiento” versará sobre cómo y de qué manera se producirá el rescate. Y ya se encargarán los periodistas y analistas de ilustrarnos sobre el proceso del rescate y de volver a alarmarnos y angustiarnos otra vez.

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