29.2.16

FERIA DEL LIBRO DE OCASIÓN. MURCIA 2016


 




Tras tantos años rastreando librerías y ferias de ocasión, y, además ahora, con la extraordinaria ayuda auxiliar de internet, cree uno que pocas sorpresas quedan por ahí esperando ser descubiertas. Pero no, el universo de las editoriales antiguas, pequeñas o ya inexistentes, el universo de los libros publicados es tan pululante y de límites tan extensibles que esa sorpresa todavía es posible.
Mi somera investigación este sábado pasado de los expositores que participan en la feria del libro de ocasión de Murcia, obtuvo rápida recompensa,  - tres bocatto di Cardinale - quizá porque todavía no habían acabado de instalar los puestos y las ventas apenas se habían iniciado.
 
 
 
 
Crítica de la inteligencia alemana. Hugo Ball

Ahora estamos descubriendo la obra crítica y literaria de Hugo Ball. Son varias las editoriales – Berenice, Acantilado, Cabaret Voltaire -  que están publicando la novelas, panfletos y obras históricas de quien apenas sabíamos que era el fundador del cabaret Voltaire (los de la editorial rinden un homenaje a su motivo inspirador) y el primero de los dadaístas. Con estas obras se nos está revelando la personalidad sorpresiva de este anarquista, místico, poeta, dramaturgo, pianista y católico que inicia su crítica al pensamiento moderno alemán diciendo que “Kant elevó el látigo prusiano al rango de metafísica”. Hará unos dos o tres años veía en el FNAC de Murcia la edición de una obra que desconocía totalmente: Crítica de la inteligencia alemana. Creía que se trataba de una primicia editorial, pero antes de ayer encontré este ejemplar de la misma obra, publicado por EDHASA en 1971.

 
 
 
 
 
 
Ramón Pérez de Ayala. PEQUEÑOS ENSAYOS.

Qué poquísimas veces falla la intuición. De Ayala no había leído nada. Lo único que sabía es que era un raro entre los escritores de su época, cosmopolita e intelectual, de prosa exquisita y agudo articulista. Apenas encontrarme con esta apretada selección de 100 artículos me confié a algo más que a la mera curiosidad. Aliadófilos y germanófilos, toreros, gitanos, Londres, Azorín, heterodoxos varios, la revolución rusa, cuestiones retóricas, iberismos o reflexiones sobre la traducción son algunos de los motivos que con fineza y mordacidad trata Ayala en sus artículos convertidos en fugaces ensayos. El libro es de 1963.

 

 





ASKLEPIOS. Miguel Espinosa.  

Se trata de una lectura que tenía pendiente y que, pensando el tiempo ya transcurrido desde mi autopromesa, me avergüenza confesar. Miguel Espinosa es una de esas rarezas que confirman la secreta riqueza que en la literatura  de producción cercana en el tiempo y, sobre todo, en el espacio, nos aguarda. Asklepios es, como ya me dijera un amigo hace décadas, “una delicia”. Una delicia órfica y clásica, que sólo se produce cuando entre el imaginar, el pensar y el sentir se produce una luminosa convergencia. Apenas llevo 100 páginas de lectura y lo he subrayado todo. La edición, bien conocida por los paisanos murcianos, es la de la Editora Regional de 1986.   

23.2.16

UMBERTO ECO Y LAS SEMIÓTICAS DEL FUTURO



 


Umberto Eco alcanzó con creces esa tentación que todo semiólogo o filólogo “sufre” en secreto: saltar de la palabra racional e inexpresiva del crítico a la conquista de la palabra polisémica del literato.
Roland Barthes pensaba en escribir una obra de teatro, pero falleció antes de materializar tal proyecto, atropellado por aquella absurda camioneta. Un filósofo como Guilles Deleuze admiraba en Eco, precisamente, el que fuera capaz de escribir tanto novelas como obras de semiótica, que gestionara ambos tipos de registros textuales.
Personalmente, salvo El péndulo de Foucault, no leí sus otras novelas. Para mí Umberto Eco era sobre todo un semiótico, y era ese tipo de obra lo que me interesaba de su producción, quizá, precisamente porque me acostumbré a las ilustradas y ordenadas exposiciones de su discurso y me daba pereza adaptarme a otro de tipo de escritura bien distinto. Pero ha sido así como la lectura de la obra crítica y semiótica de Eco me ha ofrecido- y lo sigue haciendo, por supuesto- estupendos ratos de placer intelectual.
Creía que conseguiría el premio nobel. Lamentablemente no ha sido así. Pero las semióticas del futuro, si es que el pensamiento y la investigación filosófica no pierden el entusiasmo y se hacen el hara-quiri ante los analfabetismos del porvenir, deberán contar con los presupuestos  dilucidados en su obra, bien como puntos de partida de otras investigaciones o bien como elementos pendientes de  una crítica o de la  brillante y postrera confirmación. Umberto Eco es un notable ejemplo de ese lujo que define lo mejor, lo verdaderamente europeo: el ejercicio crítico y  la soberanía intelectual.  



