12.3.18

DOS LIBROS






Supone cierto lugar común de la crítica más desencantada decir que si no conoces al poeta personalmente, su obra podría pasar desapercibida o ser mal interpretada, ante el hecho de las supuestamente muchas ediciones de poesía que adornan los últimos lustros y que crean un espacio editorial saturado y mimético. Es cierto que tras el prurito de identificar la poesía con movimientos, escuelas, ismos y demás, ahora que todos esos criterios ya no funcionan tan claramente, el hecho azaroso, psicológico de conocer al poeta nuevo que escribe supone cierto elemento probatorio de su valor.

Tengo la suerte de conocer personalmente, a los dos poetas que acaban de publicar en la editorial ovetense Ars Poética, José Luis y Ada, y teniendo en cuenta el cariz de los tiempos, creo que es en el ámbito de la amistad  donde, en muchas ocasiones, el hecho precioso de la poesía puede refugiarse y ser reconocido. Cierta proximidad resulta beneficiosa en un ámbito de fragmentación de nombres anónimos. Es cierto que existe el riesgo del localismo, pero a veces se pregunta uno si buena parte de la poesía que se escribe no es local, incluso la que se escribe en las grandes capitales, teniendo en cuenta que uno de los efectos más notables de la poesía es el de transmutarse de local en universal: es de este modo como cumple con su misión y se trasciende a sí misma. La poesía local ejemplar se convierte en universal y lo que se escribe en un punto preciso de la geografía, aunque esté retirado del centro, puede ser indicio de algo considerable. Con esto quiero decir que los interesados, lectores o profesores, debieran interesarse por lo que se escribe en cualquier parte del país si lo que se quiere es dirimir las coordenadas de lo que ocurre, para comprender el devenir de  lo que sentimos y deseamos o constatar las insistencias de un símbolo.

Todo libro nuevo de poesía me obliga a esta operación de ubicación, digamos, no para entender sus mensajes sino para de algún modo justificarlos.

Con José Luis y Ada la “operación de rastreo y localización” hace mucho tiempo que terminó porque es, precisamente, bastante el tiempo que hace que los conozco. Esta intimidad me libra de la pedantería de definir las figuras retóricas de sus poemas, es decir, analizar sus poemas como si fueran los de un extraño, y por otro lado me otorga la seguridad de  disfrutar de la garantía creativa de tales poemas.

Tal garantía no implica el mero elogio ciego, sino que constata, sobre todo,  la perseverancia de una pasión: el ejercicio gozoso de las palabras.





Precisamente, la recurrencia a la palabra poética como refugio de la máxima luz y como instrumento, consecuentemente, de la lucidez afirmativa, abrigo del desamparo íntimo, atraviesa e informa los poemas en prosa del libro de José Luis, Perplejidades y certezas.

Con el libro de José Luis entramos en el reino de lo sustantivo y de las presencias, en el mundo de las videncias, pero no de unas videncias proféticas ni meramente herméticas sino de las que se desprenden y producen los propios ámbitos experimentados: naturaleza, poesía, contemplación, pensamiento.

El poemario supone al poeta como sujeto vidente, productor de imágenes densas y autónomas,  captador de los movimientos secretos y transmutatorios de la naturaleza en comunión con el hombre. Este es el mensaje más inmediato y mollar del libro, que ajeno a su oportunidad o no, se ofrece al lector.

El poeta habita el cosmos y describe las reverberaciones de sus constelaciones. El poeta no tiene otra misión que la de descifrar lo que ocurre ante una mirada que conjunta la multiplicidad de los fenómenos en una imagen plenaria.

Retóricamente, imágenes y sentencias son los elementos que se desprenden y conforman el poemario. Sintéticamente, Perplejidades y certezas se reduce a estos componentes prosódicos cuya bella conformación dan un carácter tan unitario al texto.

El pensamiento encuentra en un lenguaje así de ceñido y harmónico su mayor acendramiento; la libertad y la eufonía propia que produce el poema en prosa habilita una expresión lúcida y serena en la que convergen contemplación estética y reflexión.

