22.2.17

DOS LIBROS, POR EJEMPLO





Lo que dicen las mesas parlantes
 Victor Hugo

Durante su exilio en la isla de Jersey, Victor Hugo, sus familiares y amigos se dedicaron durante las sobremesas, generalmente, pero también a horas más intempestivas, a consultar a los espíritus a través de la mesa del quija. Los encuentros, más que fructíferos, fueron minuciosamente registrados y tras alguna aventuras inverosímiles, pudieron publicarse casi de modo clandestino y llegar, muchas décadas después, a nuestro conocimiento.

Cuando me enteré que la editorial Wunderkammer iniciaba su andadura con semejante libro, cuya rareza me hizo pensar en la posibilidad de que se tratara de un apócrifo, se me hizo la boca agua, desde luego. Y cuando he abierto las esbeltas páginas del breve volumen y discurrido por las pequeñas y apretadas   letras de esta edición, me acordé, con cierto desencanto,  de las palabras de André Breton sobre Hugo: “Victor Hugo es surrealista cuando no es tonto”.
Victor Hugo no entra en contacto con algún familiar fallecido o con entidades más o menos inconcretas, sino solo y exclusivamente con La Muerte, con Galileo, Shakespeare o Jesucristo. Ni más ni menos. Evidentemente, lo que ocurre aquí es que la musa hugoniana encuentra en el motivo de las sesiones espiritistas un jugoso pretexto para manar a placer, encarnando el  ansiado absoluto a través de alguno de sus nombres e identidades más conocidos. El resultado de las espiritistas pesquisas, pues, es un notable ejemplo de retórica y filosofía románticas, un texto atravesado de agitadas imágenes y onirismo, en el que la intensidad poética no es más que una demostración del agitado verbo del poeta, saturado de sí hasta el delirio. Casi diríamos que a los sentidos de Hugo le sentaron bien el exilio. La distancia del punto de conflicto,  la soledad acompañada de la familia en un paisaje evocador con la poderosa presencia del mar en frente, provocaron la febril mezcla de melancolía y lucidez en la oxigenada mente de nuestro poeta. El recurso de la mesa mediúmnica no solo fue un pasatiempo sino la oportunidad óptima para que esa inspiración brotara ad libitum.
“Lo que dicen las mesas parlantes” se explica, muy precisamente, por el tenor de las circunstancias en que Hugo vivía entonces. No hay que olvidar que durante la época del exilio el poeta francés escribe alguna de sus obras más vertiginosas y extrañas: La leyenda de los siglos, El hombre que ríe,… Es, por lo tanto ocioso, preguntarnos sobre otra realidad, de carácter extraordinario, ajena a la literaria como agente vehicular de estos textos. Ahora bien ¿hasta qué punto podríamos afirmar, en realidad, que la Muerte o el Espíritu de Galileo no visitaron a Victor Hugo? ¿Hasta dónde podríamos afirmar que tales personajes, entes o arquetipos no se sirvieron de las destrezas literarias de un tal Victor Hugo para manifestar algo de sus naturalezas? ¿Cómo podemos conocer quién o qué se manifestaría si invocásemos con la mayor naturalidad a las galaxias ocultas? Escritura profética y escritura presurrealista convergen en la concepción de este curioso testimonio de lo misterioso que se ofrece más a la degustación literaria y al estudio histórico-estético de los estilos que a la consideración estrictamente paranormal (aunque, quizá, esto sea con el tiempo, reversible, vaya usted a saber). 









 