Breve Florilegio Umbertoquiano

 






La semiótica estudia todos los procesos culturales como procesos de comunicación; tiende a demostrar que bajo los procesos culturales hay unos sistemas; la dialéctica entre sistema y proceso nos lleva a afirmar la dialéctica entre código y mensaje.

 

Cualquier aspecto de la cultura se convierte en una unidad semántica.

 



 

Si nuestro tiempo descubre que todos los discursos, filosóficos y científicos, pueden leerse como narración, quizás se deba a que, más que en otras épocas, la ciencia y la filosofía, se quieren presentar como grandes novelas.

 

Las ideas también son signos.

 

Desde el momento en que existe sociedad, cualquier función se convierte en signo de tal función.

 

Sin lengua no habría ideas, sino puro flujo de experiencia no experimentada y no pensada.



 
 


Hay poesía sólo en la representación de las pasiones de la carne y del corzón, y no puede haber poesía de la pura inteligencia, porque en ese caso acaba en música.

 

En el primer libro de  El capital,  Marx no solamente demuestra que en un sistema general de mercancías cada una de ellas puede convertirse en el significante que remite a otra, sino que además añade que esta relación de significación mutua es posible porque el sistema de mercancías se estructura por medio de un juego de oposiciones similar al que los estudiosos de lingüística han elaborado para establecer la estructura del sistema fonológico, por ejemplo.

 

Es curioso comprobar cómo la época barroca ha sido la más fértil en la producción, mejor dicho, en la invención ex novo de objetos totémicos, me refiero a los blasones, las empresas y los emblemas, (en comparación con el medievo).

 

 

Nuestra noción de lo simbólico se radicaliza únicamente en un universo laico donde el símbolo ya no debe revelar y esconder lo absoluto de las religiones sino lo absoluto de la poesía.

 

Ya no existe el modo simbólico como suprema estrategia del lenguaje, hablamos siempre indirectamente y de pasada, siempre por símbolos, porque estamos enfermos de lenguaje. Qué pena un mundo tan condenadamente órfico donde no hay sitio para el lenguaje del portero. Allí donde no puede hablar el portero, también el poeta calla.

 

  Se escribe sólo para un Lector. Los que dicen que escriben sólo para sí mismos no es que mientan. Es que son espantosamente ateos. Incluso desde un punto de vista rigurosamente laico. Infelices y desesperados los que no saben dirigirse a un Lector futuro. .  

 


 

18.2.16

MOSAICO ESPÍRITA


 
Una sílfide fotografiada






El paraíso según los años cincuenta.






 

 
Arena, polvo, rocas, ¿la tierra ancestral? Casi: imágenes de la luna.








La sonrisa de la chica me desconcierta. No me deja pensar la antigüedad de este daguerrotipo.








Al parecer, la única fotografía, de autenticidad certificada, de Isidore Ducasse, el conde de Lautremont.






El futuro pasado.










La sugerencia elocuente.










Dos miembros de la secta más óptima imaginable, la de los artistas: Gustave Klimt y su musa.









Miembros en trace de otra secta, esta más chocante o prescindible: los adoradores de Pan.












Juerga bohemia: entre los interfectos, Santiago Rusiñol.










El retiro ideal: Monet en su casa convertida en un jardín lleno de flores y pájaros.
 

15.2.16

ENTREVISTAS LITERARIAS. Jordi Doce







Es loable que siempre que ha podido, Jordi Doce haya orientado las preguntas a sus entrevistados hacia  la poesía. En algunos casos – Heaney, Caballero Bonald, Burnside, Jacottet  – resultaba ineludible por tratase de poetas, pero en otros, Auster, por ejemplo, el atrevimiento respondía a la sana curiosidad.

