10.12.15

LA ESPECIFICIDAD MUSULMANA



 
 
 
 
Resulta irritante comprobar la insatisfactoria, cuando no, parcial explicación que los medios de comunicación, a través de sociólogos y analistas, insisten en ofrecernos sobre el fenómeno yijadista en Europa, cada vez que nos hablan de la marginalidad o de los grandes índices de paro que sufre la población joven musulmana. Como si esto explicara algo. También la gente que vive en las favelas de Brasil o en puntos conflictivos de cualquier ciudad de Asia sufre marginación y no se les ocurre matar gente que ni siquiera conocen. Hay , por lo tanto, una especificidad- religiosa, mental, ideológica, genética si se quiere - que afecta al musulmán y le es propia, un dispositivo anímico-sentimental que no aliena de tal modo a otro colectivo que no sea el musulmán.
Leyendo Los juegos del Sacromonte que Ignacio Gómez de Liaño publicara en 1975, encuentro una explicación breve y contundente de tan  siniestra especificidad. Transcribo: 
 
En cierta ocasión, Mahoma manifestó que a los diferentes profetas enviados por Alá les distinguían diferentes atributos; a Moisés le distinguió su providencia y clemencia; a Salomón su sabiduría, majestad y gloria; a Jesús su rectitud, su poder taumatúrgico y su ciencia. Mahoma pensaba que ninguno de estos atributos era suficiente para exterminar la incredulidad. "Yo, por tanto - exclamaba el último de los profetas -, soy enviado con la espada; dejen los campeones de la fe del islam de argüir y discurrir, sino matad a todo el que se niegue a obedecer la ley o a pagar tributo".
Este mismo espíritu aparece inequívocamente en muchas partes del Corán; así en las suras II, XXII, XLVII, XLVIII, etc..".  
 
O sea, que si la cita es cierta,  el señor Mahoma, huyendo de toda sutileza elige voluntariamente para extender la fe religiosa el método y las formas más elementales y chuscas, por no decir brutales y detestables. Exactamente lo que el estado islámico está haciendo hoy. Exactamente.
Siempre me ha parecido que los árabes habían llegado tarde y mal a la historia. El detalle crucial que, inopinadamente, Gómez de Liaño nos proporciona,  no hace sino confirmar esta apreciación.  

 
 


2.12.15

ESCUCHANDO LAS SONATAS PARA PIANO DE SCRIABIN


 
 
 

En las sonatas y diría que en toda su obra pianística, el "verdadero" Scriabin no hace su aparición sino a partir de la sonata nº 5. Hasta esta obra, el mundo sonoro de Scriabin es una lectura virtuosística y refinada del legado chopiniano con los plásticos aditamentos de la escuela rusa.
Con la sonata número cinco se inaugura una nueva estética, hace su aparición esa sensibilidad típica que se corresponde con los ámbitos etéreos y fantásticos del simbolismo. Podríamos decir que en la obra pianística “madura” de Scriabin hay de todo un poco – trazas de atonalidad, multicromatismos, impresionismo “sui generis” – determinado por una suerte de crepuscularidad, de indefinición que empaña todas las composiciones de un encanto muy singular.
Las obras son como magmas sonoros que explotan, episódicamente, para volver a la masa original y revolverse sobre sí mismos. La música no describe líneas regulares, sino profusión de direcciones, pequeños torbellinos, derrames repentinos, atomizaciones constantes. Este último detalle descriptivo creo que define muy bien el tono, el estilo de Scriabin: atomizado.

La música de Scriabin, que en determinados momentos es muy enérgica y que en las obras sinfónicas puede mover poderosas masas sonoras, es sobre todo, una música atomizada, siempre al borde de desaparecer, remota, lejana, sumergida en un clima de lírica y espesa desolación. Esa desolación es un misterio estético. En las obras de los impresionistas musicales, por ejemplo, notoriamente, en Debussy, también encontramos estos climas de melancolía desintegradora como un dato de identificación propio. En Scriabin esta melancolía es a veces rabiosa, sin dejar de ser melancólica, lo cual conduce a la autodisolución, y forma también parte de esa sensibilidad fin de siglo, amante de decadencias, afectada de hiperestesias y proclive al apocalipsis estético de todos los sentidos.

Siempre que he escuchado la obra pianística de Scriabin he disfrutado sobremanera, pero el misterio subsiste: no sé en qué tierra brumosa, en qué galaxia perdida del cosmos me deja y lleva. Es como si ante el nuevo siglo que comienza a inaugurarse, la música del ruso viniendo de las espesuras postrománticas decimonónicas, se diluyera en un abismo espiral antes de entrar más en ese nuevo siglo, no perteneciendo a ninguna época en particular, ubicándose sólo en el eje espectral que articula las décadas pasadas y las que se aproximan. Una fantasía de orden temporal define, también, el etilo scriabiniano: música profética.       

 

30.11.15

ALBUM SENTIMENTAL


La época de los descubrimientos literarios. Libro comprado en la librería TRILCE de Orihuela. Año 1980.







Alicante, 1994. Los amores platónicos, todavía.




 




Fantasías sobre el retiro ideal: el pintor Monet en su casa, rodeado de naturaleza.






 
Yo quise ser cosaco







 
He disfrutado como un loco con sus universos sonoros. Stravinsky y Paul Hindemit, la amistad de dos colosos que nos tranquiliza y da esperanza.





