22.7.12

DIARIO CASI ÍNTIMO






Leo una nota de Barthes sobre los motivos nucleares de algunas culturas. La culpa, por ejemplo pareciera atravesar la cultura cristiana : de ahí las complejidades psicológicas y patológicas con el tema del pecado, las especulaciones teológicas sin fin. Otras culturas pueden serlo de la vergüenza, dice Barthes y yo pienso en la islámica, por sus tabúes sobre lo sexual  y las arcaicas obsesiones sobre las impurezas de la fe y las costumbres gastronómicas. Unos días después, viajando en un tren de cercanías, una joven árabe sentada delante de mí, discute acaloradamente con alguien a través del móvil. No sé por qué pienso que discute con su novio. De pronto, le espeta a su interlocutor en castellano: “Por tu culpa”, como si no tuviera un término en árabe equivalente.



Sueño con el título de un poemario: Variaciones de lo semejante.




A propósito de sueños: tras un breve encuentro en la calle con Blanca Andreu, tengo un sueño que viene a ser el reflejo de lo que no me dio tiempo a decirle acerca de lo que proyecto escribir. Nos encontramos en las habitaciones destartaladas de una casa vieja mientras le cuento lo que quiero, literariamente hacer con el legado de mi tía abuela – montones de revistas, postales, fotos y libros antiguos – . Conforme voy hablando, Blanca abre cajones y armarios, a toda velocidad, tirando por el suelo ropas y bultos. Tras esta un poco enloquecida exploración, acabamos, ella y yo encerrados con otras personas en una de las habitaciones de la casa. Comprobando que no podemos salir, nos acomodamos en el suelo como si las extrañas circunstancias o alguien decidieran que pasáramos por una breve prueba de Gran Hermano. Entra otra persona en la habitación. Blanca se levanta, se dirige a la puerta y protesta dando gritos. Yo admiro su gesto de rebeldía. Dos de las personas anónimas que se encuentran con nosotros, deciden acabar con este encierro suicidándose. Salen fuera y se lanzan al mar. Poco después, hacen entrar los cuerpos recatados del agua. Son como dos enormes capullos de gusanos de seda. Observo en un punto del fondo de los envoltorios manchas de restos orgánicos. Me dirijo a Blanca que está sentada junto a mí en el suelo y digo con tristeza: no es interesante morir.   




El otro día, duchándome, cruda fantasía ocasionada por la exasperación nerviosa y la fragilidad de estar desnudo. Me veo bajo el agua con todos los tendones y las venas al aire. Cada gota de agua es como una hoja de afeitar.




Para ser justos con los grandes autores, hay que esquivar la caricatura. Después de leer, seguidas, un buen número de críticas literarias del joven Borges, éste acaba pareciéndome un lúcido impertinente. La crítica es también un ejercicio de estilo.

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