29.9.14


 

 
 
 
 
 
 
PARA EMPRENDER EL CONOCIMIENTO DE TODOS LOS “ORGANISMOS SEMIÓTICOS” (Lotman), TENGAMOS EN CUENTA:

 

El funcionamiento metafórico del lenguaje,

las adiposidades deslizantes del discurso,

las equivalencias rotativas,

 supuraciones melancólicas

y declinaciones líricas

de cualquier mensaje;

el fragor,

la delicadeza,

la revelación,

el tierno balbuceo del enunciado.

                                                        Las porosidades,

las ambivalencias,

las secuenciaciones,

las laminaciones,

las vinculaciones,

las irrigaciones

las segmentaciones,

las significaciones,

las escenificaciones,

las lubricaciones,

las explosiones

del símbolo.

Las singladuras,

 moldeamientos,  interconexiones,

 enfebrecimientos,  asociaciones;

 desciframientos,  descodificaciones,

y fusiones

de los textos a través de las lecturas.

Y además:

las hibridaciones monódicas,

las materializaciones súbitas y las

perentoriedades simuladas;

o bien,

la avidez, la sensualidad, la perspicacia,

la locura, el silente éxtasis,

la manía,  obscenidad y estilística

de los fetichistas del texto y los poetas.  

 

16.9.14

SUCULENTA PAYASADA






En la foto vemos a la pequeña Julia-Louise Dreyfus (53 años) aproximándose a la cima orgásmica con un payaso (los payasos no tienen edad). La imagen suscita risa y turbación: risa porque la imagen es bizarra, ridícula, grotesca; perturbación porque la mujer se revuelca con un personaje que pertenece al área del espectáculo infantil.

¿Pero qué chorrada es esta, nos estaremos diciendo, otra tontería norteamericana, algún sofisticado mensaje articulado en un escenario morboso, autopromoción de la actriz, anuncio elíptico de algún chocolate afrodisíaco?

Norteamérica no es la corte de los milagros sino de lo delirante. Precisamente el que Estados Unidos se haya convertido en el nuevo emplazamiento de la aristocracia y de sus históricos caprichos extravagantes - véanse personajes como Paris Hilton, por ejemplo -  puede corroborarse aquí: los enanos y los payasos pululan por las películas y series norteamericanas, y no sólo las de género fantástico,  como hace siglos lo hacían por las cortes europeas.

El delirio, lo excesivo definen la naturaleza del espectáculo. Estados unidos es el país de lo espectacular: en el cine, en la música, en la política, etc..

Y el espectáculo busca con avidez elementos nuevos y vírgenes para incorporar a  las producciones de su industria. Aquí el que ha ideado la foto, podría  haber colocado, perfectamente, un Papá Noel aplastando dulcemente el cuerpo blanco de la morena Julia, porque, al parecer, esa compulsión de la prensa y del mundo de los media "made in USA", gastados todos los registros y catálogos, parece haber elegido, inquietantemente, el mundo de lo infantil o sus aledaños, para producir el efecto perturbador.

Podemos hacer breve recuento de alguno de los detalles de la imagen : arriba a la izquierda, se ven los lazos que han envuelto un gran paquete de regalo: uno imagina que dentro de ese gran paquete iba el payaso con el que la perversilla Julia se ha hecho un auto reglo erótico de fin de semana.
Pero la mujer que hace el amor con un payaso comete el riesgo de hacer graves payasadas: efecto de eso mismo es la nariz de payaso que le ha saltado a la punta de la suya: la mujer que fornica con payasos, como si lo hiciera con cualquier otro objeto tan poco erótico como un payaso, se convierte, irremediablemente, en una payasa.

Otra lectura: aquí es la mujer la perversa, la que elige al inerte payaso, que no tiene identidad, para experimentar placeres nuevos. La interpretación antediluvianamente machista se hace evidente. La protagonista exclusiva de la imagen es la fémina que se convulsiona; el pobre payaso hace el payaso, se limita a figurar y que la ley de gravedad haga el resto. 

Si nos hemos acostumbrado a que lo exasperante brote con regularidad entre lo que normalmente consumimos, quizá no haya remedio: será lo mismo ver imágenes como esta o visionar las cristalinas y arrulladoras aguas de los arroyuelos de My Zen, filmadas una mañana de primavera. Nos movemos en el mismo kafkiano cerco.

11.9.14

CHANTAL MAILLARD. LA BABA DEL CARACOL






Chantal Maillard contempla en el haikú algo más que meras constataciones delicadas : es la expresión neta de lo que se produce, de lo que es, de lo que ha ocurrido o acaba de ocurrir. De ahí la relación sutil, pero nada extraña, del haikú con la fotografía.

Más que una suerte de micropoética, o poética de lo micropoético, lo que Chantal ve en el haikú y reivindica es su categoría de comunicar o recoger el fenómeno original.