 
Duelo por el paraíso perdido. Torrevieja, 1978.
 






¿Dónde está Louise Brooks?

25.11.15

CARLOS OROZA: EL ÚLTIMO Y PRIMER POETA BEATNIK







Este mundo que habitamos es, por fortuna, diverso pese a todo: pese al acoso informativo de los medios, pese a la tontuna tecnológica, pese al empobrecimiento lingüístico. Incluso hemos llegado a la perversión de considerar que lo raro no era lo extraño sino lo bueno..

El poeta Carlos Oroza es un raro o ha sido uno de esos raros por lo infrecuente de su andadura y la gestación de su poética. Y en su caso también lo raro es lo bueno: Lezama Lima definía al poeta como un posibilitador: de mundos, de lenguaje, de libertad creativa. Oroza es un ejemplo meridiano de ello: autonomía y libertad desde muy temprano, cuando a los 14 años se escapa de casa y desde entonces, convierte su biografía en un largo y variopinto poema. Viaja por España, convertido en uno de los primeros poetas beatnik del país, convierte sus recitales en happening y hace “entradas triunfales” en las universidades montado en un burro y provocando a las élites del saber del momento.

Graba versiones musicales de sus poesías – el famoso Évame Malú, grabado en 1975, escuchado hoy parece una vibrante anticipación de los raps neoyorkinos – y viaja a Estados Unidos, donde conoce  a Bob Dylan y recibe el premio de poesía Underground.  

En el año 86, estuvo en Orihuela. Por iniciativa de unos amigos gallegos, el grupo de los que entonces formábamos la revista Empireuma lo trajimos a este punto de levante, y realizó un notable recital en el Instituto Gabriel Miró. Pintura fluorescente y efectos especiales de luz y sonido, fueron los elementos que acompañaron a su representación. Recuerdo que yo me encargué de ambientar la sala con pastillas de incienso. También recuerdo el paseo nocturno que nos dimos por las calles de Orihuela, pegando los carteles que anunciaban su recital.

Ayer nos enteramos que este sábado pasado, nuestro amigo poeta había muerto.

 

Oroza no era un poeta adepto a la escritura, es decir, amigo de producir libros de poesía y sumar bibliografía  de este modo. Demasiado libre como para preocuparse en editar libros, demasiado desprendido como para que la idea de una obra le preocupase más allá de lo necesario. Oroza habitaba la poesía, no la comentaba o analizaba meramente, por ello podemos decir que siempre estaba trabajando, atento al canto, a la musa. Su sensibilidad era su actividad.

Recuerdo a Oroza como un ser aéreo, ingrávido. Parecía una hebra: levemente tenso, atento a los conjuros rítmicos más que a embargos conceptuales, siempre más cercano al canto que a las disquisiciones textuales. Y en este punto, la pureza de Oroza, si me permite la palabra, lo distingue notoriamente, porque en su obra y en su persona se confirma aquello de que la poesía no es escritura, sino algo que la precede. Ahora, el poeta de los vientos no alisios, ha emprendido el viaje definitivo a través de las galaxias.

Ay, amigo, ya nos encontraremos, en la música, al otro lado del tiempo. 
 
 
  

20.11.15

JHON ATKINSON GRIMSHAW: LA DESOLACION PRECISADA.




 

El artista produce mundos habitables. Esa es una de las maravillas de su don.  

Precisamente, cuando el mundo se vuelve inhabitable, uno busca el refugio de la música, de la literatura, de la pintura buscando un tipo, un tono, un tempo de universo que habitar.

Curiosamente, y sin que tengamos que adelantar análisis psicológicos para el caso como pretexto, la melancolía, incluso, la desolación, son también, estéticamente, habitables. El otro día descubrí la obra de Atkinson (1836 -1893 )y experimenté algo muy curioso, quizá nada misterioso, incluso común: que las imágenes de alguna de mis fantasías más secretas y con las que, en soledad, me solazaba, intensamente,  en una época determinada de mi vida,  las estaba viendo reproducidas bastante fielmente delante de mis ojos.






Hace años, cuando lloviznaba, cogía mi grabadora y salía a la calle. Solía salir de la ciudad andando  y perderme por la huerta, grabando "ambientes". Cuando me encontraba alguna casa solitaria con luz dentro, sentía cierto placer masoquista al pararme frente a ella, grabando, bajo la lluvia, sabiendo que su habitantes estaban calentitos, resguardados de la lluvia, mientras que yo estaba ahí fuera, solitario y mojándome. Las ventanas encendidas estimulaban las fantasías eróticas: en el dormitorio, cuya ventana emitía un fulgorcillo naranja, se encontraba una bella dama que al fin se apiadaría de mí y me dejaría entrar....

Algo de todo esto - el estado contemplativo del caminante solitario próximo a la deriva surrealista, el paisaje crepuscular o nocturno como espacio habitable, las afueras de la ciudad, incluso, las ventanas encendidas y la lluvia -  se encuentran entre los motivos que componen la obra de Atkinson.    






