lunes, 8 de julio de 2024


 


DECIR LOS MÁRGENES

Chantal Maillard/Muriel Chazalon

 

Analizar minuciosamente lo que se ha expuesto en una conversación me parece tarea banal e inútilmente trabajosa. Un libro como el presente no debiera ser objeto de  una crítica formal, sino serlo de la atenta lectura. Recuerdo aquellas palabras de un Octavio Paz acerca de la distinta naturaleza que las palabras escritas tienen con respecto a las proferidas en una conversación grabada.  También se dice que las palabras se las lleva el viento, pero cuando las rescatamos gracias a algún tipo de soporte, tales  palabras se convierten en opiniones contundentes, visiblemente comprometedoras, o bien en reflexiones puntualmente minuciosas que pueden conmover lo meramente recordado.

En este caso, teniendo en cuenta que lo que ha sido libre materia fluyente de la palabra se ha ordenado temáticamente y  direccionado para su comprensión específica, quizá sí podamos adjuntar algún tipo de observación personal u opinar al menos sobre lo que han sido, a su vez, opiniones, pareceres o dictámenes. Qué implica dialogar y de asuntos tales como los que aparecen en este volumen, sino actualizar la imagen del mundo desde nuestro registro  propio, aportar el tembloroso pero puntual grano de arena en la dilucidación de la vanguardia cultural.

Debo decir que tendiendo a disfrutar del libro, no he podido evitar el reaccionar a lo que en él discuten o exponen tanto Chantal como Muriel Chazalon, y por ello he atravesado más de medio libro con subrayados, notas, y señales. Casi he reescrito el libro paralelamente a las reflexiones de ambas autoras. Ahora me resultaría imposible prestar este libro.

En primer lugar, que un par de intelectuales, entre las que hay que contar, en mi opinión, con una de las poetas más destacadas de Europa, Chantal Maillard, se pongan a inquirir libremente sobre una serie de materias tan raras y elusivas hoy en nuestro convulsivo mundo mediático como imprescindibles para nuestros mundos interiores, es algo tan merecedor de elogio como motivo de discreta celebración: parece que dudemos en otorgarle una imagen ilustrada a los poetas por considerarlos según el cliché, estrictos buscadores brutos de la belleza incluso en sus manifestaciones más afectadas.  Un libro como este que viene precisamente a desmontar estereotipos. Ante las gazmoñerías de una Europa que parece suponerle un engorro el aceptar sus propias excelencias intelectuales, francamente se agradecen investigaciones personales y súbitas como estas.  

 

Siempre me ha gustado el carácter indagatorio que ofrece la escritura de Chantal. Cada vez que he adquirido alguno de sus libros, me he lanzado a su lectura espoleado por el interés y el estímulo que suponía rastrear percepciones nuevas, pensamientos infrecuentes. Pero será que el tiempo y la lectura van acumulando, cada vez, más imágenes contrastantes de la realidad o que uno se ha vuelto criticón con cualquier cosa, pues la cuestión es que en esta ocasión, el número de hallazgos intelectuales y los motivos del texto que han provocado mi reacción negativa han empatado, curiosamente.

 

Aunque ya hace muchos años que Chantal es española, naturalmente las raíces no se olvidan. Ahí está su libro Bélgica, por ejemplo, como notable documento autobiográfico. También se percibe este no olvidar los orígenes en los referentes culturales, generalmente belgas y franceses que Chantal maneja con inmediatez. Es a partir de aquí que alguna de las obsesiones conceptuales de Maillard revela el porqué de sus inquietudes. Si digo que una parte más que importante de las inquietudes filosóficas  de Chantal se adscriben más o menos tácitamente a los motivos que presenta la escuela racionalista francesa espero no estar metiendo la pata.

Por ejemplo, su preocupación, a veces más por la herramienta con que uno se expresa que con lo que esa herramienta expresa. El plantearse la idoneidad o no de las palabras, su capacidad renovadora, su índice de erosión para denotar texturas significativas, singulares o diferentes, las limitaciones, en definitiva, del lenguaje a la hora de comunicar determinadas experiencias, ha sido uno de los temas recurrentes de la intelectualidad artística europea y americana del último siglo, provocando una oleada ingente de metaliteratura. Yo diría que tal preciso tema hoy en día está algo demodé, permítaseme la frivolidad. Teniendo en cuenta el desmantelamiento de las Humanidades, su pérdida de prioridad en los estudios y la presencia pululante de las realidades internéticas a través de las redes, lo que los poetas se plantean más en estos momentos, diría yo, no es con qué instrumento vamos a expresarnos sino qué es lo que vamos a expresar y a propósito de qué.