Lo característico del haikú no es, pues, explotar las apariencias sino señalar lo que existe, lo que está siendo ahí, con nosotros, envolviéndonos. La brevedad versicular del haikú, por lo tanto, es engañosa: su desglose implicaría exponer fenomenologías y analizar retóricas.      

Chantal reivindica una poesía más allá de la ratificación lingüística o que se confunda con ella. Necesitamos de una poesía que, tal y como hace el haikú, no se evada de lo concreto, de la realidad simple e irremediable que alude a nosotros. 

Los rebosos lingüísticos, los abusos metafísicos, las autocomplacidas decadencias, son el error persistente de las poéticas actuales. La poesía debe obrar con lo que la realidad le ofrece, con la materia vertiginosa y pobre, fascinadora y terrible que le procura la realidad, y la operación es saber manejar el lenguaje para que este desaparezca y se limite a ser reflejo no productor de reflejos. Necesitamos asomar la cabeza fuera de la saturación verbal, de la suntuosidad inútil por no significante.

Escribe Barthes: “Para los japoneses en sentido estricto lo bello no es la flor del cerezo sino el momento en que, perfectamente abierta, va a marchitarse. Todo esto dice a las claras hasta qué punto el haikú es una acción (de escritura) entre la vida y la muerte.”

¿Podría la poesía llevar a cabo esa tentativa, extraer del tiempo, de las fracturas sutiles del tiempo el gran manantial de los fenómenos? Dicho así, bruscamente, pareciera una poética metafísica más, pero lo que quizá sí deba hacer esa poesía que necesitamos se produzca sea no imaginar episodios sino extraerlos de lo real, es decir, saber hacer aflorar lo visible, valga la paradoja.  

Si la poesía nos dice lo que hay, lo que se está produciendo, Maillard insiste en que abandone sus suculentas trincheras y sepa contarnos qué sucede, qué realidades se desprenden de lo que pasa ante y entre nuestros ojos.  

5.9.14

RATONES NO, DUENDES DE BIBLIOTECA






Escuchando la radio, curiosa observación de una católica, hablando de los ejercicios de meditación orientales como “meditación ególatra”, en oposición a la meditación cristiana que es meditación de Dios. Quizá haya creído desenmascarar a los budistas y demás, si no fuera porque meditar en Dios también resulte algo improbable  o no sepamos si lo hemos llegado a hacer realmente algún día.

 
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Solemos olvidar cómo terminaba la famosa consigna revolucionaria francesa: ¡Libertad, igualdad, fraternidad o muerte!
La verdad es que esa “muerte” final suena espantosa, estropea el luminoso enunciado libertador, pero contextualiza, para el historiador de las ideas, el compás real de fuerzas que se articularon en el desenvolvimiento de la revolución. A mí esta alternativa fatal a los tres bienes tan deseados, me hace recordar cómo interpretaba el presocrático Empédocles la dinámica de fuerzas que hacían funcionar o estallar al mundo: el Amor, la Fraternidad producen la convergencia de las energías en el bien común y el Odio separa y fractura tal fluir harmónico, supone el caos maligno. 

 
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Sueño la frase: yo me acuerdo de 19 mundos.


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Poesía: práctica de la sutileza en un mundo bárbaro. De allí la necesidad, hoy, de luchar por la Poesía. La poesía debería formar parte de los Derechos del Hombre; no es decadente sino subversiva y vital
 Roland Barthes
 
 
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El azoramiento en que nos vimos cuando quisimos hacer esta o aquella cosa y lo inocuo que todo resulta con la perspectiva que nos da el tiempo.
 
 
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Comparo los ensayos de Juan Benet con los de Lezama Lima, no con surrealística intención competitiva, sino por el mero gusto de resaltar sus excelencias.
El discurso de Benet implica exposiciones integrales del motivo escogido. Se trata de un discurso semejante a su prosa narrativa, total y englobante. El nombre de Benet en un ensayo es garantía de rigor. Su descripción recorre el conjunto épico de las cualidades y circunstancias de la cosa expuesta. Más que creador, Benet es un constructor de prosa. Esta adquiere en el texto un relieve, un volumen pétreo y tangible. Sus metáforas son de orden geológico.

Lezama no es un edificador, como Benet, sino un viajero cenital de los laberintos y de los desfiladeros de la aurora. Lezama  incursiona en parajes y eras a través del verbo perceptor de la infinidad de las circunstancias y colisiones genesíacas. Lezama agita la red de las semejanzas y forja suculentos recorridos metafóricos. Lezama define a través de la imagen, siendo la imagen la expresión de una conjunción creadora, por ello su trabajo escritural es doble: las imágenes, síntesis ellas mismas de evoluciones, explican o aluden a otras evoluciones. La imagen atraviesa mundos y formula conexiones transhistóricas. La poesía es el sello de estas alianzas fulgurantes.