 Tumbas etruscas
D.H.Lawrence
Con Mussolini en el poder, Lawrence visita Italia con la idea expresa de estudiar la cultura etrusca. Su viaje no es, desde luego, el de un turista corriente, sino que constituye un tramo más de lo él mismo denominó “peregrinaje salvaje”.
Lawrence visita las regiones de Tarquinia, Vulci o Cervetteri a la búsqueda de una civilización originaria y soberana, distinta a la romana y que responda a ese arquetipo virginal de cultura ajena a toda influencia moderna. Sintomáticas del desasosiego individual y social del nuevo siglo se nos revelan estas ansias de Lawrence por descubrir identidades y culturas que ya en la antigüedad, ya en puntos distantes de Europa, hayan encarnado una belleza y una harmonía ejemplares. El escritor inglés se detiene, extasiado, ante las tumbas etruscas y las representaciones pictóricas que se ostentan en ellas. Estas pinturas vencen al Tiempo: las bellas figuras de flautistas, danzantes y animales constatan un misterio: la realidad trascendental del arte y cómo un conjunto humano halló la plenitud harmónica del cuerpo y del espíritu en el seno de sus propias manufacturas y lenguajes.
Lawrence insiste tanto en el carácter sorpresivo de las pinturas funerarias etruscas, que entra en una pequeña espiral de reiteraciones, repitiendo la descripción del motivo que admira sin añadir nada sustancialmente nuevo, lo que empobrece algunos pasajes del libro. Las frases de estos pasajes resultan chocantemente desmadejadas y torpes, lo que nos indica que o bien Lawrence escribió deprisa, corrigiendo superficialmente, o es que el traductor  ha estado poco fino. Pero quizá el asombro y el trastorno de Lawrence esté justificado: ante una pintura etrusca, como ante cualquier conjunto pictórico helenístico o romano, surge en nosotros más asombro y admiración que profusiones  verbales. Las palabras podrán brotar, pero la imagen antigua se resistirá a satisfacer la definición de su encanto con una escuetez conceptual. Nos obliga a mirarla y admirarla y aunque podamos percibir familiaridades entre aquellos antiguos y nosotros, algo que sí resulta indescifrable nos aleja irremediablemente.
Hay otro misterio. Lawrence, un hombre moderno que detesta su mundo coetáneo, busca en la antigüedad la expresión, el ideal de una belleza que hemos perdido y pulverizado con el progreso industrial. El resultado de su búsqueda es este libro, como pueda serlo el conjunto de toda su obra. Todo texto es en sí un interrogante que se lanza a su probables lectores para que lo respondan o lo sumen en la tanda de las interpretaciones. ¿A qué hace alusión profunda la inquietud de Lawrence, qué significa nuestra época con respecto a otras sometidas a semejantes procesos de modificación pero menos violentadas por la tecnología?

A propósito de modificaciones, Lawrence hace una observación curiosa. Fijándose en las típicas figuras de los faunos, dice que antes de la 1ª Guerra Mundial podían verse jóvenes con aspecto de faunos en Italia, pero que después del conflicto, habían, prácticamente, desaparecido. Tras 1918, a los muchachos  italianos dejaron de crecerles las puntas de las orejas para no llamar la atención en tiempos de paz.       


17.2.17

DIARIO DE OBSERVACIONES






Efectivamente, el género autobiográfico pertenece a la ficción – ya es ficción en tanto se ha convertido en género, en un tipo concreto de escritura – pero la ficción nos dice algo importante a través de algo inventado. A fin de cuentas, la ficción es verdad, nos dice verdad. Por otro lado sería materia de una sabrosa reflexión pararnos sobre el porqué obras importantes de filosofía, incluso de ciencia antiguas, son consideradas hoy literatura. Qué metamorfosis se ha obrado ahí sobre los conceptos normativos de razón, verdad, discurso, lógica, etc. Fascinante resulta el recordar que obras destacadas de la época griega, pioneras de la expresión del pensamiento, fueron concebidas, entonces, como poemas: Parménides, Lucrecio…El poema se presentaba entonces como un compendio del cosmos o como la forma ordenada de presentar la imagen del mundo en una integración de imágenes.

 


En un suplemento dominical del ABC de mediados o finales de los ochenta, leí una noticia sobre una compositora española que tenía en proyecto realizar una obra musical utilizando voces psicofónicas y electroacústica. Había una foto a color de la compositora y lo único que recuerdo es que era nacida en Madrid. No recuerdo su nombre. No he vuelto a tener noticia de esta mujer ni he sabido de ella nada más que aquella aparición en el ABC. Cuando leí aquello, me pareció una de las audacias más arriesgadas y complicadas, teniendo en cuenta que las grabaciones de voces paranormales que fuera a utilizar para la obra no serían cualquier cosa, sino que tal paranormalidad estaría certificada de algún modo. Ello significaba que una composición musical de vanguardia iba a integrar en su elaboración, material directo sonoro de una realidad cuya naturaleza nos es desconocida. De algún modo hay ahí una especie de redundancia pleonástica, puesto que ya toda obra artística es, de por sí, misteriosa.  

 
 
 

Leyendo una obra que no conocía de René Char: Indagación de la base y de la cima, en realidad, un batiburrillo, una selección de necrológicas, semblanzas de pintores y escritores, cartas y escritos autobiográficos, pero tratándose de quien se trata, menudo batiburrillo: la más mínima oración, se presenta cargada de esa densidad típica del poeta que convierte en esencial y formidable el más escueto enunciado. Qué gusto da leer a Char, qué firmeza, qué esplendor de la inteligencia. Que la memoria pueda contar con voces como la de René Char da esperanza.
 