Y esa curiosidad debiera prolongarse y seguir atreviéndose a preguntar, porque necesitamos que los intelectuales, que los escritores, que los mismos poetas, se visibilicen en más medios o en otros alternativos, que se manifiesten, que respondan a preguntas pertinentes y no gratuitamente insidiosas en estos momentos a veces, un tanto límbicos.

Necesitamos de este tipo de entrevistas, más específicas, más técnicas, si se quiere, menos estereotipadas, para echar un vistazo al funcionamiento de la creación y de las mentes, a la marcha de la cultura teniendo delante a ese gigante omnipresente e impalpable que es internet. A este respecto, la entrevista más significativa es la realizada a Umberto Eco.

Las entrevistas también nos dan una imagen, quizá sucinta o instantánea, del entrevistado, del lugar que ocupa con su obra. De este modo creemos observar la humildad de Jacottet o la buena salud creativa de Bonald, por ejemplo. En otros momentos, de las entrevistas se derivan observaciones que van conformándose como sintomáticas: para los poetas, huida, o bien, horror, directamente, ante las vacías verbosidades de otros tiempos, lo que lleva tácitamente adosado un consejo de sensatez, y la ineludible vinculación al pueblo, ciudad o país natal como fuentes veraces de inspiración y realidad poética.  

Además de los autores citados, los otros entrevistado son Ces Nooteboom, y Adam Zagajewsky. Las entrevistas han sido exquisitamente editadas por Confluencias 



 

9.2.16

ANTIGÜEDADES ROMANAS

 





Un cendal de grutescos y heráldicas

corona  los megalitos

que delinean al azar los restos del paraíso.

 

Hileras de monumentos serpentean

como ríos inmóviles hacia el ocaso.

El viento poliédrico

labra urnas en las encrucijadas,

mientras las copas de los arboles

sumen a los frontispicios

en la umbría del sueño secular

que confunde el origen

de manufacturas y mamposterías.
 






Cúpulas escalonan fulgores,

franjas de pisos vegetales.

Retornan  horizontes velados

como sinónimo de tiempos arrasados,

materia una con la bruma esta simiente

dispersa entre las lascas de los laberintos

y sobre la broza de los templos.

 

En la intermitencia de paramentos y atrios

crepitan las odiseas;

se levantan los teatros en las frondas de las rocas,

y turbiones de horas martillean minuciosamente

masas de piedra y metal.

 

Con lentitud vertiginosa la intemperie edifica pirámides.

 

Los siglos acuñan ruinas como testigos preciosos

de aquel fulgor que ocupara las hondonadas,

magnífico detritus, ahora,  esculpido en sedes aéreas

y sobre el que se insinúan alfabetos que retornan y han muerto.
 





Raíces de arboles y esferas armilares

evolucionan como producto inextricable

de una misma mano invisible

que ansiara trazar en un océano de cascotes

el paso de todas las épocas.

 

La tierra, convertida en abrupta memoria de gestas y nadires,

- pináculos y lápidas los arrebata tornadiza llama semejante –

reposa de sus inventos en los linderos

mientras  el sol naufraga plácido tras la montaña,

seguido por un cortejo de ruinas.

 

La belleza del caos

crea una nueva escritura:

las huellas trenzadas por las épocas en los edificios

que el hombre irguió para gloria de todos.

 

En los paneles del cielo

se dibujan estelas, mosaicos de alfabetos:

somos nosotros soñando civilizaciones.

 
 
 
 

Torrenteras, arcos y precipicios,  

escaleras que ascienden y descienden

y se ramifican en otras;

arquitrabes y pórticos acribillados,

prismas de granito y brechas de hiedra,

este dinamismo que integra rizomas y cúspides,

este hollar de paredes en el aire,

laminando moles de roca en hilas de papiro.

 

¿Son estos parajes, límites de nuestro lenguaje;

la mixtura que el apocalipsis revela

es la suma fatal y variopinta de todos los confines,

o una suerte de comienzo, un final primero?
 
 

Este bosque de ruinas es el rudo catálogo

de los mundos que fueron,

el signo de que los tiempos rotan

sobre un eje indescifrable.

 

Sin embargo, evolucionamos tranquilos 

al pie de las fachadas derruidas de los templos,

orbitamos los epítomes de piedra

murmurando de asombro alrededor del rayo

que asoló circos y mausoleos

dejando estructuras abigarradas, esquemas de palacios.
 

Con la mirada testificamos cataclismos, la ley misteriosa:

cumplidos los reinos y metamorfosis

todo regresa a su origen.