Lo que está en crisis es el devenir de los contenidos y no tanto la forma del continente. De todos modos, cierto es que ambas cosas se solucionarán simultáneamente. En el momento que ya sé lo que quiero decir, ya sé cómo lo voy a decir: a través de una caricatura, una poesía o una fotografía, un vídeo…

  

Un punto que debo confesar siempre me ha irritado es el elogio ciego que el occidental suele hace de lo oriental. Cierto es que este suele ser el gesto que unas culturas hacen con respecto a la extrañeza que les producen otras. Por el hecho de ser extranjeras, siempre nos admira o impacta lo distinto, lo aparentemente remoto. Y estas reacciones suelen ser recíprocas. Si me fascina el teatro No, a los japoneses también les maravilla el drama explosivo del flamenco. A partir de ahí pueden configurarse interesantes o probables o nexos hermenéuticos. Cuando Chantal marca la excepcionalidad de la cultura oriental en algún punto, especifica por qué. Si Occidente ha desarrollado una dinámica cultura convirtiéndose en referente planetario, es,  -por poner un ejemplo - , en el orden de la investigación hermenéutica que las místicas orientales indias brindan márgenes que han pasado desapercibidas para la curiosidad occidental. Chantal, especialista en filosofía de la India, ha investigado tales márgenes, y nos asegura con emoción que en ámbitos hindúes la especulación metafísica ha elaborado teorías más arriesgadas que las occidentales.  


Otro de los aspectos que más me gustan de Chantal Maillard es su negativa a ser complaciente desde las potencialidades de la poesía y el pensamiento, su no hacer concesiones. Sólo de esta manera lo que uno hace se reviste de autenticidad.

La poesía de Chantal y no sólo su obra ensayística, obligan a detenerse aunque sea dolorosamente sobre alguna circunstancia o constatación. El público lector no es, precisamente,  un ente que venga a apiadar a Chantal. La propia Chantal confiesa en estas páginas su odio a la mentira, inculcado en ella desde la infancia, y es esta reacción lo que ha determinado en buena medida su no mera aceptación de los datos externos de cualquier cosa, su pesquisa sobre lo que la conciencia puede llegar a admitir. Si la imaginación lo que elabora y maneja son imágenes, estas se muestran plásticas e intercambiables, mientras que los conceptos que guían nuestros discurso se nos presentan como construcciones definitivas. Aquí es el lenguaje quien tiene que mostrar semejante plasticidad soberana, para no meramente emitir consignas o mensajes cerrados sino para intentar acercarnos, al menos, al propio movimiento que es  lo real. La vertiente especulativa en la poesía de Chantal se explica por estos motivos: aproximarnos a la naturaleza de lo que se agita para, tras haberlo descubierto,  decirlo.

Si la poesía es el modo especial en que podemos expresar lo que ocurre y lo que nos ocurre, en Chantal esta integración se realiza teniendo en cuenta las disciplinas varias que vienen a determinar de un modo u otro el lenguaje y el tipo de sociedad que somos. Por ello, es notable en el diálogo que refleja el libro, la presencia de las ciencias físicas, la psicología, la antropología, la genética o la neurología. No es un gesto sociológico entre otros. La imagen que del mundo, la persona o el cosmos va definiendo el pensamiento es reticular y holográfica, en curiosa consonancia  con el mundo virtual de las redes e internet. Una discusión mínimamente profunda sobre el estado actual de los asuntos humanos y del propio hombre pone a las claras este universo de relaciones y de nexos que con suma complejidad y prolijidad hemos activado y nos refleja. El libro de Muriel y Chantal está, consecuentemente dividido en temáticas que van recogiendo todos los aspectos culturales vinculados al progreso de las ciencias, la ética, la vivencia de la naturaleza o las soledades del individuo.

Esta atención a materias tan diversas obedece, pues, a lo que la propia Chantal señala como probable cambio de paradigma en el ámbito europeo e internacional de la cultura y en el que acabamos de sumergirnos de lleno: el mundo como red. Es más que explícito. No sólo las más variadas disciplinas revelan enlaces  comunes sino que la aparición de internet ha venido como a confirmar este giro molecular y universal.

Personalmente creo que cuando el mundo adquiere tal variedad de asuntos, el pensamiento debe arrojarse a desbrozar espacios para perfilar la posibilidad de un horizonte común al ser humano. La poesía la hemos atendido, tradicionalmente, como la voz del pueblo o de las cosas que se van transformando. De aquí que Chantal rechace el sentido de la poesía como una revelación y prefiera las aventuras de la discontinuidad, como diría un Lezama Lima. Es la poesía, por tanto, la labor del poeta, quienes deben ir descifrando un espacio, descubriéndolo y nominándolo, antes que esperar mensajes directos de los dioses. Es entre esta articulación compleja de técnica, mundos de la información y retos éticos, que la poesía debe ir desenvolviéndose y erigirse como palabra específica y soberana.