El pintor inglés es preciso en el detalle, en las rugosidades, excoriaciones  y texturas de cielos, superficies, barro y vegetación. Esa minuciosidad en el detalle, no sólo equilibra la escasa y dispersa presencia humana, sino que nos indica la preferencia psíquica del artista y el tipo de mundo que desea y del que nos quiere hacer partícipes: la soledad es frondosa, la luz de la luna se destila, vibratoriamente, a través de las nubes, la lluvia recientemente caída, acribilla de reflejos extensiones considerables de suelo.
Las desolaciones de Atkinon me han hecho recordar otras, las de un pintor español: Modesto Urgell. Los temas, las atmósferas son casi los mismos, varía el estilo: mientras que el inglés resulta más vivo en los matices, Urgell es más nebuloso y grave.  
El hombre viaja por los espacios que articula su imaginación. Sea ciudad o campo, el paisaje es un marco espacial en el que la figura humana puede perderse voluptuosamente para nuestra mirada. Los cuadros de Atkinon son las grandes habitaciones naturales o artificiales en donde  el hombre postromántico evoluciona, y donde la soledad es un festín de soledades, gratas de visitar. La soledad es un lugar.       

 

18.11.15

FRISOS





 
 
 

El epílogo del caos supone un exordio o un nuevo principio.

 

 

Si somos lectores del mundo, no hay texto original sino suma de incidentes continuos.

 

 

El caos es una organización de desorganizaciones.

 

 

Existe un espacio inabarcable entre la hamaca en la que estoy recostado y la limonada que he olvidado sobre la mesa que está ,apenas, a un metro de mí.

 

 


Quien muere de miedo muere de impresionismo

 

 

Todo pasa, dicen los místicos, sí, pero mientras tanto pueden sucederse guerras mundiales, inventos revolucionarios, encontrar civilizaciones extraterrestres, aparecer varios mesías, enviudar más de una vez, etcétera..

 

 


En el arte no hay cantidades y por ello el pensamiento creativo  no cesa ante lo que ya está, supuestamente, escrito, practicado o compuesto.

 

 
 

Una imagen está ocurriendo siempre.

 

 

La reversibilidad es recíproca.

 

11.11.15

OBSERVATORIO. LAS INSÓLITAS ALIANZAS DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO: EL INDEPENDENTISMO CATALÁN Y LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA


 

 
 
 
Decía JUNG que es muy difícil ir en contra del espíritu del tiempo, es decir, en contra de lo que una sociedad ha convenido – costumbres, conceptos, normas, etcétera -  para poder convivir, relativamente, en paz.
Actualmente, bajo el enunciado de “lo políticamente correcto” se advienen una serie de prescripciones y gestualidades cuyo amaneramiento ha adoptado un carácter decididamente férreo e intolerante. Todos los valores y derechos que el pensamiento de izquierda conquistó y por los que luchó con verdadero esfuerzo a lo largo de los dos últimos siglos, han venido a uniformarse y pervertirse bajo el lema de "lo políticamente correcto".
Lo políticamente correcto, explica, en parte, la escasa movilidad de los no independentistas en Cataluña. Entra dentro de la órbita de lo políticamente correcto considerar que si Cataluña es un país, una sociedad con una historia y una lengua propias, y que “ha sufrido” una marginación política o económica por parte del centralismo madrileño, tiene todos los derechos a reclamar una independencia del estado.

Podemos discutir el futuro económico y las repercusiones sentimentales de tal independencia, pero no nos atreveremos a decir que no tengan razón para reivindicarla.

Me atrevo a incluir las proclamaciones independentistas catalanas dentro del espectro de lo políticamente correcto, como una de sus consecuencias degenerativas, al recordar lo ocurrido en otra parte del hemisferio terrestre: el silencio de Latinoamérica ante la encarcelación del opositor a Maduro, en Venezuela.

Del mismo modo que los no independentistas en Cataluña apenas se movilizan masivamente, el silencio vergonzoso de Latinoamérica ante el encarcelamiento de Leopoldo López obedece, en buena medida, a la vergüenza que se sentiría al proclamarse contra los valores de la revolución bolivariana que, se supone, aunque sean un par de países los que la encabezan abiertamente, identifica el sentir íntimo de todo latinoamericano.
Es decir, pedir la liberación de Leopoldo López equivaldría a  autoproclamarse antibolivariano, del mismo modo que los no independentistas catalanes si se levantaran decididamente contra los independentistas, podrían ser tachados de fascistas por el nacionalismo más orgásmico.
Lo que quiero apuntar es que, independientemente del conjunto de circunstancias políticas, el hecho de la asunción tácita de unos valores que identifican el tenor general del tiempo en que vivimos actúa como freno, como tabú a la hora de manifestarse verdaderamente con libertad. Lo dicho por Jung. 

 

4.11.15

LEYENDO “EL IMPERIO DE LOS SIGNOS”, DE BARTHES


 



 


Hoy, quizás más que nunca, la tarea de saber traducir al otro, es no sólo una obligación antropológica y requisito para el justo trato social, sino la cláusula básica para el entendimiento global en el marco de un universo de mixturas culturales y de convivencias raciales. Es más, debiera ser una tendencia de civilización, precisamente para que las "otras civilizaciones" puedan ubicarse en un marco general de representaciones que nos las hagan tratables e inteligibles. 

La operación de entendimiento cultural la llevó a cabo discretamente Barthes en este libro de un modo directo y ejemplar. Sin efusiones y con gozosa precisión.

Hace ya tiempo que me resistía a leer este libro. Recuerdo haberlo visto hace siglos en alguna librería, en una edición de siglo XXI inencontrable hoy. Creía que sería algo así como la excursión sofisticada de un lógico por un espacio exótico, y que el texto no podría evitar los exámenes antropológicos o étnicos consecuentes. Pero precisamente son estos los motivos que Barthes elude, diluyendo de esta manera la posibilidad de fomentar o crear, indirectamente, prejuicios o estancarse en los estereotipos.

