28.7.15

CAMPO DE RETAMAS. Rafael Sánchez Ferlosio






Últimamente son frecuentes las ediciones de libros de aforismos. La condensación semántica en frases breves y la aparente ligereza de este formato, junto a ese soniquete de las actualidades lectoras que  parece indicar una preferencia postmoderna por estos géneros,  - o bien, hay un sibilino reclamo de textos breves o bien, la edición de los mismos produce lectores que antes no eran visibles – explican (¿explican?) el fenómeno.

Cada aforista, a través de la exposición de sus fogonazos verbales o en correspondientes y formales prólogos, despliegan las razones de su estrategia escritural. De este modo personalizan un género que podría muy bien disolverse en el magma cósmico de un solo verbo que desde el corazón de una tormenta de lucidez hablara por todos y casi cada uno de los amanuenses, pues la personalidad se hace difícilmente discernible en el tono aforístico, proclive a las simplificaciones brillantes, las precisiones metódicas y los súbitos ordenamientos sorpresivos de la frase.

Ferlosio también lo hace, es decir, justifica y contextualiza su plan de escritura  y además nos advierte meridianamente de en qué consisten sus pecios, y del método y razones de su procedimiento estilístico.

Pero Ferlosio ni  es un aforista más, ni un explotador fácil de la forma concisa en distraída  búsqueda de consonancias editoriales. Tildado por Juan Benet como el mayor escritor español vivo, creo que podemos sentirnos satisfechos de que un escritor de los grandes, rozando los noventa años, nos regale tan fibrosos manojos de su pensamiento sobre una realidad a conquistar,  enmohecida por los vicios lingüístico - ideológicos.  

Diríamos que el aforismo, la sentencia, la definición sucinta, el paradigma textual – en tanto receptáculo de descripciones inmejorables de relaciones complejas - no son formas que la escritura de Ferlosio persiga intencionadamente  sino resultados de un pensar aspectos concretos de la realidad y la actualidad, derivaciones de una investigación de la realidad que confina la verdad no en recovecos insondables sino en la superficie misma de los hechos. Hoy, más que nunca, realidad y actualidad confunden sus términos por el imperio de los medios. Ello explica el escrutinio de citas periodísticas, tal y como el mismo Ferlosio, en un epílogo,  confiesa, ya que es allí- también – donde esa verdad de los asuntos humanos se produce y discierne. Los hechos y las hablas,  las predilecciones temáticas y las recurrencias ideológicas, conforman el territorio de dilucidación y confrontación expeditiva de la teoría.    

 
En alguna reseña periodística he leído que en este volumen se recogían “perlas del idioma”. No creo que sea muy exacta esta indicación,  porque por un lado,  limita la selección de estos textos a las determinaciones estilístico-exquisitas del genio del escritor, dándole un matiz fácilmente degenerable en cursilería ; y por otro,  tales perlas parecen ofuscar su propio brillo cuando el autor de párrafos tan compactos y selectos  no teme en expolsarse con expresiones como “pestazo a semen”, “ni puta falta para nada”, “Qué coño”, o afines… Quizá tales expresiones nos están indicando, tan sólo, que tras lo circunspecto de las exposiciones verbales se encuentra alguien, no un sacerdote ni un alma aséptica, sino una persona que sufre y está harta y se libera, puntualmente así, de las presiones de su propio discurso y del cariz que presentan las cosas de que habla.  


El misterio del leguaje, ha supuesto en nuestro agitado siglo XX una producción vertiginosa de literatura crítica y teorías sobre su origen, funcionamiento y naturaleza. Objetivo común de semiólogos, gramáticos, filólogos y filósofos, el lenguaje ha terminado sacralizándose teóricamente.

Ferlosio toma la unidad básica del lenguaje, la palabra, como un instrumento a libre disposición y evita los conceptos densos derivados de interpretaciones hermetizantes o sacrales de la palabra y el lenguaje. La palabra tiene que verse libre de sacralizaciones para poder significar, para poder aludir al presente, a la multiplicidad envolvente. Nada más desquiciante para la actividad del escritor que verse obligado a respetar religiosamente las palabras y tener que hacer un uso formal o eufemístico de las mismas en la descripción de lo real y en su utilización narrativa.   

