31.1.11


DESAPARECE ESPACIO AV

La sala de exposiciones Espacio AV ha sido una de las salas de arte más sofisticadas y vanguardistas de Murcia y, dentro de las grandes, de las de más reciente trayectoria. Digo "ha sido" porque este sábado, al ir a visitarla, me la encontré cerrada y con un ominoso cartel "Se alquila", bien visible, colocado en la puerta. Sentí tristeza y algo de vergüenza. Ya no se cierran sólo tiendas de calzado, cafeterías o inmobiliarias. Otro signo, y más que evidente, de la crisis económica que, cuando afecta al mundo artístico, parece subrayar con especial patetismo la sensación de precariedad cerniéndose sobre el ambiente. La sala Espacio AV se ha caracterizado por ofrecer las exposiciones más notables del último arte. Su gran capacidad espacial y la novedad de sus instalaciones la convertían en una de las salas más atractivas de Murcia. Cuando la visité por primera vez llegué a pensar, considerando la variada y estupenda oferta cultural de la capital, que otra galería más era demasié, demasiado bueno. Desconozco si Espacio AV se desplazará a otro sitio bajo otro nombre, o si este cierre ha supuesto su definitiva desaparición, pero ya no poder disponer de un lugar - físico, que es también anímico - para el contacto exclusivo con el arte, es uno de esos "lujos" de los que se hace particularmente triste prescindir.

28.1.11


CABIRIA Y LAS SIMAS DEL TIEMPO

Recuerdo que de crío lo que más me gustaba era perderme en los, entonces para mí, incontables e inabarcables volúmenes de la enciclopledia Salvat de la biblioteca de mi psadre. La enciclopedia representaba el universo, se supone que comprendía la totalidad de todo lo existente, y me encantaba curiosear por ese laberinto, descubrir músicos o escritores. Más tarde comprobé con irritación, que no todo estaba allí, que el poeta o el pintor de los que me interesaba informarme, apenas estaban representados por un raquítico artículo, o simplemente, no estaban. Un día, en el término de Cinematografía, me encontré con un buen número de páginas e ilustraciones. Me sorprendió saber que tres años antes que los hermanos Lumiére inventaran el cine, el alemán Skladanowsky, había conseguido filmarse a sí mismo. La filmación constaba de tres fotogramas en la que se ve a Skladanowsky levantar su pierna del suelo. En esa misma sección había otros fotogramas de películas del inicio del cine y entre ellas se encontraban un par de la película Cabiria. En las imágenes se veían multitudes al pie de una gigantesca escalera y el extraño monumento de un monstruo de tres ojos: el templo de Moloch. El visionamiento de aquellas fotos me remitían a tiempos remotos y exóticos.El otro día, deambulando por un centro comercial me encontré la película editada en un DVD. Inmediatamente comenzó a agitarse ese mariposeo en el estómago que siento cuando se me ofrece algo estéticamente suculento y que supone un viaje "lejos, lejos de este mundo", como reza el famoso verso de Baudelaire. Una película que creía perdida o inaccesible, de pronto, estaba en mis manos, ya había caído por acción de esa fuerza gravitatoria que, especialmente, desde estos tiempos de internet y rememoraciones históricas, hace que todo, al final, salga de su escondrijo en el tiempo y se exponga a la vista de todos. Sobra decir que cuando, tras adquirir la película, la vi en casa alrededor de las cuatro de la madrugada para crear más ambiente, el disfrute de su visionamiento comparado con mi fascinación infantil sobre lo que pudiera tratar aquella película, resultó un tanto decepcionante. Una cosa es ver una película antigua con el criterio de un adulto, comprobando la belleza pero también las torpezas y elementalismos del cine del momento, y otra fascinarse de niño con unas imágenes, fantaseando sobre el mundo que en ellas se ve. Al ver la película he fatalmente traído al presente lo que en mi memoria estaba, digamos, resguardado por la inmaculada fascinación del mito. Es semejante a lo que a veces se siente con los carteles promocionales de un film: su encanto evocador resulta a veces más emocionante que el visionamiento del propio film. Esto se explica porque en el cartel se sintetiza el contenido iconográfico-poético de la película. De todos modos, Cabiria es una obra redonda, y ofrece pasajes de peculiar hechizo panorámico: la erupción del Etna - efectos realizados por Segundo de Chomón -, personajes dispersos por las enormes escaleras del templo de Moloch, y otros de encanto más epocal: las secuencias en las que aparece Sofonisba, trasunto de una Salomé decadente, junto a sus leopardos y sus músicos, en su estancia de aire modernista a lo Klimt. Precisamente este personaje, la actriz que aparece en la foto de arriba, es el personaje más específico tanto fílmica como extrafílmicamente. Otro trallazo del tiempo. La Sofonisba de Cabiria es una cupletista de la Belle Époque cargada de maquillaje y joyas. Me fascinan esas mujeres de finales del XIX y principos del XX, envueltas en velos y plumas, delineadas por el corsé, con los ojos hundidos en sombra y que un Lartigue fotografió descaradamente en el Bois de Bologne, paseando sus diminutos perritos.