Barthes se limita sencillamente a considerar Japón como un espacio concreto de relaciones muy precisas y sorprendentes, como un sistema de signos perfectamente delineado. El autor francés se comporta, sí,  lógicamente, pero su interés no radica en clasificar exotismos, sino en examinar las singularidades de ese sistema con respecto a la mecánica de los nuestros.

El discurso occidental se caracteriza por una pretensión analítica totalizante. Esto es lo que Barthes evita en su cuidadosa investigación. Precisamente la peculiaridad conformativa de la cultura japonesa – desde los insólitos lugares del sujeto y del verbo en la distribución gramatical, hasta la función del párpado rasgado – convencen a Barthes de emprender el aproximamiento a un modelo cultural distinto sin la mera intención de solaparlo con otro. Sin prolijidad y con transparencia, Barthes nos describe cómo funciona ese delicado y curioso mecanismo que se llama Japón.

Lo que le impacta es la multipresencia del signo, es decir, su belleza formal. Al ser ininteligibles, los ideogramas japoneses se convierten en formas misteriosas, llenas de belleza y encanto. Casi no podría ser de otro modo: al no entender íntegramente el alfabeto de una lengua, las grafías que lo constituyen se convierten para mí en trazos puros, en pinceladas sugerentes que, gozosamente, eludo traducir. Lo único que veo son dibujos que danzan, formas dinámicas de una música extraña.

Lo que sorprende a Barthes es constatar cómo un grupo de individuos pueden edificar una cultura y una sociedad sobre la simple firmeza  de unos códigos cuyo funcionamiento no activan esencialidades metafísicas sino distribuciones de un orden formal.

Supongo que aquí el debate está en que lo que para nosotros es forma para el oriental es su razón; y a la inversa, lo que para nosotros razón, para ellos impacto formal (recordemos la bizarra visceralidad que supone para los japoneses el flamenco o el visionamiento de una corrida o una procesión de Semana Santa).

Leyendo las observaciones de Barthes, uno recuerda las experiencias de los escritores en sus viajes por oriente. De lo que primero se libera uno cuando viaja es de la pesantez de los códigos propios. Un país, una cultura nueva significa fluir por un espacio repleto de signos y formas que disfrutamos. No nos presiona ningún código: nos relaja el despliegue de coordenadas nuevas.

Un Octavio Paz se deja arrastrar por la profusión caótica de la India porque se convierte en el espacio ideal para realizar poéticamente aquella consigna de Rimbaud “el desarreglo de todos los sentidos”. El caos indio es propicio para la espectacularidad surrealista, y en ese estado de gracia lúcida, el autor mexicano escribe El mono gramático. Barthes, más tranquilo, más apolíneo, en principio, que dionisíaco, se siente a gusto con el delicado y preciso marco que la sociedad y la cultura japonesa suponen. En vez de la profusión barroca, lo japonés suscita la pureza de la línea, un mundo escueto y pulcro, exento de borrones y enloquecimientos. Es en esta tranquila delineación espacial donde Barthes ve una ejemplar operación de limpieza de sentido, de lúcido relax mental. A Barthes le basta, hablando según la retórica semiótica, con la autonomía del significante: es el significado con sus jerarquías de sentido lo que le pesa.  En Japón descubre un hábitat en el que ubicar su sueño de un lugar en el que impere la forma pura, sin asedios metafísicos.
Para Barthes este sería el modelo cultural, el edén en que vivir: un mundo rodeado de belleza que no me obligara a descifrarla.

 

28.10.15

ESCUCHANDO LOS ESTUDIOS PARA PIANO MECÁNICO DE CONLON NANCARROW






Festejo del intelecto. Maravilla de que el pensamiento humano produzca tales obras, tal cantidad prodigiosa de notas arremolinándose, sucediéndose, desparramándose, astillándose y multiplicándose por el espacio. Qué labor faraónica la de transcribir los ejércitos de notas a un rollo perforado después de haber compuesto cada una de las piezas.  

Lo característicamente sorpresivo de la escritura musical es que cada nota haya sido pensada. Aplicado aquí es como si se le hubiera puesto un nombre diferente a cada grano de arena del universo. El meticuloso registro de cada nota ¿se ha producido de golpe, o paso a paso? De qué forma surge una maravilla musical como los estudios de Nancarrow, qué eléctrica sensibilidad los ha generado, qué sobreimaginación los ha propiciado? ¿Quería Nancarrow emular a la máquina, superarla gracias a la utilización de otra máquina, demostrar que las posibilidades imaginativas del cerebro van más allá de lo que dos y cuatro manos pueden interpretar en un teclado?

Partió de varios modelos: el jazz, el barroco, el vanguardismo, incluso el flamenco son sumas de velocidades, de intensidades, metas estéticas, estilos de los que tomó lo que necesitaba para trascenderlos en una labor alquímica que sólo el vértigo de la máquina podía reproducir.

A veces, cuando la imaginación creadora, cuando el intelecto se propone lo imposible, lo consigue y es ahí donde el ser humano se erige soberano, legítimo fundador de un mundo. La extraordinaria obra de Nancarrow festeja eso mismo: la conquista del infinito, la convergencia jubilosa de juego y creación en una explosión de fugas y cromatismos.    

