28.3.17

VERSOS HERNANDIANOS EN EL ASFALTO


Los surrealistas afirmaban que la poesía no se movía ni en bosques penumbrosos ni se disfrutaba en sentimentales evocaciones, sino que  estaba en la calle. Esa afirmación era también una consigna revolucionaria: que el arte triunfara sobre las miserias de la vida dependía de su traslado a la calle, o más exactamente, no es que la poesía invadiera el espacio urbano sino que había que transformar este en poesía para que las cosas comenzaran a cambiar de verdad.

De lo que no hay duda es que lo que todavía, hoy,  atraviesa a placer nuestras calles son las prisas neuróticas, las miradas salvajes y anónimas, como diría Unamuno, y la permanente e ineludible grisura del asfalto. Precisamente que sobre este, sobre el duro y polvoriento asfalto, se hayan impreso por las calles oriolanas, versos hernandianos, no funciona solo como recordatorio de en qué ciudad estamos, sino como estimulante relax de la imaginación y breve acicate de la esperanza a plena luz del día.

Para el caminante cabizbajo y solitario, para el convertido en autómata adornado con el imprescindible utillaje tecnológico de auriculares y demás, o para el adicto al irremediable móvil, encontrarse de pronto con un enunciado tan ajeno a toda alienación, sorprende y acaricia las rigideces urbanitas del intelecto.

Los versos de Miguel Hernández surcan los pasos de cebra de la ciudad como una onda reflexiva y fraterna, como un súbito mensaje de harmonía y grata intelección. El duro asfalto deja de serlo para convertirse en blando soporte de la palabra más universal: la de la poesía. Enhorabuena a los diseñadores del fenómeno.  
 
 
 


 

21.3.17

MIGUEL HERNÁNDEZ SEGÚN JOSÉ ÁNGEL VALENTE







De modo soberbio José Ángel Valente escribió en Las palabras de la tribu: “Hernández es, en efecto, ineludible. Tiene la persistencia de las víctimas”. Ahora bien, su juicio literario del poeta, expuesto en ese libro podría, a su vez, ser matizable.

Valente estima que la espléndida capacidad verbal de Hernández, paradójicamente, no deja asomar una auténtica voz original en el poeta oriolano sino hasta su última obra poética, Cancionero y Romancero de ausencias. No es que minusvalore  la obra de Hernández sino que hasta que el trance vital que queda retratado en el Romancero no se produce, Hernández todavía está demasiado vinculado a la tradición barroca, lo que impide la eclosión de  una expresión más intuitiva y menos formal.

Pero también es cierto que si lo que Valente busca en poesía es al sujeto netamente experiencial, ese sujeto no lo es menos en El rayo que no cesa que en el Romancero. Qué hacemos con el Miguel Hernández ávido de formas y erotismo, con el Miguel Hernández henchido de ese espíritu popular del que se hace voz viva. El Miguel Hernández que festeja la vida – recordemos los retratos que del poeta nos han dejado un Neruda o un Octavio Paz – y que, por lo tanto, como poeta, lo hace a través de la escritura, es el mismo que al verse desposeído de aquella, entona su canto quebrado y desolado en el Romancero.

Lo que Valente comenta en su artículo es tan interesante como fascinante  – considerar la evolución de la obra de Hernández mientras este escribió y los virtuales desarrollos que hubiera experimentado de no haber muerto tan joven -, y tiene razón en lo que respecta a la emergencia de una voz distinta en el Romancero. Cosa complicada e inútil sería, por otro lado,  dirimir qué Miguel Hernández es el más auténtico de los reflejados en los distintos poemarios, ya que el asunto vendría a reducirse a la inextricable predilección literaria: qué Hernández nos gusta más, el más o el menos barroco, como si la generosidad expresiva e imaginativa no reflejase una verdad ante la aparente severidad de otras exposiciones.   

14.3.17

ALGUNAS NOTAS DE DIARIO




 
 

Tras unos ocho o nueve años, vi ayer noche, "de nuevo", Gritos y susurros de Bergman, una auténtica delicia y una película de las más representativas y redondas del autor sueco. Sorpresa doble tras ver la película: por un lado, cómo el paso del tiempo te hace ver detalles que antes no percibías o no valorabas, en este caso, los finales de signo esperanzador de los films de Bergman, que como una temblorosa gota de luz, abren una perspectiva a la dicha tras la larga exposición dramática anterior. El no habernos fijado en lo significativo de estos finales es lo que creó hace años el estereotipo negativo del arte de Bergman (cine nórdico, pesimista, etcétera). Por otro lado: las grandes obras artísticas siempre nos ofrecen sorpresas cada vez que nos acercamos a ellas, ya sea a través de la lectura, la audición o el visionamiento. Funcionan como máquinas semióticas, seres realmente vivientes, que producen nuevos mensajes o emiten aspectos distintos, con cada aproximación del receptor a su universo de formas.

 

 





SOBRE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO O NO.

