11.9.14

CHANTAL MAILLARD. LA BABA DEL CARACOL






Chantal Maillard contempla en el haikú algo más que meras constataciones delicadas : es la expresión neta de lo que se produce, de lo que es, de lo que ha ocurrido o acaba de ocurrir. De ahí la relación sutil, pero nada extraña, del haikú con la fotografía.

Más que una suerte de micropoética, o poética de lo micropoético, lo que Chantal ve en el haikú y reivindica es su categoría de comunicar o recoger el fenómeno original.

Lo característico del haikú no es, pues, explotar las apariencias sino señalar lo que existe, lo que está siendo ahí, con nosotros, envolviéndonos. La brevedad versicular del haikú, por lo tanto, es engañosa: su desglose implicaría exponer fenomenologías y analizar retóricas.      

Chantal reivindica una poesía más allá de la ratificación lingüística o que se confunda con ella. Necesitamos de una poesía que, tal y como hace el haikú, no se evada de lo concreto, de la realidad simple e irremediable que alude a nosotros. 

Los rebosos lingüísticos, los abusos metafísicos, las autocomplacidas decadencias, son el error persistente de las poéticas actuales. La poesía debe obrar con lo que la realidad le ofrece, con la materia vertiginosa y pobre, fascinadora y terrible que le procura la realidad, y la operación es saber manejar el lenguaje para que este desaparezca y se limite a ser reflejo no productor de reflejos. Necesitamos asomar la cabeza fuera de la saturación verbal, de la suntuosidad inútil por no significante.

Escribe Barthes: “Para los japoneses en sentido estricto lo bello no es la flor del cerezo sino el momento en que, perfectamente abierta, va a marchitarse. Todo esto dice a las claras hasta qué punto el haikú es una acción (de escritura) entre la vida y la muerte.”

¿Podría la poesía llevar a cabo esa tentativa, extraer del tiempo, de las fracturas sutiles del tiempo el gran manantial de los fenómenos? Dicho así, bruscamente, pareciera una poética metafísica más, pero lo que quizá sí deba hacer esa poesía que necesitamos se produzca sea no imaginar episodios sino extraerlos de lo real, es decir, saber hacer aflorar lo visible, valga la paradoja.  

Si la poesía nos dice lo que hay, lo que se está produciendo, Maillard insiste en que abandone sus suculentas trincheras y sepa contarnos qué sucede, qué realidades se desprenden de lo que pasa ante y entre nuestros ojos.  

1 comentario:

José Antonio Fernández dijo...

Me atrae mucho ese libro. Más con la entrada tan estupenda que le has hecho. Me lo apunto. Gracias José María.