miércoles, 1 de junio de 2022

 

        

LA QUIETUD

MANUEL García Pérez 

Para un Antonin Artaud, la finalidad última y primera de la poesía consistía en purgar angustias. Algo de este concepto tan terapéutico como ritualístico, arcano e inmediato, tiene la poesía de Manuel García Pérez, cuya última entrega la hallamos bajo este escueto epígrafe: La quietud.

Epígrafe que no deja de reflejar términos paradójicos de un proceloso viaje interior a la memoria y al ser mismo, pues el medio escogido para la confesión o la lucubración, es, ineludiblemente, la escritura, cuya función registradora de las cosas ya viene a ejercer una violencia estadística sobre lo que se pretende rescatar: el hecho de nombrar es una abdicación de aquello que soy. Es decir, ya de principio, nos encontramos con una reivindicación no tanto de las purezas de la experiencia como de la legítima originariedad incontaminada del sujeto, es decir, del ser, una categoría más allá de lo  psicológico, anterior a la “depravación” clasificatoria del nombrar.

Y encima, subrayando la naturaleza paradójica de su empresa, observa Manuel García que escribir ya implica desaparecer, morir, pues vas dejando de existir para legar un testimonio escrito mínimo de tu vida a los demás.

En esta búsqueda de la quietud, pues, aparece de buenas a primeras el conflicto entre el poder configurador del lenguaje y el libre flujo de la experiencia, entre la destinación a significados y términos lógicos y la voluntad de ese ser que quiere definirse, hallarse sin los prejuicios de lo racionalista.     

Por ello, la escritura emprendida no podrá ser sino la poética, pues es en el ámbito de esta donde las estructuras racionales y las tendencias configurativas del pensamiento a través de sus categorías se transmutan en una plástica suprema que aproxima las palabras a la música, es decir, a estadios anteriores al discurso.

La alquimia verbal que un Rimbaud pretendiera, se prestaría pues a la expresión de los estados más insólitos como a los más desprendidos de una logicidad enervante o represora.

Ante este tipo de viaje recuperador de la propia sustancia metafísica, resulta previsible considerar que la poesía hallada por Manuel García no haga concesiones. Manuel García no nos habla de ambientes líricos ni entona églogas de enrevesada musa: lo suyo es algo mucho más sencillo e irremediablemente complejo.

La memoria familiar, las características de la identidad propia, articulan las fases de una búsqueda que reconcilie todos los datos arrebatados al tiempo y los itinerarios emprendidos.  

Este viaje con el solo equipaje del lenguaje poético en torno a esa quietud legítima ansiada, la arcadia mínima del sujeto, es más que consciente de los matices y recovecos súbitos del camino. No hay origen de las cosas, /pero el fuego es una cosa, escribe, precavidamente, Manuel García, dando a entender que si preferimos no inquirir en principios metafísicos para no pervertir los sentidos de nuestro íntimo viaje con la amenaza de nomenclaturas, no por ello lo que existe dejará de rodearnos con la contundente incuestionabilidad de su propia realidad.

Manuel García, en esta exploración de la selva más etérea e inextricable  no para de advertir, de autoadvertirse, de lanzarse como pequeños autocódigos, señalando fases, implosiones, abismos como si fueran las trampas que el propio tiempo va dejando en el camino y es esta progresiva dilucidación  de los pecios enterrados en la memoria lo que constituye su afán más imperioso y el devenir profundo del poemario.

El filósofo que dijo aquello de que el mundo es una paradoja, creyó, ciertamente, haber descubierto las claves secretas del discurrir universal. Morir es vivir, escribe Manuel García, al describir con serenidad las más o menos esotéricas relaciones que los distintos y opuestos estados del ser establecen en un juego insólito de sustituciones.

Algunos poetas nos cuentan las curiosas evoluciones que practican las cosas a través del tiempo, otros van buscando la localización quimérica del verbo fundante. Para conjurar lo que necesitaba arrancar de las tinieblas, Manuel García no ha tenido más remedio que utilizar la profundidad sin fondo de la palabra poética, y meter sin contemplaciones las manos en esa harina rumorosa y primera. Alguien, quizá, le hubiera aconsejado, paralelamente a la incursión poética, el socorro de la competencia psicoanalítica para desfondar todo complejo, pero teniendo en cuenta que el lenguaje psicoanalítico es una variación moderna del lenguaje poético, da lo mismo.

Agradezco a Manuel García su atrevimiento, su confianza final en el poder conjuratorio de la palabra poética, el deslindamiento de voces más concordes o tímidas. Con seguridad, los ancestros esperan los resultados de nuestras operaciones de aproximamiento. Los ancestros nos esperan y entre ellos, nuestros padres. No importa que el lenguaje utilizado sea oscuro. Tiene que serlo. El lenguaje abstruso es una variación retórica del estilo, como lo es igualmente, la exigencia de unos términos más claros, dijo Barthes.      

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