 

 

23.10.15

Paul Celan. AFORISMOS Y TEXTOS EN PROSA. MICROLITOS


 
 
 

 

Hace algunas décadas, creía que una poesía que no renunciase a la secreta aristocracia del decir hermetizante y que desde tal registro se atreviera a nombrar el temblor de lo real, tendría que apoyarse en una poética semejante a la que un Paul Celan había alumbrado - sin olvidar el apretado y esplendente repertorio que tenía a René Char como padre -. Para confesarse ingenuamente seguidor de la poesía de Celan bastaría con ceñirse a un limitado registro simbólico y creer que esa mística práctica acendraría el producto lírico, desdeñando actualizaciones poéticas menos uniformes.

Evidentemente, es la historia, sucediéndose,  la que distribuye tonos y destinos, y los seguidores de una poética no ensayan sino variaciones de la palabra primera que fundó tal poética. Lo irreductible en un poeta es lo que le hace ser él mismo. En casos extraordinarios, tal propiedad se encarna en un fulgor doloroso …..

Una de las cosas que definían la “pureza” de Celan, era su distanciamiento de la prosa. Imaginábamos al poeta arrebatado por un decir, único en la poesía europea de las últimas décadas. Celan es sus poemas. Por ello, hasta hace bien poco, creíamos que, salvo escasas colaboraciones en prensa, sobre todo entrevistas,  únicamente era autor de un breve texto explicatorio de su poética. Este volumen de la editorial Trota, felizmente, nos muestra a un Celan menos púdico y más productivo, al Celan teórico y aforístico.

En sus notas, Celan se muestra tan esencial como en sus poemas. No hay especulación prescindible, la más escueta anotación posee importancia alusiva. Podríamos decir que estos textos son su poética, confirmando esa correspondencia con sus poemas, y teniéndose en cuenta que más que deseos de formular una poética integralmente, Celan expone, ocasionalmente, algunos de sus aspectos centrales. El tono tenso y oracular no son preferencias  sino consecuencia de una asunción compleja. Para Celan la cuestión de la oscuridad en poesía no se reduce a determinaciones estilísticas, se trata de algo natural, originario, inevitable. El poema viene preñado ya de una oscuridad que le es innata “ como resultado de una individuación radical”. Frente a nosotros y frente al mundo, el poema es universo en formación, mensaje ultimado, fragmento de lenguaje que va a decirnos qué se emprende en él.

Celan se rebela contra las reducciones comunes – ideológicas, literarias – que pretenden comprender la naturaleza del poema. El poema ni es un sistema de signos, ni un texto computable, ni un conjunto de imágenes. El poema trasciende toda componenda teórica para introducir “lo otro”.  

El poema es “la voz del hombre, recuperada”. En esa acción del verbo- recuperada – reside la aspiración profunda, toda la originariedad de la poesía de Celan. El poeta es quien dice las cosas por primera vez y en esa primera vez están incluidas todas las aventuras de la palabra.

Leer desde este lado a Celan no nos devuelve sino al punto central en donde recibir el enunciado poético en su mayor altura – la suya, la que le corresponde – para darnos cuenta, de nuevo, con qué extraordinaria intensidad y belleza despliega la poesía los lindes de sus territorios y cuánto exige sobre los que decide descender.  

 
Difícilmente podrá haber una edición tan exhaustiva como la presente sobre la obra en prosa del poeta Celan, ya que aquí se encuentra la totalidad de lo que anotó, reseñó, ensayó o escribió en ese formato. El trabajo de los editores, comentadores y traductor, es considerable. La única pega es que, precisamente, ese rigor haga que la cantidad de notas aclaratorias interrumpa un tanto la lectura.

 


 

 

 

 

22.10.15

MINI ÁLBUM FAMILIAR DE FOTOS SIN IDENTIFICAR

l
LA BELLA DESCONOCIDA
 
 


Finales de los años veinte, principios de los treinta. Me fascina esta imagen. Imagino tras la puerta que se ve al final de las escaleras, un corredor oscuro con el mobiliario aterciopelado. ¿Qué es el edificio: una iglesia, un teatro, un cine? 







Contraste: el restaurante es lo quieto; las vías, lo que se va. 





No mirar nada en particular.






El poeta trabaja.

 


Invocación del aura.

 

19.10.15

OBSERVATORIO. Cinco puntos.


 

 
 
 
 

A los del pensamiento animalista se les nota lo animales que son cuando, transidos de dolor y espanto ante un lomo con banderillas, se muestran indiferentes ante la posibilidad de que el torero muera en la plaza.

 

 

La muerte es demasiado terrible para ser pensada. Pero ello mismo, el que la muerte sea impensable, nos libra de la tortura interminable de asumirla exhaustivamente, aunque no atenúe en nada, evidentemente, el dolor de la pérdida .

 

 

Para constatar la decadencia europea sólo hay que echar un vistazo a esa cosa cursi y pegajosa,  homogénea y repetitiva, que ya no ofrece acontecimiento estético, como sí ocurría en el pasado, que es el festival de eurovisión. Con la cantidad de folklore diverso, de fascinantes músicas que se dan en países como Armenia, Irlanda, Bulgaria, Hungría o Rumanía, por ejemplo,  y asistimos a un desfile de acarameladas baladas pop de corte británico, que parecen hechas por una misma máquina de elaborar canciones. Con Eurovisión, Europa traiciona absurdamente su propia riqueza musical. Dicho lo dicho, resulta significativo que se haya convertido en un festival de seguimiento gay.

