11.4.14

LA CHICA DEL CASCO


 
 

Observo un retrato del fascinante rostro de Louise Brooks, la actriz de cine mudo  que por la forma de su peinado, tan característico, era llamada  “la chica del casco”. Reparo en que murió en 1985 y que su cuerpo fue incinerado. Me detengo en este detalle fulminante y una fascinación lúgubre me lleva.   Superponer el rostro de Louise a la imagen de una urna es una operación absurda de sustituciones.  ¿Cómo es posible que este rostro tan perfecto y soberano se haya diluido en la nada, que de semejante belleza, de este magnetismo no quede nada? Tenía razón Poe al decir que no hay mayor motivo poético que la muerte de una mujer bella.

Pero yo no siento sólo melancolía sino rabia ante lo desconcertante. Dan ganas de increpar a todas las divinidades alzando el puño, amenazar con derribar todos sus sordos pedestales.

Me detengo un momento y pienso en una película que he visto de ella recientemente. Me digo que es allí, en la película, como mejor puedo imaginarla duraderamente. No como meramente mejor puedo y podemos recordarla, sino que en la atemporalidad de la representación estética es donde más óptimamente puedo pensar su eternidad, en donde mejor puedo hallar una metáfora de esa eternidad. Es entonces, recordando escenas de la película, que puedo también libremente visionar, cuando me doy cuenta del matiz: esas imágenes son anteriores y posteriores a su desaparición, por lo tanto la naturaleza de esas imágenes se vincula a lo eterno, están fuera de este mundo, como diría Wittgenstein.






Las imágenes de la película de Louise Brooks, en las que la veo a ella sonreír, bailar, llorar, pintarse los labios, me están diciendo que todo ello subsiste a pesar de que los actores, el escenario y Louise Brooks ya no estén. Pensar a Louis Brooks, hacerla regresar al presente de la tierra sería un error, significaría volver a hacerla mortal. Tengo físicamente que olvidarla para que no muera, contentarme con verla en la película. Es ahí donde vive. La bella Louise Brooks no se arregla el vestido y saluda desde un supuesto y melancólico pasado, sino que lo está haciendo ahora, delante de mí; y es en la órbita de ese ahora que Louise Brooks no muere ni puede morir, (como no sea ficticiamente). ¿Soy capaz de imaginar tal pureza, es esa pureza en lo que me tengo que basar para imaginar un espacio a la esperanza?

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