En suma ¿qué tenemos, a dónde nos lleva todo esto? Podríamos hablar de un tiempo lineal, externo y sucesivo, que ofrece sus peculiaridades históricas, sus cuasi compartimentos estancos, aunque estos sean más una creación nuestra para poder estudiar mejor los cambios, y otra cosa, bien distinta, son las edades del tiempo de la experiencia individual, lo que uno ha experimentado en esos períodos. En ese ámbito, el placer, la intensidad de la experiencia es inviolable por su carácter originario. LLevo tiempo pensando, y es algo que Leopardi también dice, que la práctica totalidad de nuestras más entrañables y encantadas sensaciones, no son sino reflejos de lo que vivimos en la infancia, que en las visiones de la infancia se gestó la materialidad primera de nuestra poética de las cosas. Lo que yo soñaba viendo los fotogramas antiguos de Cabiria no se corresponde con lo que sentí al ver la película porque, independientemente de la condición temporal de la percepción, son dos aproximaciones distintas al hecho estético. En la primera, la aproximación es estática, no tengo sino imágenes de un mundo mágico que ya fue; en la segunda, al ver la película, la visión estática cobra movimiento y "entro" en ella, la actualizo. Cabiria sucede ahora, y el movimiento diluye aquella desolación mágica de la percepción infantil de sumirme en la mera contemplación del cartel de una película que me intrigaba y que creía que nunca llegaría a ver.