 

Pensar es sentir, decían audazmente los sensualistas franceses del XVIII. Curiosamente, lo opuesto, sentir es pensar, no parece tan claro ni tan incisivo, aunque el sentir lleve incorporadas imágenes y representaciones diversas del mundo y de las cosas.

 

La veracidad de los conceptos no exime de una bulimia de las palabras.




12.10.15

EL SUEÑO LÓGICO


En un estado de semivigilia, tras la toma de un relajante, me asalta la ebriedad y me pongo a escribir. Al día siguiente, de lo que me acuerdo es de las sensaciones que tuve al escribir, más que de lo escrito. Como suele ocurrir con los sueños, es más intenso y valioso el recuerdo del estado de ebriedad que lo producido por tal estado. De todos modos, para no perder lo escrito, lo transcribo aquí. Algunas líneas me han resultado ininteligibles - no he entendido mi letra -  y en otros puntos he podado las deshilachadas frases finales de alguno de los párrafos.  

 
 
 
Con respecto a la lógica que relaciona hechos, qué clara es la noche.

Lo admirable es que los hechos constituyan una lógica.

Durante la noche, el día es el conjunto de acontecimientos, el acontecimiento, por antonomasia.  La vida aconteció. Y percibimos el hecho normativo: la sucesión de hechos, vislumbrando su significado final. Percibes el sentido de la lógica de los hechos. También es verdad que porque han sucedido, tienen sentido. La interrelación de los sucesos no es absolutamente manifiesta, hay que saber buscarla, definirla. El que a los veinte años uno no ejecutara determinada cosa esencial para la vida, a los 50 surge sobre la superficie esa ausencia con una transparencia meridiana. En el centro de la noche de mi visión, se ubica la operación de esa frustración.

Lo que ocurre me dona un significado, me presta una relación. El suelo del acontecer está sembrado de significados. No es que mi vida dependa de ellos, pero podría saber porqué estoy donde estoy si revisara sus certidumbres.

Si leo el mundo, es porque, finalmente, concibo lo que me ocurre como una metáfora. Todo es término de otra cosa – ése es el enunciado formal semiótico-. No sé lo que todo ello me deparará, pero ocurre y si describo una senda en la vida es porque he logrado trenzar alguno de tales significados.

Todo tiene un significado, un destino en el significado, lo aceptemos o no. El significado se dispersará en la bruma del tiempo, pero yo logré percibirlo y escribirlo.

El sentido existe en tanto que gracias a mi observación lo percibo y lo doy a la luz. Pero no podría no darlo a la luz. Mi descripción articula las partes incandescentes del sentido.

Qué tiempo hace el mundo, qué mundo se da en el mundo.

Puedo olvidarme de ello, de desenhebrar la estrella semántica, pero en el decirnos algo me describo y defino, ineludiblemente.

  

 


1.10.15

Gustave Flaubert. CUADERNOS

 
 
 
 
 

Ya hace tiempo que publicar los diarios íntimos o los borradores de las obras de los grandes creadores ha dejado de ser considerado como algo secundario o trivial, para convertirse en material de investigación biográfica y literaria de primera mano.

Todo lo que los escritores escribieron sin intención de publicar, se convierte en testigo secreto de evoluciones estilísticas y de los vaivenes contextuales.  

El conjunto de notas de un escritor importante es hoy, y no, exclusivamente por los devenires editoriales, casi una obra más del autor en cuestión. Podríamos hablar de una literatura de la metaliteratura, del apunte, del fragmento, del apéndice sustancioso, de la nota.

Independientemente del interés filológico o lingüístico, es el deseo de escudriñar las tramas de la imaginación universal lo que hace que nos adentremos en el orbe de los “pre- textos” creados por los propios literatos en torno a sus obras.

Es precisamente el carácter inmediatamente personal de publicaciones de este tipo lo que azuza el interés tanto del lector que conoce la obra del escritor como del crítico que desea renovar o fundamentar la imagen de su escritor preferido.    

 
Estos Cuadernos de Flaubert, estupendamente editados por Eduardo Berti en la amable colección Páginas de Espuma, se componen de  una variopinta y heterodoxa colección de textos, citas, aforismos, diarios y proyectos de novelas y suponen la totalidad de los borradores  del escritor normando.  Se trata de un material, cuantitativamente importante e inédito en España.  

 
Leyendo estos cuadernos nos encontramos no con simples u ociosas notas tomadas al margen, sino, en suma, con un notable legado textual,  atractivo tanto para el estudioso  de literatura en general, como para los amantes de Flaubert, en singular.

Nos descubren los itinerarios de las lecturas flaubertianas, los intereses literarios y críticos del autor, sus copiosos escudriñamientos a través de disciplinas varias, como la filosofía o la historia, siempre en búsqueda de lo chocante y lo  paradójico, de lo representativo y lo pintorescamente notorio. El conjunto de sus notas y aforismos trazan  un sofisticado horizonte de curiosas correspondencias, muestran un talante escrutador  que merodea en torno a unas singularidades sociales y estéticas que sólo un ojo crítico con la época en que vive sabría deslindar de la sucesión histórica.  
 