Ferlosio reivindica la profanidad de la palabra, aspecto básico de su escritura, y factor clave para integrar las expresiones más crudas y grasientas con los ensamblajes más ilustres y las definiciones ejemplares. …….

Una parte del proceso analítico de Ferlosio consiste en un examen semiótico de las convenciones lingüísticas no por obvio menos sutil y preciso. La relación semántica de algunas de las expresiones que utilizamos comúnmente y que no se nos ocurriría ni rastrear y mucho menos criticar, está designando un grumo ideológico, un conjunto indistinto de referencias cuya exposición y declaración pondría a las claras los diversos grados de confusa aceptación del proceso de ahormamiento al que hemos sometido al pensamiento y a la sociedad.

 
Creo que incurriría en una cursilería si, intentando esbozar un elogio, citase “la autenticidad” de Ferlosio, es decir, el lugar anímicamente insobornable desde donde escribe y percibe el mundo. Creo, también, por otro lado, que no erraría si aconsejase al lector dejarse llevar por las notables incidencias del texto y no por la gestualidad del personaje (ya sabemos que esa autenticidad a la que torpemente aludo, puede mostrarnos al autor bajo la engañosa guisa de la caricatura o de lo estrafalario, aunque ahora las cosas están de tal modo que ser reaccionario es una forma de ser críticamente atrevido).

 
En suma, Ferlosio nos muestra el resultado de un escrutinio concienzudo y nada esquivo con la realidad, cuyo acendramiento exige un lector a la misma altura,  y su texto que se desprende en incisivos textos autónomos no se reduce a un florilegio: es la sólida exposición de una escritura en acción.    

21.7.15

CUADERNO DESENCUADERNADO






LAS ESENCIAS EQUÍVOCAS

Napoleón no era francés, era corso.

Hitler no era alemán, era austríaco.

Saladino no era ni persa ni iraquí, era kurdo.

Velázquez tenía sangre portuguesa.

El españolísimo Capricho español, fue escrito por un ruso.

El gran cantante francés, Charles Aznavour, es armenio.

El mejor fotógrafo turco, Ara Guler, es también armenio.

Y así, interminablemente.

 

 
 
 
 
 



 

TELEIMBECILIDAD

La locura de los medios es la de pretender retransmitir lo que ocurre – todo lo que ocurre – en tiempo real. Convertir el mundo en espectáculo, equivale, éticamente, a aniquilarlo. El funcionamiento de cadenas informativas que emiten las 24 horas nos sumen en el éxtasis de la realidad continua, total. La televisión se erige en la herramienta de la realidad convertida en hiperrealidad. El acontecimiento será mediático o no será. Gloriosamente, la telebasura ya no es ni entretenimiento, sino dosis de puro chisporroteo telefantasmático para el teleadicto. La perversión es la de filmar el acontecimiento en el mismísimo momento en que se produce. Idiotizante y triste la vida del “homo televisiorus” que no ha asistido toda su existencia sino a la filmación de cosas y ruidos. Recuerdo aquella cita en el diario de Mircea Eliade, cuando anota su primer encuentro con un aparato de televisión en un hotel, y escribe que, tras media hora de visionamiento de lo que estaban dando, aquello no había sumado una sola partícula crítica al conocimiento que ya tenía sobre el mundo.