Antes, las manifestaciones personales sobre lo paranormal eran algo políticamente correcto porque conectaban con la apertura de miras que las movilizaciones sociales de los años 60 y 70 habían provocado a través de la oposición política, y cosas más específicas como el uso de las drogas, la psicodelia, el movimiento hippie o las obras de Castaneda. Todo aquel mundo se alimentaba de su propio vigor al presentarse como alternativa revolucionaria. Hoy que la izquierda, tras su triunfo social, tiende a pervertir un gran número de sus valores, al dogmatizarse y  convertirse en mero discurso impositivo a través de lo que se denomina "lo políticamente correcto", lo paranormal es visto como una fruslería o es rechazado como cualquier otra tentativa de nueva metafísica.

 

Los independentistas catalanes juegan con "lo políticamente correcto", pues la gran idea madre que engloba a todas las otras que pueblan la convivencia democrática es la libertad. Es políticamente correcto, pues, reclamar derechos, y en este caso, el derecho a la autodeterminación, resultando autoritario negar tal derecho. Si los catalanes que no desean la independencia se movilizaran de igual modo que los que sí la quieren y salieran a la calle en manifestaciones igual de masivas que los otros, el debate independentista quedaría reducido a unas sosegantes tablas o perdería fuelle, notablemente. Que los independentistas están manipulando a su favor "lo políticamente correcto" se percibe en el impudor con que se mueven, seguros de tener siempre la razón, o no importándoles si la tiene o no, porque están sumidos en la ebriedad, en la pasión nacionalista, contando además con que la democracia, la garante de lo políticamente correcto, está con ellos, y por tanto, toda la sociedad, mientras que los catalanes que no son independentistas no están igualmente estimulados y sí se ven condicionados por el pudor a la hora de manifestarse abiertamente en contra de lo que supuestamente, se reclama en su territorio, siendo allí,  ellos, políticamente incorrectos.     

7.3.17

ESTOS DOS LIBROS, POR EJEMPLO





LA SINFONÍA IMAGINARIA.
Marcel Schneider

Edición española de 1983. Edición original en francés de 1981, aunque sospecho que los ensayos sobre música y músicos de este libro son anteriores. Lo sospecho por el tono y la selección de temas y compositores. Schneider, tras ofrecernos, muy curiosamente, las distintas definiciones históricas que ha tenido la música, nos dice que sólo con la llegada de la sensibilidad romántica la música toma fulgurante carta de naturaleza, y encuentra un concepto óptimo que llega hasta nuestros días. Schneider nos habla de alguno de los grandes maestros del XIX y de los grandes clásicos del XX, es decir: de Wagner, Schuman, Berlioz, Verdi, Debussy, Falla, Satie, Stravinsky, Poulenc… Referente no secreto de Juan Eduardo Cirlot en las lecturas sobre simbolismo universal, Schneider nos vuelve a demostrar, con este libro,  la necesidad que hay de una adecuada bibliografía musical que vaya más allá de los meros repasos históricos.

 
 
 
 

EL ITINERARIO DE EGERIA

Texto del siglo IV, escrito por una misteriosa dama emparentada con el emperador Teodosio El grande y originaria de la provincia romana llamada – atención señores – Hispania. El texto narra el viaje que esta señora, Egeria, hizo con su comitiva por todo el Oriente cristiano: Palestina, Egipto, Siria, la zona mesopotámica, tierras de ascetas y monjes. Penetrar en la historia antigua no es sólo alucinarse con los ámbitos, costumbres, discursos e indumentarias, sino sumirse con delectación en cartografías sorpresivas, en descripciones de naciones o regiones fantásticas, percibir lo ingente que ha sido el tiempo histórico y a qué poco puede quedar reducido en tanto que invoquemos las necesidades de la criatura humana. Resulta sorprendente oír hablar a Egeria del “santo obispo de Arabia”, entonces región perteneciente a Egipto. Del escueto texto de Egeria se desprende una imagen oriental – a reivindicar teniendo en cuenta el estado actual de cosas por allí -  y milenaria del cristianismo junto a una sensación admirativa ante su historia, la misma impresión que obsesionaba a Buñuel y le hizo rodar, por ello,  Simeón del desierto.            

3.3.17

INVOCANDO A ATANASIO DIE




Proyectaba escribir un poema y de pronto, ante el papel en blanco tentando el flujo discursivo, me ha venido a la cabeza la imagen de Atanasio, fallecido recientemente. Creo que el inconsciente ha empleado su imagen para, de algún modo, penalizar mi ingenuidad y agitar la conciencia. La imagen del amigo muerto actuaba como un desencantamiento – ya es demasiado tarde para querer impresionar a nadie con lo que escribes, el tiempo pasó ya - … Pero por otro lado, recordaba que hace unos cuatro años, Atanasio, junto con su mujer y algunos miembros del grupo de teatro que fundó, leyeron poemas míos en un recital dado en la casa de Miguel Hernández. Esta imagen era el contraste de la otra y me venía a decir lo contrario de lo que me inspiraba la tristeza del recuerdo de su muerte: todo está por empezar, hay que hacer cosas, adelante.

La compleja impresión que nos deja la persona que parte reside en esto: el vértigo de su ausencia definitiva y la atemperación de este sentimiento al invocar el mundo de actividad que le era propio. La esperanza bascula entre ambas percepciones. Y yo quisiera invocar la segunda impresión, la imagen de Atanasio en plena acción, para convencerme de que hay que seguir haciendo cosas, de que ese poema que he empezado a escribir tengo que terminarlo.