 
 
 
 
 
 
Los cuadernos nos revelan a un Flaubert como ávido lector de obras políticas, literarias, históricas, filosóficas, religiosas y esotéricas. Esta suerte de enciclopedismo soterrado, esta profusión de fuentes anotadas se explican por una razón fundamental que el propio Flaubert especifica en una de sus notas. Antiguamente, soñar implicaba fundar naciones e imperios, descubrir nuevas tierras, expandirse. Ahora, el sueño, tras el ocaso de las grandes civilizaciones y el fulgor de tantas batallas, se retira a la interioridad del recuento pululante de lo existente y a la fascinación por lo acontecido. El movimiento del hombre ha cambiado de signo y dirección: antes se abría al exterior e invadía el espacio, ahora, se repliega sobre sí, seducido por la aventura cognoscitiva. La heroicidad secreta burguesa es la de atravesar con la lectura los volúmenes infinitos de las bibliotecas que ha acuñado el paso de los siglos.
La historia, contemplada como una línea interminable,  acumula tal cantidad de acontecimientos y épocas, el saber suma tantas ramas y disciplinas, que el sueño del hombre decimonónico consistirá en recorrer, desde su gabinete de estudio, ese laberinto de mundos, intentando descifrar su clave. La imagen inercial de la historia como acumulación mastodóntica que es propia del siglo XIX se convierte para el investigador de esa época en cómodo volumen de datos sobre el que recostarse para fantasear sobre lo infinito de lo acontecido.  El sueño del conocimiento es adueñarse de la historia, de su riqueza y vericuetos, pero, independientemente de esta aspiración monástica que obliga al intelectual burgués al retiro sibarítico de la compilación, el caudal real de la historia ha desembocado en el seno de la descastada sociedad burguesa y Flaubert piensa que la cultura del futuro inmediato consistirá en una mixtura ineludible, en una fusión entre Oriente y Occidente, en una barbarización del civilizado y a una civilización del bárbaro.

Qué vanguardista suena esta observación flaubertiana: no hay más que echar un vistazo a las sociedad europea, a las derivas del arte contemporáneo, para comprobar su cumplimiento.

No es de extrañar que ante tales  expectativas, ubicado lo épico en épocas remotas, la mente flaubertiana produjera obras imaginativas tan sintomáticas  como Salambó – el vértigo por el detalle pululante que provocaba la fascinación decimonónica por Oriente - Las tentaciones de San Antonio,-  desfile fantástico de hibridaciones entre el cristianismo y las civilizaciones de la antigüedad -  y  Bouvard y Pecuchet, - la pareja de pintorescos archiveros que desde provincias pretenden consignar plácidamente todas las disciplinas del saber universal. 

Describimos escuelas y movimientos literarios para “apresar” las obras literarias  y también para controlar la aparición, la dinámica  de todo ente artístico. Antes de conocer a Flaubert lo encasillaba en el movimiento realista o naturalista, tendencias literarias que no me producían demasiado entusiasmo. El volumen de notas aquí reunidas, confirma el carácter de un escritor sorpresivo que se sumerge en la historia para consignar los devenires del presente. La originalidad con que se interna en el follaje de los textos que son esa historia, hace que sea literariamente uno de los escritores modernos más vibratoriamente cercanos.   
 
 
 
  

24.9.15

ESCUCHANDO “TERCER AÑO DE PEREGRINAJE” DE FRANZ LISZT


 

 
 
La obra Tercer Año de Peregrinaje de Franz Liszt la constituyen 7 de las más graves y densas piezas para piano del repertorio del músico húngaro. He utilizado para este “visionamiento” la versión impecable de Zoltan Kocsis en la firma Philips.

 

Ángelus. Lo que recuerdo de esta pieza es cómo empieza y cómo acaba. Es lo que resulta más embriagador y específico. El piano imita el sonido de una campana lejana llamando a rezar el Ángelus. Esa llamada es fascinadora, no sabría bien decir por qué. Me aniquila dulcemente, me hundo en el sillón y visiono la torre de una iglesia en un tranquilo pueblecito de mediados del XIX. Con respecto a esa campana simbólica, aludida, metafórica, casi podríamos hablar de música concreta: el resto de la pieza es una narración romántica, pero las campanas suenan de pronto, de verdad, ahí, a través del brumoso velo del tiempo, concretas y eternales.

 

A los cipreses de la villa D´Este.
Para esta interpretación romántica de un entorno barroco, Liszt tuvo que elegir a los habitantes más graves de estos deliciosos jardines, ubicados en Tivoli: los cipreses.   
Solemnemente avanzamos por un largo camino flanqueado de altos y sombríos cipreses. Sus sombras acarician, ahogan el corazón. Hay un momento de leve ascensión, de victoria. Respiramos, felizmente, un poco, tras la opresión. En ese camino los cipreses escoltan el alma hacia el otro mundo, aunque quizá, cualquier otro mundo sean ya esos jardines que Liszt nos hace recorrer en un crepúsculo ondulante y asfixiante.

 

Juegos de agua de la villa de D´Este. El piano imita los saltos, burbujeos y reflejos del agua brotando de las fuentes de la villa. Imagino las extensiones sombrías de la villa y yo, retirado allí, por toda la eternidad. El esfuerzo de Liszt por reproducir las formas y sonidos del agua suenan a una especie de impresionismo grosero, arcaico en comparación con Debussy y compañía. La melancolía persiste, a pesar de los tirabuzones musicales.

 
 
 
 
 
 

Sunt lacrymae rerum.  Virtuosismos del abismo. Desolaciones y reacciones algo salvajes. A veces llega  recordar a Hindemith.

