6.6.17

LO MÁGICO REAL. LAS HADAS DE COTTINGLEY Y LOS GNOMOS DE LA FINCA "LA CASETA".






El episodio de las hadas de Cottingley ha sido mal interpretado por los romos seguidores de lo oculto que son quienes se han apropiado de lo que creían que era suyo, cuando con lo único con lo que tenía que ver era con la pura y libre fantasía, ni siquiera con lo antropológico y, naturalmente, tampoco con lo esotérico ni con el folklore. Los seguidores de lo paranormal han querido aplicar una suerte de descabellado positivismo examinando las famosas fotos, allí donde no tenían sino que haber recordado la frase de Nietzsche: “El hombre alcanzará su madurez espiritual cuando obre con la seriedad con la que los niños juegan con sus juguetes”. Cito de memoria, pero, más o menos, la frase del pensador es así. Es decir, que aquello que debieran haber considerado es la experiencia fantástico-poética de las niñas, no obsesionarse pueril y toscamente con unas pruebas – la autenticidad o no de las fotografías – acerca de tal experiencia. Para unas preadolescentes, la realidad está teñida de magia y lo que hicieron al emplear la fotografía no fue sino aprovechar las capacidades tecnológicas de una herramienta nueva para “representar” su sueño. Las figuras recortadas no demuestran ni una broma ni ninguna farsa. Fueron elemento de atrezo que ayudó a realizar la puesta en escena de aquella fantasía.  Las niñas no mintieron, simplemente soñaron. O jugaron.   No se sueña falsamente, se sueña de verdad lo que se sueña. Y lo fascinante aquí es cómo recuerda lo “ocurrido” en Cottingley a las visiones marianas: fue una ensoñación compartida, es decir, creada por un sueño común, de modo semejante a cuando la Virgen se ha aparecido a varias jóvenes. La mente de cada una de las presentes convertida en Una sola.

¿Con qué grados de superrealidad conecta la ensoñación de almas puras, que demiurgias secretas puede provocar fenoménicamente en la realidad puntual la libre actividad de la ensoñación?

Lo repito. Las hadas de Cottingley no tienen nada que ver con lo paranormal ni con lo esotérico sino más bien con la filosofía, con la poesía, incluso con la teología.  Ha sido una interpretación errónea de los juegos de unas niñas lo que ha colocado a estos en falseadores puntos de mira – falseadores ellos, no lo ocurrido – produciendo una literatura tan fascinante, a veces, como tediosa y machacona.

 
 




Yo podría constatar la naturaleza del episodio de las hadas comparándolo con una añeja experiencia personal. Hace unos cuantos años, yo y un grupo de amigos nos aficionamos a las psicofonías. Sobra decir, que practicábamos la mística del trabajo común, previa a todo adocenamiento teórico, y como tal, absolutamente real. Nuestra pasión por la música, la literatura, la naturaleza era una sola.
En abril de 1980 decidimos hacer nuestras primeras psicofonías fuera de casa. Escogimos una finca solitaria, surcada de senderos escoltados por una profusa masa de cipreses y palmeras. Estaba situada fuera de la ciudad de Orihuela y era nuestro “lugar de poder”. Atardeciendo, fuimos para allá y realizamos una larga grabación de más de media hora. Cuando más tarde, en casa, escuchamos la grabación, solos, con la luz apagada y con el volumen al máximo, tras el primer cuarto de hora o veinte minutos, en los que sólo se escuchaba el chasquido de alguna rama y el relajante zumbido de una moto lejana, apareció el sonido de una risa burlona. Todos pegamos un grito y saltamos en el aire: ¡un gnomo, la risa de un gnomo! Más adelante aparecieron algunas risas más junto a alguna voz ininteligible, semejante, tímbricamente, a la sorprendente risa.

Resultaría muy difícil definir aquí el grado de fascinación en que nos sumimos aquellos días, estando convencidos de haber registrado las voces y risas de unos gnomos. Fascinación porque para nosotros lo fantástico se estaba produciendo en lo real. Sentíamos presencias misteriosas deslizarse en las frondas de aquella finca cada vez que la visitábamos, nunca vimos nada extraño, pero las grabaciones confirmaban para nosotros la realidad de aquellas presencias sospechadas. Allí había todo un mundo oculto.
Por qué todos coincidimos a la primera en asegurar que aquello que apareció en las cintas eran gnomos? Pues no lo sé, la ingenuidad de entonces, el imaginario que compartíamos casi sin saberlo conscientemente.
A partir de aquella psicofonía reveladora, visitar, a la hora del crepúsculo de la tarde, el umbrío lugar en que se había grabado, era todo un reto a nuestra valentía y una invitación a la inmersión en un universo fantástico tan secretamente nuestro como real.
 
Toda aquella mitología se derrumbó cuando descubrimos que las “risas” y voces gnomiles no eran tales sino ruidos del motor del mismo aparato de grabación…  
Pero la intensidad de la vivencia no se inhabilitó ni se suprimió por este motivo. Del mismo modo que las fotos trucadas de las jóvenes inglesas no significaban la inexistencia de la vivencia de sus ensoñaciones.

Lo importante aquí es la vivencia que define un período de la imaginación del espíritu adolescente.

Nosotros soñábamos despiertos, incluso después del gran fiasco. Las inglesas utilizaron la cámara como un juguete sofisticado que potenciaba el juego. Nosotros, aunque nos dimos cuenta de nuestra ingenuidad, continuamos visitando el lugar como peregrinación para nuestras charlas y meditaciones poéticas. Las inglesas no vieron la necesidad de informar a los adultos de sus fotos trucadas, perpetuando en lo posible un sueño que había sido real en sus juegos. Y recordemos que lo más serio que los niños hacen es jugar.

Entonces, se preguntará algún crédulo, ¿no hubo ni hadas ni gnomos?

Los linderos de la experiencia mágica son un misterio, porque cada vez que veo las fotos de las niñas o se me ocurre escuchar las cascadas psicofonías de hace más de treinta años, yo sigo viendo unas criaturas fantásticas evolucionar entre el ramaje, alrededor de las niñas, o escucho la breve carcajada de un gnomo burlón, emerger súbitamente, del margen penumbroso de un sendero olvidado junto a las acequias.   

  
 


 

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