Me produce cierto apuro, en esta reseña,  mantenerme en lo estrictamente teórico. Casi ejerciendo de psicólogo para confirmar ese complejo grado de implicación con lo que escribe, encuentro una expresión típica del desasosiego del José Luis poeta y del José Luis persona civil que conozco y estimo: nunca estaré al abrigo del tiempo, angustiosa afirmación que grita por esa arcadia en la que el tiempo erosionador dejara de sucederse penosamente. Y dentro del mismo poema, “Fuente sellada”, No hay apego sin satisfacción y nuestra lengua no me satisface, compleja declaración que implica una sentencia sobre el espíritu propio imposible de evitar o burlar. Glosar este verso nos podría llevar muy lejos, pero lo que hace no es sino reclamar una lengua propia, liberada de los convencionalismos y las servidumbres con que se paraliza su savia, incluso, podríamos ir más allá, y decir que reclama además otro modo de pensar y de comunicación con la sociedad.

Otro ejemplo de concreción retorcida y fatal en el que reconozco más al José Luis amigo que al José Luis poeta, aunque ambos sean el mismo: el rumor de la resurrección es la salud que precede a la desesperación. Se trata de una expresión que afirma nuestra imposibilidad de salir del laberinto que hemos hecho, no de la vida, sino del vivir.
O también, por ejemplo: el alba tiene el color de la nada, paradoja que tanto recuerda la definición derridiana del amanecer como una (triste) repetición.

No creo que el libro de José Luis sea hermético, es decir, predeterminadamente cerrado sobre sí: su belleza formal es evidente porque ha atendido con exclusividad a la imagen naciente y a sus emblemas.  En todo caso, es su sentir, su subjetividad lo que reclama un registro en consonancia. Creo que el decir de un realismo poético absoluto se expresaría en los suculentos términos en que José Luis, desde el centro de su luz herida, lo hace. Si la poesía es el mundo de lo posible, no nos tiene que sorprender negativamente que un poeta como José Luis dé curso a estas imágenes que precisan simas y advierten calmos fulgores. Creo que José Luis ve esos fulgores y conoce sus formas. Como él mismo dice: perplejidad y certeza: único y prodigioso argumento de la poesía. Esta elocuencia contiene también una esperanza.

 
 
 
 
El libro de Ada me ha sorprendido. Llevaba tiempo sin leer cosas de ella con detenimiento y tras acabar con este Dondequiera que vague el día, me he quedado con ganas de más, es decir, creo haber captado con placer ese decir que caracteriza a un poeta frente a otro cualquiera.

No sé si obedece a una estrategia escritural o es producto del propio impulso del poema, pero los poemas de Ada tienen la virtud de la alusión silenciosa. Al acabar la lectura de uno de sus poemas se hace un silencio que parece acusarnos a cada uno de nosotros, se da una suerte de espera a que lo dicho en el poema, que reclama una solución o un hacerse cargo, sea respondido por los asistentes o por los lectores.

El posicionamiento de Ada está claro. En estos poemas encontramos una delicada puesta en escena desde donde la poeta asiste al encuentro de sus propias circunstancias: denuncia estados de decadencia personal y universal, invoca la belleza perdurable a través de motivos naturales, afirma la vida desde la pasión erótica y da cuenta sin estridencia de los condicionamientos existenciales que la vida práctica de todos los días lleva consigo.
Quizá resulte obvio o una tontería, pero me atrevería a decir que en su brevedad, en su eficaz escuetez y precisión, estos poemas expresan la autenticidad de una experiencia que confía en la singularidad expresiva de la palabra, ya que solo de este modo la autora puede lanzar su protesta y su percepción misteriosa. Los poemas ni se enmarañan en imágenes que indicarían otros intereses ni tampoco evitan la complejidad o los atractivos de la vida. Los poetas serán silentes pero ese silencio se motea de elocuencia cuando uno acierta a leer el mensaje de sus poemas.  

Los poemas de Ada son, pues, como tímidas denuncias, pequeñas epítomes de lo que el alma está sintiendo y de lo que espera del entorno: que cambie  de tesitura o renueve su luz.
Ya decía Bataille que no es necesario defender la poesía, pero teniendo en cuenta la pobreza rampante que se nos quiere imponer en el sentimiento y en la imaginación, acojo estos dos libros como dos claras ofertas de belleza y lectura alternativa, agradeciendo a sus autores y a la editorial, esta apuesta por la poesía.

 
 

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