 
 
 



Artificio y naturaleza confunden así sus demiurgias,

se conjuntan en una única mole

arrojada a los tiempos como memoria del sueño

que abarcó tantas vidas laboriosas.

 

Nada han sido los imperios salvo para persistir

como mera impronta

que quisiera emerger como un aura.

 

Se trasfigura la almena en urdimbre de fulgores,

la arboleda en confín de edenes palatinos,

los frisos en rotación de leyendas.

 

Si la ruina es ilustrativa,

¿el cuarzo postergará su forma

para que la joya y los mecanismos sutiles

no pasen por la vejación de ser disueltos entre la broza?

 

No hay final ni principio de camino:

el trayecto es una fronda de vestigios

que la tarde ilumina

con llama dulce y muriente.

 

En las cumbres

los monumentos y las hojas

son el oratorio de los siglos.

 

Las épocas nos dan el fruto de todos sus apogeos

en este cruce de procesiones alucinadas:

multitudes de harmonías resquebrajadas,

O engastadas unas en otras.

 

Las horas pulen el monumento único de las memorias

mientras el fragor sordo de los pueblos

se sume en un solo eco al borde de la copa votiva.


 
 
 
 

Naturaleza y ornato emergen como creación indistinta

al pie de los frontis

de los que penden los siglos como racimos densos.

 

Salientes y estrías, torres,

bóvedas de ramas,

petrificadas rosas al cabo de los escudos,

sombra arpegiada de los relieves,

pedestales de cielos solitarios.

 

La multiplicidad muestra este sorpresivo inventario

de  sortilegios y residencias

emergiendo de la agonía lustrosa de los siglos

y que la piedra retrata

como gesto de una aurora remota.







4.2.16

RECORRER RUINAS. HENRY JAMES Y EMILIO CASTELAR EN ITALIA.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Finalmente, qué simbolismo se desprende de recorrer las ruinas de una civilización:  ¿el tiempo nos ofrece gratuitamente sus parques temáticos para que nos fascinemos con lo que no existe y nos sumamos en ese goce morboso, o para que extraigamos alguna reflexión ejemplar sobre el destino que a todo ente, a toda forma le espera? A pesar de la constatación de la fatalidad, del imperio supremo del tiempo sobre todo - “nadie puede contra el tiempo”, decía estremecida Leonora Carrington en una entrevista – la fascinación y el disfrute se imponen a cualquier ahogo dramático. Todo lo que una civilización ha creado, toda la riqueza que ha supuesto su extensión en las geografías, trasciende casi el hecho de su muerte. La ruina es signo de la grandeza que fue y motivo, por sí mismo, de la evocación de todo tiempo y de un pensamiento general sobre lo estético.

Las ruinas son como las teselas  del devastado mosaico original que han resistido el paso del tiempo. Pero esas teselas son tan impresionantes, tan henchidas de significación e historia que bastan por sí solas para estimular la imaginación del viajero/lector que pretenda recuperar o reescribir el mosaico primero, el texto originario. Basta con la presencia de las ruinas para que esa imaginación fascinada- doble escrutamiento – restaure el resto de las piezas.

En este caso tenemos dos viajeros muy dotados en ese verbo escrutador: Emilio CastelarHenry James. Del escritor norteamericano esperamos un balance generoso en detalles y percepciones; el político español nos deparará la imagen global y pletórica de un viaje iluminador.

Fascinante resulta imaginar esa masa de notas, de información sobre un mismo lugar pero urdida por dos mentes distintas, fluyendo por el espacio textual, convirtiéndose ella misma en  hito temporal de un sentir, de un interpretar.   

Todo  texto que relata un viaje se traduce en racimos de imágenes y adjetivos. Trazos anecdóticos, exposición de impresiones y excursiones más o menos súbitas a la memoria profunda, coronarían el grueso técnico de esa narración de fenómenos que definiríamos con el nombre de viaje. Lo que resulta aquí tan interesante es que a través del acendrado testimonio de dos autores se nos facilita una doble imagen de la Roma antigua, dos semblantes que retratan, claro está,  la idiosincrasia de sus redactores y que, si no paralelos, sí devienen fuentes complementarias de un mismo universo semántico.   

Recorrer ruinas es recorrer un laberinto de confines. La gracia reside en el distinto percance valorativo que protagoniza el ánimo y el interés de cada uno de nuestros “informantes” alrededor de esas ruinas.