 


Marcha fúnebre. En memoria de Maximiliano I. Sombras de la noche. Destellos oscuros. Bajando por cavernas hacia la condenación y la desolación. Habría que señalar una cosa, aplicable a muchas obras universales de la música clásica: las notas sombríamente furiosas ¿son una protesta por la muerte del soberano o la mera descripción de su final? Pero, precisamente al final la música experimenta un cambio de signo, una ascensión luminosa abriéndose paso entre las sombras que hace pensar en la posibilidad de una victoria ultima sobre la muerte.

 

Sursum corda.    El piano atrona. Torbellinos se abren delante nuestro. De la lucha contra las sombras saldremos finalmente, -  tras muchos finales - , vencedores.    
 
 

22.9.15

LA LECTURA COMO PLEGARIA


 
 
 

Como en tantas otras ocasiones me ha ocurrido, este libro estaba esperando a un lector y ese lector era yo. Simplemente, entré en la Casa del Libro de Alicante, me acerqué a uno de los estantes, alargué la mano y lo saqué de su nicho de madera. Ni conocía al autor ni a la editorial, pero sospechaba que había acertado en su elección, como, en efecto, confirmé después, apenas me puse a leer.

 
Si los conceptos nos ayudan a entender la realidad y no al contrario, confiemos, por un momento en ellos, o mejor dicho, confiemos en lo que el pensamiento pueda dirimir a través de su utilización menos retórica. A menudo olvidamos qué es la doxa y quiénes la componen.  Digo todo esto a propósito de aquello de que pensar lo hacemos todos pero pensar bien, es decir, de modo profesional sólo lo  hacen los que estudian para ello: los filósofos. Este libro es un libro de aforismos filosóficos y su bello título, que va numerado, parece augurar próximas entregas que, esperemos, sean tan apetecibles como esta.

Quien haya acaudalado muchas lecturas en su vida, con toda seguridad habrá alimentado un notable criterio sobre las cosas. No obstante, el pensar filosófico es, además de lectura, reflexión sobre otras lecturas, es decir, sobre las  interpretaciones que los pensadores, a través de la historia o de la sociedad en devenir, van haciendo de conceptos clave como puedan serlo: el perdón, la moral, el amor, la muerte, etcétera.

Todos estos conceptos, todos estos temas surcan el libro de Joan Carles Mélich.
Sus aforismos son precisos, exentos de preciosismos divagatorios, directos, manifestando así el grado de madurez que ha alcanzado su escritura filosófica, y en casi todos ellos, nos encontramos con la tranquila sorpresa: la sorpresa que supone el que una segunda mirada defina, ponga palabras reveladoras a eso que confusamente vislumbrábamos o que teníamos delante de nuestras narices y no se nos había ocurrido pensarlo dos veces.

A veces el aforismo se torna hallazgo precioso: acariciar no es poseer, sino ir en busca de lo desconocido; otras, juego de paradojas necesarias : no hay sentido sin posibilidad de sinsentido; Sin olvido no hay memoria.

Mélich opone ética a moral. Mientras aquella improvisa y se acerca más al desenvolvimiento sorpresivo de la vida, esta se convierte en un asunto normativo, en conjunto de reglas, en algo estático.

Del mismo “dinámico modo”, cree que una filosofía menos pendiente de las prescripciones de la razón que de la relación narrativa de los hechos, estará más cerca de la verdad de esos hechos, convirtiéndose toda metafísica en un absoluto ajeno a las vulnerabilidades de la vida. En este punto, discretamente discrepo: la metafísica también podría convertirse en una narrativa si nos atreviéramos a leerla-interpretarla menos académicamente y más literariamente. Adjunto sucintamente el dato de que me parece una superstición rechazar la literatura como un modo específico de filosofar falso: todos sabemos que las grandes obras literarias se han convertido en objetos selectos del pensamiento crítico.   

Mélich dice algo interesante: si la lectura consistiese en un mero descodificar, en el momento que lleváramos a cabo tal descodificación, el texto analizado dejaría de tener interés, y la cultura se convertiría en un objeto inercial pendiente de esa operación más o menos mecánica. De ahí que la literatura, tras los mil y un análisis y estudios, resulte un misterio, pues su descodificación es imposible o infinita e interminable.    

    
 No creo que el aforismo fragmente el pensamiento, ni que se reduzca a un mero ejercicio virtuoso de lingüisticidad; como tampoco que suponga la imposibilidad de estructuraciones mayores del sentido a través de la formulación teórica. Si el pensamiento adopta formas,  es porque la realidad, la vida ya lo ha hecho, por lo tanto son estas las que determinan estilos y tempos en la escritura, no al revés, aunque, quizás sea artificioso o difícil saber cuál de ambas cosas se produjo antes. El aforismo detecta una relación de cosas, y de ese modo fulminante lo expresa. Esa es su función y en ello radica su característica y atractivo.

 
No sé si la era del pensamiento débil ya pasó, o está pasando o si fue un invento chocante de la crítica de los ochenta Pero creo que todavía es posible que el pensar estrictamente filosófico ilumine caminos y nos sorprenda.

 Este libro de Joan Carles  Mélich es una obra accesible y seria, no le sobra ni le falta nada.  Y lo que se dice en ella, materia de interés para todos. Lo aforístico no dispersa el pensamiento: al final, el aforismo también crea una continuidad y una inteligibilidad luminosa.

Lo dicho: esperamos con impaciencia la próxima entrega.