 

 
 
 
 

ATUENDOS PILOSOS

Este fin de semana, observando a la gente por la calle. Proliferación de barbas, de ese tipo de barbas picudas que hace pesadas cabezas de apóstol – apóstoles en bermudas - . Ahora resulta que no son los árabes quienes llevan barba, sino los jóvenes españoles. Schopenhauer detestaba las barbas, pensaba que eran una moda bárbara, que el hombre barbudo, en vez de emitir una imagen venerable, se acercaba al mono.
En pleno verano y con la que está cayendo, me intriga observar que, del mismo modo que las mujeres árabes van tapadas de arriba abajo y no parecen sufrir gran incomodidad, o lo simulan bastante bien,  los jóvenes españoles tampoco parecen mostrar gran molestia o calor con su nueva apariencia. Cómo las normas culturales y la pasión de la moda pueden más que las meras reacciones físicas y las educan.





 

 
LIBROS DEFECTUOSOS.

Me compro un libro de artículos de Juan Benet. Cuando llego a casa me doy cuenta de que lleva 15 páginas en blanco. Es como si una extraña intrusión hubiera borrado las letras, provocando una blancura inquietante en la articulación del texto, o como si las páginas en blanco también tuvieran su razón de ser y un sentido oculto las hubiese colocado allí. Como el libro me ha costado barato lo conservo como rareza, como ejemplar, quizá, único.

Me compro El diario de Moscú, de Walter Benjamín y percibo que la que tenía que ser la página 39 se convierte, para mi espanto,  en la página 65. Como sólo falta esa página, paso de devolver el libro, pero me atormenta que, precisamente en esa página, Benjamín pudiera haber escrito su impresión más interesante del universo ruso, o anotara su confidencia más secreta del viaje.

Hace unos años me compré Locus Solus, de Raymond Rousell. Cuando estaba frente al mostrador, a punto de pagarlo, se me ocurrió abrirlo y hojearlo rápidamente, descubriendo un buen montón de páginas en blanco. Alguien que estaba a mi lado me dijo, cuando denuncié el asunto al vendedor: "no lo devuelvas, escribe ahí tú la historia". No, le repliqué, es que lo que me interesa no es lo que a mí se me ocurra sino lo que se le ocurrió, precisamente, a Raymond Rousell.

 
 
 
 
 
FRASE SORPRESIVA

Apartada de mí unos metros, mi madre me dice algo.  Yo entiendo:

No me acuerdo de morir

 



15.7.15

ARABIGO-INCIDENCIAS



 

Un pelín decepcionante la entrevista a Tahar Beb Jelun que el Cultural del ABC publicaba este sábado pasado. A pesar de la buena postura del escritor marroquí con respecto a la zapatiesta que hay armada, salen de nuevo a flote algunas expresiones que se han convertido casi en muletillas, en frases estereotipadas que no producen sino desesperación crítica. Lo de “el  Islam verdadero no tiene nada que ver con lo que está ocurriendo, con la barbarie del estado islámico, etcétera”, cansa, aburre y necesita una mayor explicación. Da la impresión de que este argumento escamotea el someter al Islam a una crítica directa. Compruebo que ningún intelectual árabe se atreve realmente a ello. Se empeñan una y otra vez en salvar al texto sagrado de lo que concebirían como un atentado contra la verdad revelada.

 

Las audacias críticas no son exclusivas de este lado del planeta. Remito a las  notables y sorpresivas declaraciones de Wafa Sultan, psicóloga árabe-americana, que recomiendo visionar en Youtube. Por su boca salen con contundencia e indignación palabras que todos hemos soñado decir. Ante el testimonio de personas así, uno respira aliviado, no por la zurra dialéctica que el otro bando se ha llevado sino porque son las personas pertenecientes a la cultura islámica o vinculados a sus códigos los que están legitimados para efectuar cambios reales o criticar su mundo ideológico.   

 

 Ben jelun dice no saber cómo un árabe residente en Europa se convierte en extremista, pero luego dice al entrevistador que todo, absolutamente todo el conjunto de horrores, atentados y hostilidades y el rechazo a Occidente desaparecerían si se solucionara el conflicto palestino-israelí. Así, digo yo, como por arte de magia. Para mí hay claramente vasos comunicantes entre ambas cuestiones y me sorprende que Tahjar no las perciba: aquel pasaje del Corán en el que se hace un llamado a los fieles a defenderse en el caso de ser atacados. La iluminación alienante del terrorista y la reacción de todo el mundo árabe ante la ocupación de territorios palestinos, son la manifestación eléctrica del musulmán a tal llamado. Aunque se insista una y otra vez en la diversidad del mundo árabe, esta reacción “defensiva” confirma a ojos occidentales la uniformidad del ser árabe.