El texto de Castelar ha sido un pequeño descubrimiento y como creación literaria,  una sorpresiva delicia para la lectura. Castelar aplica sus famosas dotes retóricas como orador en un equilibrado ejercicio escrito de reflexión y brillante explotación metafórica. La esplendidez de los restos romanos son un recordatorio histórico extraordinario y su conjunto, una incógnita estética. Podríamos decir que,  someramente, Roma y sus inmediaciones suponen una fuente de enjundiosas imágenes. Lo que hace Castelar es, a través de un dinámico estilo irrigado de recursos y potenciado por  un sopesamiento  crítico, realizar una contextualización de todo ese espectacular conjunto. Despliega emotivas descripciones echando mano de esa destreza poética, trazando redondos marcos de exquisita y precisa sugerencia. Pero no se trata de mero descriptivismo lo que Castelar persigue: tales imágenes – desde las ruinas romanas más colosales, pasando por los tesoros plásticos y arquitectónicos del Vaticano, Florencia, Pisa y Venecia – están insertas  en un espacio concreto cuya rica trama nuestro político escritor  refleja  ante el nuevo panorama político y humano que supone la modernidad y que protagonizan los movimientos sociales.

Castelar dosifica con eficacia su don de palabra para comunicarnos el cariz de la imagen que pretende referirnos e introducirnos en su ámbito: Roma es la ciudad de las tristezas eternas. Sus cipreses murmuran una elegía.  

Creo que si identificáramos el texto de Castelar con el orbe estético del movimiento simbolista o modernista, no resultaría nada extraño. Independientemente del precipitado metafórico que tan brillantemente distribuye, las evocaciones finales de Castelar se tiñen de cierto misticismo estético, no por asunciones retóricas, sino porque el gran arte, en un ámbito de revoluciones y cambios,  era la religión profana del momento. Sembrada de largos párrafos sin desperdicio, verdaderos poemas en prosa, creo si Recuerdos de Italia hubiera sido escrita en inglés o francés sería considerada una pequeña obra maestra.    

El texto de Henry James al estar más libre de tensión lírica, conecta con más facilidad con  el lector actual. El interés del escritor norteamericano   se suma a su extrañeza ante lo que visiona,  - un protestante visitando el paraíso católico de las formas - de tal modo que ambos lineamientos convergen en un solo vector que nos comunica con idéntica pasión tanto la belleza que reconoce como la singularidad del paisaje extranjero por el que evoluciona. Su informe, pues,  lo es de extrañezas y admiración estéticas.  

James aplica su lupa escrupulosa a todo conjunto y rincón, confesándonos su gusto alucinado por texturas de paredes, patios, umbrales, interiores oscuros, corrales o destartalados lugares abandonados.  Y aunque resulta más distante que Castelar, no se olvida de disfrutar: todo ese acopio de minucias junto a su referencias de los grandes objetivos turísticos, definen su indistinción contemplativa ante los itinerarios comunes y los decididamente  marginales o azarosos. Escoge la figura del paseante solitario, y emprende excursiones no programadas por callejuelas y plazas, iglesias y caminos, dejándose perder , de vez en cuando por el centro urbano y sus afueras.

La diferencia con Castelar estriba ahí: mientras el político español se dirige frontalmente a ciudades y monumentos, al legado histórico interrogándose por su razón de ser actual, Henry James es un flaneûr dotado de un poderoso y acendrado registro que, algo más despreocupadamente, se  abandona con fruición  por el laberinto urbano de la gran ciudad y por las brumosas lindes de la periferia a la búsqueda del detalle raro y ensoñador.

La oblicuidad con respecto a las evocaciones de Castelar se demuestra cuando James nos revela su interés por el proceso de la emergencia de la ruina al confesarnos que el más óptimo modo de saborear la esencia romana es retozar en torno a los cercos de los yacimientos arqueológicos. Efectivamente, lo yacimientos van sacando a la luz el entramado espectral de la Roma que dejó de existir, son el enigma del pasado para los receptores del presente que deberán dirimir qué estatus filosófico, histórico o estético encarnarán las futuras ruinas, pero sabemos que las ruinas son concepto moderno, motivo de embriaguez romántica, y que Roma es más que sus ruinas, cuita que embargaba a Castelar en su periplo italiano, quien, visionariamente, reclama una persistencia de la cultura más allá de su diseminación física: disco inmortal del espíritu humano, que brilla eternamente entre las ruinas y los dioses, entre los pueblos que mueren y los pueblos que empiezan, entre las creencias y los dogmas, como el sol perenne entre los coros de los mundos.