17.1.18


 
 
 
LA RAZÓN ESTÉTICA

Chantal Maillard
 

En una entrevista reciente, manifestaba Chantail Maillard que actualmente era más pesimista que cuando escribió este libro, hace, insólitamente, veinte años. Confieso que aunque la fecha de su primera edición, 1998, amenazaba con convertirse en un condicionante incómodo para la lectura, lo hice, me llevé el libro del sólido compartimento estanco en que se encontraba ordenadamente encajonado  - sección de librería del Corte Inglés, dicho sea de paso -, considerando la fecha como un oscilante dato de aviso que diluiría su alarma en las espumas del espacio mayor del texto.

Cierto es que no hay nada más tedioso y melancólico que consultar cierta bibliografía sobre la postmodernidad escrita en los años ochenta o noventa, pero también es verdad que uno se revela ante el hecho presunto de que el paso del tiempo afecte de tal modo al pensar filosófico que anule sus audacias y pronósticos, convirtiéndolos en precoces daguerrotipos, en signos de algo que ya no es. El pensar tiene que ser algo más que una moda, diría cómicamente.

De todos modos, el texto ha sido revisado por la autora que ha actualizado  artículos y fragmentos de capítulos y ha escrito un prólogo a esta reedición, justificando el porqué de la misma.

Creo que Chantal Maillard ha hecho bien en rescatar este texto y volver a ponerlo en circulación a la atención reflexiva del nuevo lector, del lector probable. En los años noventa todavía no había acontecido universalmente, internet ni se había extendido internacionalmente el fenómeno del terrorismo islámico, pero todo ello estaba a punto de hacerlo. Ese a punto indica la inmediatez de tales acontecimientos, sugiere que ya se estaban formando, que estaban en devenir. Es en ese punto de transición continua del devenir donde hay que ubicar y valorar la efectividad de las reflexiones que despliega la obra de Chantal. La razón estética es más una propuesta que un mero pronóstico. En ello radica también su interés, es decir, que no se trata de un informe cerrado, de la constatación final de unos estados, sino de centrarse en lo que se deriva de los mismos y ofrecer una reflexión, una alternativa al balance realizado. Esta alternativa se convierte también en una poética, lo que completa el veredicto: exposición teórica, solución práctica.

Y, precisamente, solución, movimiento, desenlace, creatividad, es lo que necesita la razón estética no ya sólo para formularse sino para identificar esos pasos que nos ayudarían a afrontar lo real y a transformar, modular la materia de la realidad.

Chantal define qué es la razón estética y por qué resulta necesaria invocando los motivos que estimulan su pensamiento antes que sumar grandes conceptos abstractos.  
Hay una serie de elementos comunes de los que parte la reflexión y que pretenden esclarecer las bases del concepto de realidad y el modo operativo de una razón que desea adoptar las cualidades receptoras y transformativas de lo artístico o poético: no existe una realidad previa al hacer poético, la realidad se constituye y se esclarece  al mismo tiempo que la atendemos, es decir,  la creamos desde el seno de esa razón estética. La imaginación no parte del logos sino que lo determina. Concurrencia del pensamiento y de la imagen, o bien, no se piensa sin el concurso de la imagen. Relevancia primera de la información que nos transmite nuestra experiencia sensorial, ya que esta constituye la base sobre las que configuraremos nuestras imágenes del mundo. Preeminencia del hacer – el juego de la creatividad – sobre el juicio. Evitación de tributos metafísicos, interpretados como servidumbre teórica, evitación, por tanto, de convertir el lenguaje en objetivo narrativo o patria de la palabra: hay que liberar al testimonio escrito de la tentación del lenguaje.
Todos estos aspectos del proceder reflexivo estructuran o justifican una poética consecuente que Chantal denomina “fenomenológica”. Chantal, que es tanto filósofa como poeta, justifica meridianamente, esta definición,  justificación que funciona como una recomendación para poetas y experimentadores del verbo que pretendan obtener resultados con visos de autenticidad. La poesía fenomenológica sobre todo huye de todo ensimismamiento lingüístico, de todo servilismo metafísico: su misión es retratar lo acontecido ante sí, someter al lenguaje a una disciplina de despojamiento para que las tentaciones verborrágicas no enfurruñen la visión, la mirada del poeta que es su herramienta más privilegiada.
Podríamos decir aquí que Chantal tiende a una orientalización de la norma occidental: que la poesía se convierta en una suerte de dimensionamiento del haikú, que adquiera su concretez y limpieza, que la escritura poética no rechace la higiene de una restricción que la liberaría de turbiedades metafísicas.