24.1.11


EL HOMBRE QUE COMÍA DIEZ ESPÁRRAGOS
Leandro Fernández de Moratín

No se trata de una obra desconocida hasta hoy del autor madrileño sino del inventivo epígrafe bajo el que se recoge una selección de los textos que escribió durante sus viajes a Italia e Inglaterra durante los años 1792 y 1797. De Moratín tenía una imagen pobre y desvaída, pero esto no ha estado motivado sólo por desconocimiento personal: la crítica ha ignorado injustamente a un prosista sagaz e incisivo, y me parece que la tribu de los lectores hemos acatado este prejuicio, haciéndole el coro al cansino lema que dice que la literatura española entre los siglos XVIII y XIX fue poco significativa. Es algo conocido que Moratín llevó un diario secreto encriptado, escrito en una enmarañada mixtura de francés, inglés, italiano y latín. El pensamiento libertario tenía que luchar para crearse un espacio respetable de expresión y sus protagonistas tenía que idear complicadas estrategias para resguardar los tesoros íntimos, liberados de cualquier influencia política o religiosa. Los textos de los viajes que integran este volumen no escaparon, precisamente, de la censura y son numerosos los puntos donde la indicación (f.t) - "falta texto" - revela la intromisión de los censores ante las incómodas observaciones de Moratín.
El que viaja examina una totalidad en acción, detecta un conjunto de prácticas y signos en ebullición. En los libros de viajes tal operación se resuelve elementalmente en : descripción de ciudades, costumbres, climas y paisajes, y análisis del carácter nacional o regional de los lugareños. Moratín une ambas cosas con soltura y humor, no se le escapa detalle, pero tampoco se recrea en los mismos. Habla de la rusticidad del pueblo inglés, diferenciándolo de las personalidades intelectualmente ilustres, destaca el hecho antipático de que en Londres haya que pagar por todo - hasta por leer en determinados jardines -, comenta la feroz competencia de la prensa y reflexiona sobre el distanciamiento y desconfianza con que los ingleses tratan a todo visitante extranjero. Le sorprende el silencio que se percibe habitualmente en los cafés, y cómo éste se torna en un estrépito festivo cuando hay presencia de prostitutas. Sobre la pintoresca manía de estampar en todo rincón un signo de la nobleza, escribe: "Se graban en los orinales los blasones adquiridos a palos y coces".
Las notas sobre sus viajes a Italia son mucho más numerosas y enjundiosas, llenas de detalles, y constituyen casi la totalidad del volumen. Moratín viaja por las ciudades más importantes de toda Italia - Génova, Florencia, Bolonia, Venecia, Roma, Nápoles - haciendo recuento de palacios, monumentos, régimen político, vida cultural, personajes y anécdotas. Algunos pasajes me han hecho recordar la serie de grabados de Piranesi, "Antiguedades Romanas", por ese aire de catálogo barroco del texto: descripción minuciosa de interiores palaciegos, ruinas, gabinetes científicos, detalles arquitectónicos, museos, teatros.... Esto implica una reflexión que un Walter Benjamin se apresuraría gustoso a efectuar: ¿qué significa para un lector moderno esta colección de objetos infinitos de épocas pretéritas, qué tipo de placer es el que obtengo leyendo un libro antiguo de viajes si no es el de comprobar las metamorfosis del tiempo, el de naufragar fascinadamente en sus galerías epocales, reflejadas tanto en el arte como en las ideas, en los hechos? Otra observación, también de signo temporal: al leer el texto en su lengua - y gramática - original, la lectura se ha preñado de una inmediatez, con respecto a la narración de lo observado, condimentada por el exotismo léxico que la falta de uso actual presta a una parte del vocabulario que emplea Moratín: socaliña, maula, greguería, sargas, peroles, opal... Para expresar su admiración por algo, Moratín escribe: "Me auroro", lo que para un poeta actual podría parecer un auténtico hallazgo lingüístico.

18.1.11


APOSTILLANDO

Certificado de inmortalidad: según las últimas investigaciones, tras nuestra muerte nos convertiremos en ondas de radiofrecuencia que vagarán por las galaxias, lo que debe interpretarse que volveremos a nuestro presunto origen estelar. Seremos partes fluyentes de un todo sin cara ni identidad propia. ¿Realmente así seremos nosotros mismos? Escaso consuelo el que la ciencia física nos asegura. El Evangelio es más original. Resucitar en cuerpo y espíritu, y nosotros mismos, con nuestro yo, cada uno de nosotros, no una masa ingrávida de sutil energía vibratoria.

