4.6.15

Diario. REFLEXIONES MORISCAS







Ceuta.
Sensación de precariedad, de desbarajuste, de caos, tras haber visto un reportaje en Antena 3 sobre el famosamente conflictivo barrio de El Príncipe, en Ceuta. Pensar que “aquello” es territorio español resulta un tanto risible. Cómo no van a pensar los jóvenes en largarse, en embarcarse en destinos confusos y peligrosos pero que les produzcan algo de entusiasmo, ante un panorama tan desolador. Recuerdo que Fernando Arrabal, hace unos años, radicaba la capitalidad de España en Melilla, ya que en un espacio pequeño conviven las tres grandes religiones: la judía, la cristiana y la musulmana. Siempre he pensado que Ceuta y Melilla, son estupendas ocasiones frustradas de cohesión, de mestizaje cultural. No hay acontecimiento de orden cultural que nos obligue a citarlas aquí, en la península.
El abandono institucional de aquel paraje ceutí potencia aún más su estado de peligrosa y desesperanzadora dispersión.
¿Por qué no organizar allí un concierto superesectacular, algo que dinamite, aunque sea episódicamente, el ambiente de pobreza y desamparo, y nos permita creernos la ilusión de que la miseria se aniquila potenciando la vida?

 
 





Palabras, consignas.
Sensación irritante cada vez que los periodistas mencionan la palabra yijad. Parecen justificarla como un discurso más.

Más palabras: Alá  akbar, Alá es grande". La infinitud del desierto es, quizá, el soporte remoto de este calificativo. De expresión estremecida, -  también sinónimo del famoso fatalismo árabe, a ojos críticos -, pasa a convertirse en la consigna del nihilismo más feroz en boca de los terroristas actuales. Comprendida en un contexto religioso, es incontestable porque lo justifica todo: el que, por una casualidad, yo me haga rico o que un terremoto acabe conmigo al día siguiente obedece al cariz de este enunciado: los designios indescifrables del Señor, a quien, sea dicho de paso, yo puedo importarle bien poco, en mitad de tales trances. Si una expresión resulta válida tanto para la confesión temerosa como para el acto más bestial, una desesperante impotencia se cierne sobre nosotros: ¿qué hacer: censurar ese enunciado, censurar al espíritu que lo produjo, censurar al lenguaje, no hacerlo ya que este es neutral, censurar las utilizaciones de este enunciado ya que tales utilizaciones comportan una mentalidad y una alienación concretas..?  

 
 
 





Humor y falta de humor.

Leo un artículo de Juan Benet sobre el humor publicado en su día por la Revista de Occidente, en 1962. Benet define el humor como una forma muy refinada de conocimiento crítico, indispensable para la buena salud de una cultura o país, y critica su decadencia a través del humorismo profesional ya que el humor tiene que ser un estado, un ánimo general de la percepción y del sentir, no una dosificación dirigida desde fuera.
El humorismo producido por los humoristas no obedece sino a algunos motivos socialmente acordados, pudiendo tornarse muy prontamente en algo rutinario, incapaz de restituir aquel nivel psíquico que el humorismo idiosincrásico y soberano ostentaba. Como ejemplos de lugares y sociedades faltos de la savia del humor, Benet cita la Unión Soviética de las purgas o la China del momento (de escribir el artículo, obviamente).
A propósito de este tema, para mí siempre ha sido un enigma la cuestión del humorismo árabe, es decir, de su existencia o no. ¿Existe el humorismo específicamente árabe? Me dicen que hay humor en Las Mil y una noches, en la literatura popular. De todos modos uno se pregunta si no es la falta de humor lo que ha esclerotizado el funcionamiento de las sociedades árabes, lo que ha impedido ese sano distanciamiento de los códigos propios. Recuerdo el retrato de Edmundo de Amicis sobre los turcos, en su obra Constantinopla, cuando habla de individuos sin psicología y de la extinción del pensamiento. En donde falta el inteligente relax del humor, se robotizan los ánimos, se uniforma estérilmente la sociedad. La prontitud en escandalizarse ante gestos medianamente libertarios, - obvio el tema de las caricaturas sobre Mahoma – y la facilidad del anatema como respuesta, muestran a las claras esta falta de lubricante en la mentalidad oriental . ¿Por qué no intentan imitar a los otros orientales, a los chinos, que colocan sus obesos y rientes budas en las puertas de sus restaurantes? He ahí un signo de permeabilidad. Si no hay permeabilidad, a la sociedad sólo le toca obedecer ciegamente, convertirse en un conjunto de robots blandos,  reaccionar sólo a la defensiva, sumirse en la rudeza de los extremos.          








Las ruinas de Palmira.

Qué curiosa coincidencia: ahora que los ejércitos del estado islámico, es decir, un montón de furibundos iconoclastas y asesinos están sitiando los alrededores de Palmira, en Siria, arreglaba yo unos paquetes cuando me he encontrado con un libro que compré hace un par de años en una feria del libro de ocasión y que había olvidado: Las ruinas de Palmira, de Volney. Ante el confuso período de conflictos religiosos y culturales que estamos viviendo no vendría nada mal echar algún que otro vistazo a alguno de los pasajes de esta obra, recuperar esas antiguallas que son la razón y el pensamiento laico, instrumentos de los que algún listillo dice que nos hemos hartado, mientras en otros puntos del planeta aún están en pañales en el vislumbramiento de los mismos.  Eligiendo como escenario más que simbólico los restos de la antigua ciudad de Palmira, Volney cita a todos los caudillos y profetas, a los representantes de todas las religiones, y les obliga a dialogar entre ellos para esclarecer qué puesto le toca a cada uno en el concierto universal y cómo podrán convivir, de ahora en adelante, en paz.
Volney, como ilustrado y librepensador, defiende un clima de atemperado ateísmo, y les hace recordar a los sacerdotes y representantes de todas las religiones, teniendo como prueba de sus argumentos las ruinas de la ciudad, es decir, lo que quedó de un gran imperio que se creía inmortal, que todas – todas las religiones y cultos – tienen una limitada existencia sobre la tierra. El siglo XXI será religioso o no será, escribió Malraux. Pero los siglos pasarán, y los milenios, y lo que quedará de nuestros dioses será sólo una herencia de formas.     

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