En Benet la sensación final es la de haber efectuado el remontamiento de las significaciones de algo a través de un análisis abrumador y vigoroso. En Lezama cada frase es el eslabón murmurante de un viaje infinito y fascinador: implica la sabiduría actuante de la poesía, produciendo y resolviendo espirales.
Benet hace emerger la enorme parte sumergida del iceberg: este adquiere aspecto de mosaico monolítico.  Todo objeto adquiere resonancias sinfónicas si logramos ubicarlo en el punto de conexión que le corresponde del continente cultural.
Lezama no analiza, describe la riqueza infinita del símbolo, la investidura que le prestan el tiempo y las culturas.
La diferencia entre ambos autores es esta: uno es poeta, el otro no lo es. Uno expone sobre un plano el sólido conjunto de las alusiones competentes. El otro salta sobre diagramas y exposiciones con la imagen y la fructífera analogía como garantes máximos del Gran viaje.     

 

2.9.14

FRAGMENTOS DE LA LLAMA

 
 
Difícilmente puede uno distanciarse de la experiencia propia para juzgarla desde un más allá de su sensibilidad inmediata.  Sólo la escritura permite este trascender y dar testimonio a un tiempo, y es en este ámbito donde toda estrategia para producir esa confesión se legitima y en donde, por ello mismo,  todo se hace signo explícito de maniobras: emborronar autorías,  confundir recorridos, multiplicar ilusoriamente los términos de tal vivencia, confirmar la intensidad que se ha vivido, que nos ha transformado y que, para nuestro desconcierto, ya no está.  Algo de esta operación sutil se produce en Fragmentos de la llama, donde poemas y textos de los poemas, valga esta distinción finalmente indistinta, se intercambian posicionamientos e interpretaciones.  
Efectivamente. El texto es un camuflaje donde vehicular discursos y parlamentos, ubicar tanto la experiencia dolorosa como la pletórica. Rafael González no juega a crear meramente un apócrifo: el acto de distanciamiento sobre su propio testimonio poético que evidencia al final del poemario es un acto positivo: nos dice que el amor se produjo, al tiempo que alerta que todo lo consignado en los poemas es sólo literatura, como diría el clásico. Si el poeta se inclina por esta vía, por la de contemplar sus experiencias como casi anónimas, quizá sea porque no hay otro modo de representar tales experiencias en el vértigo de los devenires; porque siendo la experiencia erótica una de las más intensas que pueda registrar la persona, tal intensidad la convierta tanto en algo indescriptible como en certera materia de poesía y literatura. Por otro lado,  la discreción personal queda de este modo, justificada. Ni hay cita de nombres propios ni de lugares reales, es decir, reconocibles por el lector, que hagan demasiado evidentes los trazos biográficos. La imagen precisamente labrada vela un yo indiscutible pero esquivo que no es sino apuntalamiento de una experiencia real: la que manifiestan los poemas. El juego interno de espejos, continúa.   
Fragmentos de la llama es un poemario erótico de autoría no confusa sino convergente: los poemas nos revelan el itinerario de una voz, que finalmente repliega su aventura como sueño o éxtasis secreto. Lo que ocurre es que el amante que escribe no quiere ser abiertamente localizado.
El acto amoroso es un acto sacral y como tal se celebra. Por otro lado, se reivindica la inocencia de los amantes, sin evitar la significación entrañable de la fusión de los instintos: y el animal del tiempo/bebe del útero de miel.
El poema final del libro es una suerte de código que nos remite al carácter puramente textual de la confesión erótica, lo que no significa, como hemos dicho, que esta no se haya producido.
Fragmentos de un discurso abierto escribe el poeta, (“fragmentos de un discurso amoroso”, escribiríamos nosotros, revelando el referente barthesiano de este poema o de toda su poética); discurso semiótico, dice el poeta donde pareciera hallarse una tautología, pero que sabemos imagen intencionada por las causas que hemos expuesto.
En Fragmentos de la llama encontramos una celebración neta de la unión erótica, en la que a través de una utilización heterodoxa de la métrica, fluyen imágenes precisas y barrocas de la pasión, pero que si el poeta acaba por contemplar con cierto distanciamiento, quizá no sea debido sino a que la intensidad lleva como ineludible hermana circunstancial la fugacidad de tal intensidad. Aquí, cierta extrañeza, a pesar de todos los furores, no deja de aflorar. 
Escribe Rafael González: Qué piedad podemos pedir/a los verbos que conjugan en pasado;/qué magma de arterias/a las semillas que nunca germinaron,/sometidas a la intemperie de una sed sin manantial.     
 
 Nos lloverán todas las crisis imaginables, pero sigue siendo en la poesía donde encontraremos un modo memorable de referir el caos y el vértigo del vivir, confirmando que nuestra riqueza más segura se encuentra en estos confines del decir.