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13.1.11


LA CÁMARA OSCURA
George Perec

Si evitamos toda intención psicoanalítica y pormenores afines, comentar un libro de sueños, puede parecer algo tan absurdo como puedan serlo los sueños en cuestión. De los sueños podemos extraer un material complejísimamente trabado y, al mismo tiempo, no poder decir nada de tal cosa. La moda editorial de sacar a la calle "libros" con los sueños reales anotados por escritores famosos a lo largo de toda su vida, impone un acercamiento textual distinto al científico. Como no vamos a analizar las faltas de estilo narrativo, ni a corregir las típicas aberraciones espacio-temporales del vuelo onírico, no tenemos otra opción sino la de disfrutar de las ocurrencias del inconsciente ajeno, curiosear en la materia íntima del escritor, o leer los sueños como si fueran una nueva suerte de género literario, primos hermanos del aforismo patafísico o del microrrelato más desaforado.
Decía Luis Cencillo que los sueños inventados son relativamente fáciles de descubrir. Y la dificultad de transcribir un sueño es cómo lo hacemos sin añadir nada que no estuviera en el sueño y con el desenvolvimiento específico del mismo. Perec lo consigue con gran acierto en estos 124 sueños, anotados entre los años 1968 y 1972, en los que hay un poco de todo: pesadillas, reflejos de los hechos cotidianos, fantasías surrealizantes, apenas jirones de palabras e imágenes, incluso percepciones de la realidad de la vigilia: alguien entra con sigilo en su casa y se acerca a su habitación, Perec despierta: es su compañera que lo invita a almorzar.
La dinámica y estructura de los sueños es, ciertamente, muy común. Esto, a veces, resulta un poco decepcionante. Los sueños realmente extraordinarios son escasos. Leyendo estas páginas de Perec y comparándolas con la selección de sueños publicados por Akal, del filósofo alemán Adorno, pronto se perciben las similitudes funcionales, la filiación representacional, digamos, aunque los motivos sean, naturalmente, distintos. Los sueños de Perec son sueños y reflejan, generalmente, aspectos de su vida cotidiana, como la mayoría de los sueños de todo el mundo.
Lo que me ha impresionado ha sido la frecuencia de sueños con nazis. No sabía que Perec era de origen judío-polaco, y que su familia, perseguida por los alemanes, tuvo que huir a Francia. Y digo que me sobrecoge esta "intrusión" siniestra, porque no vinculo la obra de Perec a ningún dramatismo sino al feliz experimentalismo de los sesenta y setenta que intentó renovar la literatura europea en aquellas décadas. Esta sensación mía es otro efecto de esta cuasi obsesiva rememoración histórica que vivimos. Qué extraño me parece que la madre de un autor de lúdica escritura como Perec, muriera en un lugar tan espantoso como Auschtwitz.

10.1.11


EL FIN DE LOS LIBROS. Octave Uzanne.

No, no se trata de ningún ensayo reciente poniendo el grito en el cielo contra el avance de la digitalización universal dispuesta a acabar con el libro impreso, sino del sorpresivo título de un relato escrito hace 117 años por un, para mí, desconocido escritor y editor llamado Octave Uzanne, vinculado al simbolismo finisecular francés - esa época fascinante del espíritu literario que parece ser una fuente inagotable de autores por descubrir, entregados a las disquisiciones más exquisitas del verbo y de la estética.
Cuando escuchamos que los libros van a desaparecer, nos entra la alarma en el cuerpo, pero no es la literatura sino el soporte en el que ésta se ha conservado y transmitido lo que, supuestamente, va a desaparecer o ser sustituído por otro. La reflexión de Uzanne en su relato, marcha en este sentido, es decir, viene a reflejar la adecuación del hombre moderno y sus sentidos a los nuevos inventos que el progreso está surtiendo prolíficamente a la sociedad: en la sofisticación de los mismos radicarán los cambios en las formas de lectura y almacenamiento de la literatura. "El ascensor acabó con el uso de las escaleras en los edificios; del mismo modo, es probable que el fonógrafo destruya la imprenta". Uzanne expone que los libros del futuro inmediato no serán impresos sino grabados en rollos portátiles de cera, ya por los propios autores o por actores de acendrada articulación verbal. Estos rollos serán "tan ligeros como un portaplumas" y cabrán en el bolsillo. Casi parece esto la descripción arqueológico-arcaica de un pendrive de nuestros días. Pero el escritor francés, en realidad, no inventa nada, sino que se muestra lógicamente consecuente con el devenir tecnológico, extremando las posibilidades de los inventos y aparatos ya existentes en su momento y adaptándolas a las necesidades y comodidades del usuario-lector. Ahora bien, Uzanne tiene un par de ocurrencias que han acabado por cumplirse, más o menos, tal y como las imaginó: "Las bibliotecas se convertirán en fonografotecas", cosa que, efectivamente se ha producido, y :"Los comunicados que lleguen por teléfono serán inmediatamente transcritos por un ingenioso aparato insertado en el receptor acústico", que podríamos interpretar como un vislumbramiento del fax o de los depósitos de voz de los teléfonos.
Uzanne habla de los teatrófonos. La nota explicativa a pie de página de la traductora, ha confirmado, para mi sorpresa, un dato que el médico viajero Antonio Pulido recoge en su libro Plumazos de un viajero, publicado en 1893 y que cuando lo leí, me produjo cierta incredulidad. Pulido visita una exposición de electricidad en Viena, y anota: "... hay ya numerosos aposentos para la audición telefónica de la ópera". Efectivamente. Los teatrófonos era el nombre que recibían la serie de hilos telefónicos que, conectados a los teatros, permitían las audiciones operísticas desde casa.
El lamento por el final de la palabra escrita, enfatizado por la cita del Hamlet shakesperiano - Words, Words! - con que concluye el relato, me ha hecho recordar cierto cuento de Borges, pero mientras que Uzanne se fascina, superticiosamente, ante el despliegue de la técnica que liquidará el objeto libro, la suposición de Borges es más filosófica y ardua: si todo se extinguiera, quedarían las palabras solas sin nada físico que nombrar, lo cual no deja de ser un modo sutil y melancólico de afirmar el versículo bíblico "Al principio fue el Verbo", pues en el tesoro conceptual de esas palabras solas, subsistiría, de alguna manera, el mundo que desapareció.