 
Verdadero origen de la Primavera árabe.
El joven que se suicidó en Túnez, no lo hizo por motivos políticos, ni por defender presuntas democracias en suelo musulmán, sino por orgullo. Se mató no porque la policía le hostigase, sino porque una mujer policía lo abofeteó, gota  - superespecífica – que colmó el vaso.  El hombre no pudo soportar tal humillación y ante la imposibilidad de reaccionar contra la oficial, dirigió su rabia contra sí mismo, matándose y convirtiendo su suicidio en la protesta del ser que no puede llegar  a más bajo grado de humillación. La masa vio en el fin del joven una expresión metafórica de la opresión tiránica en que vivian y estallaron así las protestas. El verdadero origen de las revueltas de la Primavera árabe conforma todos los componentes de un auténtico cuento oriental.

9.7.15

ENAMORAMIENTO SÚBITO.


 
 
 
El otro día escuchaba por la radio a una chica hablar de su vocación religiosa y de su decisión de entrar en un convento. Su exposición era cálida y correcta, a un tiempo; el tono de su voz tan exquisitamente modulado que parecía, casi, que declamaba.  Era una delicia escucharla. Y yo me dejaba arrullar por la sucesión fónica de su parlamento que se me antojaba, tal y como Barthes dice que para él sensorialmente es un texto, efusivo hojaldre, en este caso, angélico y dulcísimo, emanado de un alma sutil y pura.

 Al final, tras las insistencias de quienes la interrogaban, no encontrando otra razón más indiscutible de su deseo de abandonar el mundano mundo que su propia ansia de Dios, dijo, en una transida  mezcla de ruego y afirmación: ¡es que lo amo, ¡lo amo! Me parecieron estas últimas palabras tan encantadoras, me pareció aquella alma tan candorosa y misteriosa, que, como me ocurre crepuscularmente, con actrices inalcanzables y mujeres del pasado, empecé a enamorarme de aquella criatura remota. Mejor dicho, me enamoré de pronto, súbitamente, como dice Lezama Lima que se forma la imagen poética. Enamorarse de una monja, quién comete ese pecado hoy. Es como enamorarse del resplandor de una nube, de la limpieza de un reflejo luminoso, de una nada blanca y algodonosa, de un fantasma constatable.  Mientras sentía y comenzaba a analizar mi fascinación por aquella desconocida, también valoraba la realidad de una sensibilidad, aparentemente, extemporánea y lo interesante de la reflexión era percibir que, no es que hayan otros mundos, sino que hay otras almas, almas distintas y de todas las épocas, en este mundo, ahora, cuando el asedio de los medios pretenden uniformar mentes y lenguajes con su vómito de mensajes interesados. También uno de da cuenta de que estos súbitos enamoramientos, de ese modo, súbitamente, vienen y se van, multiplicándose y esfumándose según se produzca el azar de los encuentros y los sortilegios,  confirmando de este modo, el afantasmamiento de las cosas y sus destinos, y recordándonos que aquello de que “nos enamoramos del amor” no es, sólo, un confuso enunciado romántico.    

      

7.7.15

JORGE LUIS BORGES . El aprendizaje del escritor



 
 

El presente volumen es, en realidad, la transcripción de las sesiones sobre literatura, escritura y traducción que Borges dio en New York, en la universidad de Columbia. Para los borgianos y adictos a la literatura, esta ha sido una agradable sorpresa, encontrarnos con material inédito, todavía, del autor argentino.

Ya sabemos que disfrutar de Borges es frecuentar sus tics y su pequeño ramillete de temas que va repitiendo siempre con variaciones sorpresivas.

