9.6.15

EL RIN




En 1838 Victor Hugo emprende un viaje a Alemania. Su intención es recorrer el país y sus ciudades más importantes surcando el Rin. El río adquiere en el texto de Hugo una fuerte y multidireccional metaforización: no sólo es motivo natural de belleza atravesando frondosos lugares, sino vehículo de leyendas locales, línea divisoria entre la Europa meridional y la septentrional, frontera de enclaves históricos, guía móvil de ruinas de castillos y  palacios, ciudades y pueblos impregnados de historia, edificados a sus orillas.  El Rin es un relato de la belleza de la historia y de su espectralidad: batallas y ruinas.

El libro se articula en forma de cartas que el escritor dirige a un amigo, a quien hace confidente de sus rutas y sorpresas. Hugo advierte que no viaja como un turista sino que tiene un concepto cultural y comunicativo del viaje. Va a Alemania para recuperar vínculos culturales, para hacer encantado recuento de los numerosos puntos con los que la historia antigua y moderna  ha sembrado estos fecundos parajes.

 

La cantidad de nombres de caudillos, margraves, jefes y príncipes hacen cierto efecto estético de cascada verbal que como el caudal del propio Rin se esparciera en la memoria del tiempo y que Hugo también quisiera atravesar aunque sólo fuera por medio de su evocación. La mención y descripción de ruinas casi parece una sección temática. Aquí, Hugo no puede ser más típicamente romántico y hace fácil el examen de las obsesiones de ese movimiento.

Resulta curioso encontrarse con la breve descripción de una sensación que yo también he experimentado cuando inspeccionaba casas abandonadas en las landas torrevejenses en mi adolescencia: “ese olor acre de las plantas de las ruinas de que tanto gusté en mi infancia”.

Hasta qué punto el romanticismo de Hugo fundamenta estereotipos, lo comprobamos cuando al visitar un pueblecito cercano a la orilla del Rin, observa que todos sus habitantes, desde los niños y jóvenes hasta las personas afectadas de bocio tienen un vago pero indiscutible aire del siglo XIII en sus semblantes, lo que viene a ser algo así como que identifica los rasgos físicos de aquellas gentes como los correspondientes a la etnia representada en las miniaturas medievales germánicas.

Del libro, escrito con precisión y humor, emerge una sugerencia: invita a los europeos a descubrir Europa. ¿Por qué no hacemos lo mismo que hizo Hugo, pero escogiendo el río Volga, por ejemplo?  

    

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