jueves, 4 de julio de 2019





LA MONJA ILUMINADA

Nuestro barroco confesional es un abigarrado desfile de beatos, santos y santas, apariciones fantásticas, repentinos arrobos en laberintos monacales, éxtasis e iluminaciones que cursaron su variopinta pasión bajo los cánones aparentemente estrictos de una fe reconocible y común. He ahí la singularidad que describe toda una época  y que como tal puede visitarse histórica o estéticamente: una geografía tan simbólica como real habitada por personajes propios dotados de argumentos también propios.
Y si tal mundo de mundos puede visitarse, aquí la crítica no tendría otra función que la de  exponer por qué ese mundo fue como fue, revelándonos confines de la mentalidad, de la sociedad, de las razones de la gestualidad litúrgica sorpresivamente cercanos.   
La figura de Sor Úrsula Micaela es una integrante más de este desfile de personajes y fenómenos. Ha sido su persona o su personaje histórico lo que, casualmente, me ha hecho reflexionar sobre la singularidad cultural de ese período y la tendencia viciosa a estereotipar fragmentos complejos de historia.
No creo exagerar si recuerdo que, en nuestro caso, es decir, en el caso de España, el Barroco, es nuestra inmediata modernidad. Nuestros clásicos literarios, pictóricos y musicales son barrocos o se producen en distintos momentos de este período.  Que nuestro clasicismo sea barroco explica todavía tanto disparates políticos como las revueltas en el sentir de temperamentos e idiosincrasias.
Es otro tópico decir que en nosotros el romanticismo fue más liviano que en otros países, y que casi hemos pasado de las cuitas de un San Juan de la Cruz o de una santa Teresa, a las floraciones modernistas, siendo devotos a distancia de la revolución industrial y emergiendo con fuerza y brillo en la constelación de intelectuales, escritores y poetas de la Generación del 98 y del 27.
Sorteo con fruición estos datos con la intención de volver a ubicar a esta fundadora de las clarisas capuchinas de Alicante y el pintoresco itinerario tanto de su vida como de sus restos mortales convertidos en objeto de culto y extrañeza.



El proceso de beatificación de Sor  Úrsula Micaela se encuentra todavía no finiquitado. La monja, nacida en Cartagena, estuvo desde muy pequeña notablemente sensibilizada, sufriendo ataques y experimentando visiones extraordinarias a lo largo de toda su vida. Mantuvo correspondencia con Juan II de Austria y escribió una autobiografía que ansío encontrar publicada en Alicante o en Murcia. Su cuerpo incorrupto desde hace tres siglos ha sido sometido, recientemente,  a un minucioso estudio a la búsqueda de, la verdad,  no sé qué, en sus transcendidas fibras terrenales.
Y matizo este detalle porque el “gran atrevimiento” del cristianismo, el no va más del desasosiego teológico es la exhibición de los restos físicos de algún gran personaje de la fe, quien, se supone, debe estar habitando contornos mucho menos perecederos, desafiando toda hórrida apariencia de la putrescible materia con la "amenaza" santa de la fulgurante Resurrección. No olvidemos que la promesa extraordinaria del cristianismo es resucitar en la carne y en el espíritu al mismo tiempo, como si la sacra avidez por redimir al universo incluyera no olvidar la más mínima minucia de la creación. Claro, aquí hay una lógica primaria. Si sor Micaela vuelve a la vida eterna tendremos que verlo ejecutado desde donde fue su soporte inmediato, desde la materia, y por ello su cuerpo que reposa en una urna de cristal con un aspecto más o menos inquietante, se levantará de su reposo mortal,  regenerando en un fulgor vertiginoso la integridad de su conformación física; y nosotros tendremos que verlo para dar contundente fe de la realidad de semejante maravilla.

Independientemente de estos posibles sucesos fantásticos futuros,  lo que ha despertado mi interés  por esta religiosa no ha sido  tanto el conjunto de su sorpresiva biografía como el hecho de contextualizarla, es decir,  el deseo de  liberarla de las manías encasilladoras de psicólogos e historiadores y contemplar una vida de este talante como algo típico de un sentir y de unas convenciones. Es decir, cómo esas convenciones que actúan de limitación vital son capaces de producir en su seno experiencias arrebatadoras y transpersonales sin que sucumban a presuntos análisis realizados bajo el mirífico auspicio del progreso o semejantes. 
Es conocido que la psiquiatría pretende conocer las razones de  visiones y arrebatos místicos. Claro que la confusión está servida, pues qué cosa es consecuencia y qué otra, causa de.  Lo que yo digo es que tal pronóstico es producto de la actualidad cultural y que ello, a pesar de todos sus profusos análisis y diagramas,  no termina de “explicarme”, las singularidades de una experiencia de lo místico.
Cada época tiene un contacto específico con determinados símbolos y contenidos, cada época traza su propia asunción moral e imaginaria y lo que yo pueda presentar como pronóstico definitivo de la rareza de esas convivencias es mi distanciamiento crítico de esos mundos y mi incapacidad de sumirme en ellos como no sea literariamente y a través de documentos. En este punto, sí, yo puedo presentarme como el más lúcido intérprete del barroco con la condición de no haber vivido allí, de conocer unas coordenadas que conformaban el espíritu del momento pero que no han conformado el mío. Y esto es tan de Pero grullo, que me quedo igual que al principio, pues no puedo hacer otra cosa que manejar documentos de lo que fue vida vivida y real.
El estudio que hicieron del cuerpo no sé muy bien a qué motivos obedece: qué es lo creían que iban a encontrar en unos restos físicos, conociéndose todas las condiciones naturales que se tienen que dar para que una momificación se produzca.
Qué distancia encuentro entre el historial de los arrobos místicos, las bondades personales de Sor Úrsula Micaela y todo lo que ha suscitado su cuerpo momificado que ya no es sor Úrsula, sino el resultado final de la naturaleza, bien lejos del mundo de la voluntad y de los hechos humanos. Prefiero la imagen pintada de Sor Úrsula que aparece en la edición de su autobiografía, estimula mucho más y plácidamente mi imaginación sobre lo que fue la vida de esta religiosa, pendiente de convertirse en santa, que el oscuro muñeco que amenaza con escapar de su féretro de cristal y provocarnos alguna pesadilla.
Lo que justificaría la manipulación del cuerpo de Sor Úrsula sería que se llegara a comprobar que una vida de alta virtud tiene efectos post mortem sobre el estado del cuerpo. Pero la llamada ciencia, hasta el momento,  se muestra incapaz de confirmar nada sobre semejante cosa.   


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