4.1.11


UN FANTASMA NOS MIRA

Esta foto de Julia Margaret Cameron siempre me ha perturbado. El más mínimo comentario o análisis de esta imagen implicaría desplegar una ardua reflexión sobre la temporalidad, el ser, la historia, la finitud....
Literalmente, nos está mirando un fantasma, alguien desde otra época. Ese "desde" indica que tal época todavía existe de algún modo, aunque yo tenga la certeza de que el siglo XIX se acabó y que esa mujer se perdió para siempre en los piélagos del tiempo. Es esa mirada directa, fija, que no puedo evitar, y que está ahí lo que me perturba de un modo fascinador. Creo saber lo que estoy viendo, una imagen antigua, pero en realidad ¿es así de sencillo? La imagen no es un simple retrato porque la mujer más que posar está mirando. Y en eso reside lo inquietante, en esa actividad que la foto recoge. Pero mirando qué. Puedo imaginar lo que se encontraba ante ella en ese momento, un objeto extraño, el objetivo de la cámara, pero resulta prosaico, o no: ¿qué simboliza, en definitiva, el círculo de cristal de la cámara: el infinito, la nada...? ¿Cómo descifro el misterio de una mirada captada en su mirar hace más de cien años? Su mirada pasmada, absorta, se funde con la mía porque al mirar a la cámara, mira directamente al tiempo que la engloba y me mira a mí sin saberlo. Creo poseer cierto poder sobre esa mirada simplemente porque al ser yo posterior en la serie mítica de los acontecimientos, tengo más datos sobre las circunstancias. Pero su mirada perpleja es la misma que la mía que se encuentra, casualmente, al otro lado del marco con la suya. La imagen de esa mujer ya no es algo físico, se ha convertido en un signo para mí que me interrogo sobre ella y el sentido de todo esto. ¿Realmente se acabó el pasado, o lo que esta foto sugiere, sutilmente, es el carácter infinitivo de todo tiempo? Yo sé que hay una distancia temporal insalvable entre mí y esa imagen - veo a la mujer, pero no puedo tocarla ni ella saberme - , y que tal distancia es lo que condiciona nuestro ser, nuestro estar, el alcance de nuestra información. Pero hasta qué punto puedo afirmar alegremente que esa mujer ya no existe. Qué indica la persistencia de su mirada.