El poeta debe registrar la particularidad del fenómeno, transcribir a palabras lo que haya visto-soñado, no ensayar interpretaciones. Chantal es clara: alejamiento de todo romanticismo, de toda caída pegajosa y falsaria en evocaciones del pasado o de un futuro inexistente. El presente es la fuente de claridad y realidad. Un presente que también se presenta como un trascender todo enclave temporal, pues lo que esta poética manifiesta tácitamente es su ignorancia del fin o del principio del tiempo y de los rebosos de la conciencia.

“El suceso, cualquier suceso es el universo entero”, explicita Chantal, dando a entender que el nexo de toda circunstancia es ese hilo invisible pero absolutamente vivo del suceder. La misma red semántica del verbo lleva implícitas esas significaciones: si algo sucede no lo hace implosionando sino mezclándose en la claridad de su darse.

Creo que Chantal es algo más que meramente cauta cuando “aconseja” practicar una poética así. Grosso modo diríamos que en la época – la actual - en que  resulta difícil escribir con sencillez, esta poética sería la que menos mintiese sobre su producto estético.

Chantal viene a decir y lo resume en su propuesta: abandonemos los espesores del lenguaje para que este pueda ser de verdad habitado, para que se convierta en instrumento de nuestras creaciones vivas, no en objetivo de las mismas.

Diluir la conciencia en el material legítimo de la percepción sin que se vaya a nutrir modelos o idearios previos de realidad, vencer la tentación de un uso exhibitorio del lenguaje, someter, en definitiva, la maquinaria discursiva del yo, pueden parecer tentativas de una asepsia imposible o, incluso, poco aconsejables, pues en el surtido de las propuestas multiposmodernas, esta poética podría parecer una poética más.

 Lo que Chantal plantea y propone me parece tan interesante y aceptable en 1998 como en 2018. Aunque bien es cierto que alguna observación puede ser pertinente en el ámbito de la reflexión que abre. Chantal dice, que “la palabra perdió desde hace tiempo su inmediatez”, pero supongo que se refiere a un concepto profundo, grave, filosófico de la palabra. ¿Podríamos decir lo mismo en ámbitos populares, en lugares u ocasiones en que hemos de prescindir de toda sofisticación, en momentos especiales y súbitos como los momentos de perdón, confesión o júbilo en los que el que habla emplea una expresión emotiva que no esperaríamos escuchar y en la que la palabra ha dicho toda su verdad con la fuerza y la eficacia justas?
Chantal conoce por partida doble la historia de la palabra, por un lado como filósofa y por otro como poeta, y creo que no hace, sencillamente, sino aplicarse al curso de un dilucidamiento de los conceptos históricos, en el que es imposible no realizar una crítica al lenguaje y advertir hasta qué punto estamos imbuidos, prejuiciosa e inercialmente de metafísica, precisamente por  "culpa" del lenguaje.
La lectura de todo texto filosófico puede convertirse en una experiencia nutricia de hallazgos y fascinaciones intelectivas. La escritura precisa de Chantal nos surte, también, de frases reveladoras que bien podrían antologarse como brillantes aforismos insertos en el espacio mayor del texto:

"Nada es necesario, y sin embargo todo ocurre necesariamente".

"Las teorías son historias con pretensión de verdad".

"Los mitos se construyen como exorcismos".

"La actitud poiética nace cuando se apacigua el deseo de saber".

"¿Qué es el pensamiento científico sino una ampliación procedimental de la opinión?"

"La imaginación no presupone el logos, sino que lo determina".

 



 

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