22.9.17

PERIPLOS




Paolo Fabri, hablando de la semiótica pasional como el nuevo tipo de semiótica que debiera sustituir a la clásica y que el trabajo general de los investigadores futuros debe terminar de definir y ubicar, dice que en los dominios de la pasión siempre nos encontramos con una mención del cuerpo o, al menos, con una parte de él. Si la música es la expresión semiótica por antonomasia de lo pasional, qué parte o qué implicación del cuerpo nos podemos encontrar en la gran música romántica del XIX, por ejemplo. Pienso en genios como Chopin o Lizst. ¿Qué protagonismo, más o menos velado, qué implicación del cuerpo existe en sus soberbias composiciones? Tanto en uno como en otro nos encontramos con una estremecida sensorialidad - más palpable en el polaco -  sublimada y metamorfoseada en efluvio trascendente del alma, en el húngaro. El alma en el romanticismo es sensibilidad pura, presupuesto de la excelsitud a que aspiran las más grandes obras artísticas. En tanto que la inspiración es un hecho psicofísico, la materialidad del mundo queda, de este fugaz modo, conjurada.
El alma del romántico es materia entregada a la hiperestesia y a la iluminación, el cuerpo se trasciende en ingravidez y etereidad, y lo físico es evolución energética, percepción que llegará al paroxismo con el simbolismo visionario y el impresionismo musical de Scriabin y de Debussy.
En el XIX el cuerpo apenas se nombra, se habla de ebriedades contemplativas, pero como realidad en sí, como objetivo poético directo, no existe. Por ello hasta la llegada del realismo y del naturalismo, el cuerpo no es afirmado o tratado desde su estricta fisicidad. El aire pacato del XIX en torno al cuerpo y sus tabúes, producto de los convencionalismos burgueses, tiene como contrapartida ese fenomenal juego de sublimación que artistas, poetas y músicos llevaron a cabo, consiguiendo que, precisamente, la categoría artística de lo sublime hallara, históricamente, algunas de sus últimas expresiones, en la ópera, en las grandes composiciones sinfónicas…   
 
 
 
 
 
Ínsulas extrañas, dice San Juan de la Cruz, refiriéndose con ello a los parajes desconocidos y quizá hostiles que tiene el alma que atravesar en su viaje de purificación mística. La imagen es fascinadora, netamente  barroca- me hace recordar determinados paisajes prerrománticos de la pintura de ese período, siglos XVI y XVII -, y estremece e inquieta  que la diga un santo: tampoco los santos lo saben todo. La imagen entraña no desesperanza, pero sí temor y estupefacción: no conocemos el tipo de pruebas, sufrimiento o esfuerzo intelectual y sentimental que nos esperan.
 
 
 
 
 
 
Estando en Madrid me cuesta llevar a cabo una reflexión contrastadora de las cosas. Estoy demasiado cerca del movimiento, del acontecimiento, de lo pululante. Necesito un distanciamiento. Al estar tan próximo al acontecimiento, te haces menos crítico, te dejas llevar por la novedad y lo multitudinario. La crítica comienza cuando al encontrarte lejos de lo que pretendías criticar,  percibes con cierta sorpresa la cuasi voluptuosidad con que te abandonabas y te mezclabas con lo que ahora pretendes convertir en objeto de tu análisis.   
 

 
 
 
Acabo de enterarme de la muerte de una persona conocida de quien me gustaba el humor y el modo con que criticaba la idiosincrasia de sus vecinos y de nuevo, como siempre, me ha atrapado esa sensación de fascinación melancólica mezclada con impotencia ante el súbito arrebatamiento físico que es imposible tanto prever como solventar. La desaparición de la persona fallecida es tan irremediable como interminable: la persona desaparece para siempre y eso resulta inimaginable. También aflora la desesperación ante esta estupefacta constatación. Desesperación porque a pesar de testimonios de filósofos, artistas, filántropos o santos no hay maldita manera de hacerse una idea de qué tipo de evolución se inicia al otro lado, si es que se inicia alguna. No hay relato de la muerte. Tan solo podemos manifestar, constatar que se produce y poco más. Wittgenstein es bien preciso con respecto a este punto. De la muerte no podemos decir, específicamente, nada. Quizá lo único que podamos hacer es imaginar la clave de la muerte en el desarrollo de la vida que ha tenido lugar, es decir, las razones de una probable evolución posterior podrían hallarse en lo anteriormente realizado, ansiado, amado -.   

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