 
 
Las verdaderas riquezas de este mundo son entidades o conjuntos fugitivos que hay que saber rastrear, descubrir y ubicar. Y esa ubicación siempre se localiza en las anfractuosidades del tiempo. Ante la cantidad de ediciones de la obra de Emily Dickinson disponibles en el mercado, crece mi interés sobre la autora, adquiero una de las publicaciones, la de Austral con traducción de Silvina Ocampo, trabajo elogiado por Borges. Delicioso descubrimiento, desde luego,  el de Dickinson. Como siempre, extrañamente, ocurre: intuía, sospechaba algo sobre esta autora que la lectura de sus poemas junto a pormenores de su vida, confirman. La primera impresión definida que uno recibe: bajo esa apariencia anodina de dama puritana, súbitamente, se filtran los trallazos de una inteligencia y de una sensibilidad brillantes. Contrasta la dinamicidad de su verbo con el aire provinciano o sosegado de su apariencia, como si su eros estuviera, exclusivamente, reservado a las palabras. Claro está que tal apariencia no es sino el débito a la ideología histórica, la impregnación contextual que sublima y atraviesa para volver a reelaborar y transformar. Sorpresivamente escribe: ¿Si el verano fuera un axioma/ qué brujería tendría la nieve? Su repertorio es limitado - pájaros, nubes, la casa del vecino, las flores -  pero sus inclinaciones místicas y su don poético convierten este conjunto de motivos en nexos de un pequeño paraíso giratorio.  

 
 

   

 

9.2.17

POR EJEMPLO, TRES LIBROS





JOSÉ LEZAMA LIMA. POESÍA COMPLETA. SEXTO PISO. 

Desde luego, Lezama Lima es un evento, no, el evento de la lengua, el experimento más arriesgado y jugoso de nuestra lengua. Sexto Piso ha preferido no abusar de prólogos y notas a pie de página, suponiendo un lector ducho en el burbujeante piélago metafórico lezamiano. Ahí han arriesgado en pureza. El desafío se completaba en cómo publicar en un solo volumen toda la obra poética conocida de Lezama. Esta cuestión físico-estética ha sido emprendida con éxito. El volumen resultante es manejable, poco pesado y sus 1078 páginas  color marfil crema, gratamente legibles.  

 

 

 
 
OCTAVIO PAZ. EL MONO GRAMÁTICO.
 
En algún sitio de la maleza de este texto, Paz plantea la pregunta  filosófica-poética-teológica mitológica clave: ¿Es la realidad una metáfora? ¿Y de qué es metáfora?

 

 
 
 
 

SARA BERNHARDT. IMPRESIONES DE UNA SILLA.  SD.Ediciones

A veces los textos aparentemente nimios, puramente anecdóticos, cuasi anónimos y que menos han interesado a los historiadores de la literatura, nos producen los  goces más curiosos e inesperados. La actriz Sara Bernhardt da una vuelta en globo y nos cuenta su experiencia en un breve relato, a través de la voz de uno de los objetos que viajaban con ella: la silla del aerostato.  Nada más. Y sin embargo… El cuentecillo viene aderezado por la crónica periodística que se publicó en días del evento: reflejo histórico de un hecho entonces novedoso y que funciona como constatación en la piel de la realidad de lo que causó, en el ámbito de lo ficcional, las impresiones de la aplicada silla.      

7.2.17

TEMARIO




NUESTROS ANTIGUOS CONTEMPORÁNEOS
 
Dice el tango que 20 años no son nada y casi diríamos que 2000 tampoco, examinando estos vívidos retratos de Al Fayum que casi parecen salirse de su marcos para examinarnos a nosotros mismos a su vez. Qué repertorio de rostros y miradas certeras, sin torcimiento ni retraimientos. Piensa uno que Hollywood, al fin y al cabo, no se equivocó demasiado, aunque sus puestas en escena de películas de época nos parezcan estereotipadas o manidas. La expresividad y el realismo de estas figuras y de estos rostros niegan todo gravoso paso del tiempo. Nos miran desde un ahora que conecta con el nuestro. Hay momentos en que el tiempo queda suspendido: uno de esos instantes es el que constituye la convergencia de nuestra mirada con la de los retratados. “Aquí estamos nosotros, ¿quién sois vosotros?”, parecen decirnos.      
 



 WELCOME AL SPANKING





En estos mismos momentos, cientos de traseros ingleses están siendo contundentemente azotados en  algún punto escondido de la gran city londinense. La práctica del spanking o azote es toda una secreta institución en Gran Bretaña y puede considerársele una modalidad relativamente severa de sadismo. El azote en el trasero conjuga morbosamente recuerdos placenteros de infancia y componentes masoquistas de sumisión y humillación. Ya Flora Tristán, en el arrasador testimonio escrito de su viaje a Londres dejó constancia de lo mal que los ingleses trataban a sus mujeres. Y en el diario de los Goncourt se nos habla de los placeres privados de un inglés que viajó a París, presumiendo de la crueldad que empleaba en tales placeres. El spanking parece darle la razón a Nietzsche: el mayor placer es el de dominio.