A propósito de tics – las reincidentes expresiones de modestia y disculpa, la querencia de Borges por algunos adjetivos – el profesor Di Giovanni, traductor al inglés de la obra de Borges y acompañante suyo en estas ponencias, llega a decir, con Borges delante, y no está muy claro en qué tono: Borges ha utilizado la palabra “arduo” hasta el hartazgo.

En otro momento, Borges se topa con el estudiante atrevido que le señala cierta contradicción: en un ensayo, Borges afirma que no hay momentos contemporáneos. El estudiante le exige a Borges que explique tal afirmación ante la indudable contemporaneidad que liga a dos duelistas, tal y como se narra   en alguno de sus cuentos. Borges, algo pillado, le da la vuelta al asunto, estimando  que el estudiante se convierta en el escritor del cuento que entonces ya no resultaría ficción borgiana: “esa es su invención, no la mía”, le dice al estudiante, desentendiéndose.

Otra intervención nos suministra un dato temporal sobre la recepción crítica de la obra de Borges, cuando un estudiante pregunta con cierto candor sobre la autenticidad o no de las múltiples fuentes de que se sirve Borges, pidiendo disculpas al escritor en el caso de que tal pregunta resultara impertinente. Uno de los aspectos más definitorios de la poética borgiana – la bibliografía inventada – todavía suscitaba dudas acerca de su naturaleza positiva en 1971.  

Las exposiciones de Borges son , como siempre, densamente meridianas y con ese toque paradójico en alguna de sus formulaciones. El autor se despide recordando que la literatura es algo más que un mero juego compilatorio de vocablos, y reivindica la tarea creativa del lector como elemento clave para la perduración de las obras literarias.   
Ocasión excelente la que tuvieron los estudiantes de la universidad de Columbia a lo largo de casi 15 días de escuchar y dialogar con Borges, de presenciar cómo la alta literatura expone con suma sencillez los entresijos técnicos de su funcionamiento y creación.

  

3.7.15

JESÚS VISTO POR UN ÁRABE



De adolescente leí con placer a Kalil Jibrán. Ya no he vuelto a leerlo desde entonces. No sé si ahora lo leería con la misma tranquila fluidez. Lo que sí sé es que, teniendo en cuenta cómo están las cosas, ambos "bandos" - cristianos y no cristianos, musulmanes y no musulmanes - necesitamos de la existencia y de la obra de autores como éste.   



 
 
 
 






Publicado por la revista Lecturas, abril 1936.


1.7.15

LAURA ANTONELLI


 
 

Acabo de enterarme de la muerte de Laura  Antonelli. Mi primera reacción ha sido de rabia y he pensado en Schopenhauer: esta vida es un horror, un engaño, una porquería.  Por qué tiene que desaparecer lo bello, lo más delicado. Luego he estado al borde de la lágrima al constatar la amarga realidad- la amarga realidad concreta del fallecimiento de la actriz, y la amarga realidad general de la muerte que nos devendrá a todos, tonta constatación, por otro lado - …

El erotismo de Laura Antonelli, era sobre todo, un erotismo delicado: no suscitaba crudas fantasías sino deseos de cuidar aquella fragilidad, de deleitarse con la claridad que destilaba su mirada. Sus ojos y aquella frente tan limpia hacían pensar que podría haber sido, perfectamente, modelo de alguna madonna del Renacimiento.

Cuando desaparece o muere una mujer bella, pienso enseguida en la divinidad y me pregunto: qué tipo de insensata jugada lleva a cabo la creación, la naturaleza, Dios permitiendo esta muerte.

 Ahora, de pronto, incomprensiblemente, Laura Antonelli no está. Imagino que ha pasado al otro lado. En ese otro lado ¿cómo será?
Ángel Gabilondo, en uno de los aforismos de su libro Máximas Mínimas, dice que al contemplar una imagen de sí mismo de joven, piensa que así será él. Aplico este pensamiento al recuerdo de Laura Antonelli, a la eternidad de su bonita alma.