 

En el examen a veces agrio, que del ser humano se va conformando en este mundo de vinculaciones multiplicables, me encuentro con una observación que Chantal repite y que me produce, lo confieso,  cierta vergüenza y un franco rechazo: ¿por qué la sonrisa tiene que ser un arma defensiva entre los seres humanos, - enseñarnos los dientes -  un resto arcaico, según el decir darwiniano, de cuando éramos animal manada?  Cuando nos sonríe nuestra pareja, nuestra madre o un niño no veo que sea pertinente enfoque tan siniestro.

 

Chantal señala que el mundo actual es abusivamente representativo: el estado de opinión no resulta, sorpresivamente, mejor que el de la creencia. Aunque la verdad, históricamente, ha sido un valor comerciable por la movilidad de los intereses de la sociedad en cuestión, el universo mediático es tan opresivo con sus industrias de estereotipos y formación de opinión, que la libertad hay que buscarla en territorios tan huidizos como íntimos. Debido al cerco mediático el mundo se vuelve ininteligible, pero eso no significa que la ética, que se refiere a las competencias del sujeto, se relativice hasta su dispersión.

 

Hay un momento particularmente estimulante en el debate. Chantal observa que no es posible hoy abordar un concepto del ser así de simple, contundente y directo. El ser es con otros, con otros seres, personas, individuos, existentes. Esto implica desplazar el concepto a una movilidad extra, añadirle un complemento que dejará de serlo en cuanto dilucidemos qué naturaleza supone una imagen del ser y sus trayectorias, qué alteraciones implica su suceder-con. El ser ya no se explicita desde una solitaria entronización conceptual sino en actividad con los demás seres, lo que significa la asunción de direccionalidades como vectores vitales y alusivos de su naturaleza.

Todo ello repercute en nuestra imagen global del mundo, pues   el universo entendido como proceso, ya no puede limitarse al prolijo análisis de sus componentes. Ahora, se despliegan virtuales espacios nuevos de relación que en definitiva, no dejan de aludir, en un visionamiento de la generalidad,  a un par de observaciones convergentes: emprendimientos nuevos en la formulación tácita del ser y la aceptación de la existencia de leyes desconocidas  en el universo.

Chantal nos advierte que la realidad no es sus representaciones, sean estas tecnológicas, científicas o filosóficas. La realidad es lo que el poeta busca en su flujo soberano y originario. Precisamente lo difícil es liberarnos de esa cantidad de representaciones que gracias al  trampolín mediático y representacional alcanzan una popularidad asfixiante y una densidad falsa.

Según Chantal no nos encontramos en el centro vivo de lo que se produce sino en su conversión en discurso. El potencial del lenguaje y las gracias conformantes que le hemos concedido, nos sumen a veces en lo que viene a ser un cierto conformismo. En este punto, hay que ser audaz. La realidad de las cosas precisa de una empatía diferente, de una aproximación menos crítica y más salvaje, espontánea. Reposamos demasiado en las suficiencias teóricas de la configuración lingüística. Chantal fantasea con un asalto a la realidad, libres de todo aparato conceptual sabiamente elaborado, hacer un puntual y espectacular tabula rasa. Como rezaba aquel chiste de, no sé si Woody Allen u otro, tenemos que librarnos del peso excesivo de la cultura. Pero son precisamente esas determinativas conformaciones lingüísticas ante las que nos abandonamos con arrobo e inconfesada pereza intelectual. ¿Cómo ir más allá del lenguaje sin o con el lenguaje?

Chantal insiste en la búsqueda continua de un nuevo medio para expresarnos, en abandonar o alternar lenguajes o experimentar con ellos. En definitiva, la expresión de lo real no puede convertirse en un asunto ajeno, forma parte de nuestra misión como artistas o pensadores.

Chantal coincide con Borges: el yo puede ser una insólita servidumbre a la hora de, curiosamente, preservar nuestra sensibilidad y buscar la felicidad. Lo que obsesiona, particularmente a nuestra autora, es la mediatización de la experiencia. Cómo, con qué medio o medios, con qué talante o presunciones, desde qué registros o limitaciones conceptuales, queremos hacer vivir lo que hemos vivido, qué tipo de mensaje o protesta queremos hacer circular por el mundo libres de las presiones del mito o de nuestro propio vocabulario.

Por ello, por la naturaleza compleja de estas inquietudes,  Chantal Maillard se singulariza a través de su obra ensayística y sus poemas como exploradora de territorios más o menos adversos, de espacios en los que un clamor, una melodía o una textura verbal revelan su carácter nativo. Este libro no sólo es un rico muestrario de las preocupaciones de la poeta, también nos muestra qué orden complejo de materias constituye la cultura actualmente y qué pasajes deberíamos atender a la hora de actualizar parte de sus intereses para nosotros.   

 

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