martes, 12 de mayo de 2026



ENTRE LO ACIAGO Y LO VAGAMENTE PREMONITORIO


Dando vueltas por Orihuela una tarde de mayo. Aspecto y ambiente de limbo. Un azul lila envuelve todo, sumiendo las calles y a los paseantes en una suerte de dormición, todavía posible por la existencia del viento, que equilibra el movimiento y las sensaciones del cuerpo. Inexistencia de acontecimiento. Linealidad. La gente que pasa, sobre todo la joven, se les nota felices, comentando sus cosas. La gente mayor que se pasea en parejas o pequeños grupos, me suscita admiración. Luchar contra las inercias del cuerpo y arrojarse a las calles, es algo  notable y ejemplificador, aunque esas calles se diluyan en la bruma azul de la tarde y todos nos reduzcamos, finalmente, a sombras que pasan... hasta que alguien saluda, hasta que se emite una palabra y el anonimato urbano desaparece de pronto. 



Nuevos paseos vespertinos por Orihuela. Ahora el abrumado específico soy yo. La angustia me comprime porque me amenazan con retirarme una ayuda económica si no demuestro de alguna manera que busco trabajo. Me piden de nuevo informes y currículos para renovar la ayuda que se reduce a menos de doscientos euros, pero que para mí son de gran ayuda para reflotarme a principio de mes. ¡Yo buscando trabajo, que jamás he podido asociar este término al disfrute o al crecimiento personal, que he luchado por huir del prójimo neuróticamente durante décadas, que nunca he tenido vida social y que tampoco he sabido aprovechar mis aptitudes profesionalmente por esa interpretación imposible del trabajar y ser, simultáneamente, uno más del tejido social! Pero ¿a quién le voy a ir hoy a exponerle explicaciones de mis complejos, de mis queridos y mortificantes complejos psíquicos con la edad que tengo y cuando ese momento terapéutico y libertador se esfumó hace treinta años? Sólo puedo escribir y de esta manera objetivar el mal, pues a pesar de esos años transcurridos, estoy muy lejos de considerarme normal, o como decía Umberto Eco, integrado. Por otro lado, un Cioran diría que tales complejos no son sino la materia imposible, putrefacta, que envuelven a mi sello personal, que demuestran el grado íntimo de autenticidad, de autenticidad de mi anormalidad, claro. y que, con ellos, tendría que llegar a una determinación: o consagrarlos como elementos identitarios o acabar con ellos, porque son precisamente la causa de mi infelicidad.  Soy incapaz de resolver esta disyuntiva. Mi única solución: sublimar, sublimarlo todo a través del sueño. Y eso es lo que hago viciadamente desde hace siglos. Como poeta o proyecto de poeta que me siento, empleo de esa manera mi modo más virtuoso de persistir: soñando. Y no se trata de una operación meramente psicológica. Sueño lo que me gustaría tener y sé que jamás voy a poseer, pero también sueño lo que poseo y percibo, es decir, activo el soñar como una potenciación de los entornos de belleza que detecto. 


Las lecturas no son casuales. Me he encontrado en casa con un libro de Leon Bloy y las notas de este diario van a exhalar el mismo aire de indignación lúcida que demostrara el brillante reaccionario galo. Grandes negocios oriolanos están cerrando uno detrás de otro. Me entero hoy que el local de venta de electrodomésticos, Rayte, ha echado sus puertas, del mismo modo que la papelería-librería Estruch de toda la vida. La desaparición de estos dos negocios me han dolido en el corazón. He sentido, al enterarme de la noticia, como si un hueco se afantasmara en medio de mi estómago. La desaparición del comercio en una ciudad de provincias equivale a engrosar la memoria histórica, un modo de rescatar y enmarcar documentalmente la sucesión de espectros. Y mientras tanto, la morfología social no para de cambiar: árabes y africanos, discurriendo por nuestras calles como en una sorda "espantá". Cada vez que me cruzo con alguno de ellos, más que franca amenaza, lo que se percibe es esa suerte de ley del silencio que se ha impuesto como expresión de nuestros adocenamientos respectivos: nos miramos como con ganas de decir algo y finalmente, pasamos unos al lado de los otros, cerrando las bocas y como lamentando la barrera invisible que nuestras diferencias culturales producen o admitimos que lo hagan. La presencia de inmigrantes supone una suerte de inminencia, como la estadía en un umbral, sin que sepamos a ciencia cierta, los cambios que todavía puedan acercarse en nuestros dominios de toda la vida. Recuerdo con melancolía aquellas tardes que pasábamos unos amigos junto a Alí, un joven argelino, diplomado en telecomunicaciones, que huyó de la dictadura militar, y que tomaba cocacolas con nosotros, escribiendo en una servilleta de papel cómo se escribía luna o sueño en árabe, interrogantes poéticos que yo le hacía, a principios de los noventa, sentados en la terraza del restaurante Teodomiro, en los andenes. Esto es impensable hoy. Antes la novedad creaba el pequeño acontecimiento y la curiosidad podía provocar el acercamiento y la comunicación. Hoy, no hay acontecimiento positivo porque ha dejado de ser una novedad la presencia de árabes, pero, no obstante, creo que la curiosidad no ha desaparecido sino que la reprimimos en las simas de nuestra psique porque hemos admitido las exigencias del nuevo estatus que nos hace persistir en la desconfianza y la no comunicación. Un momento de espontaneidad podría suponer la ruptura de esta situación y la posibilidad de una aproximación súbita. Coexistimos, más que propiamente convivir, que supondría la existencia, al menos, de alguna anécdota alusiva a nuestros modos de vivir y, ocasionalmente, comunicarnos. 


Me siento tan desvinculado de la realidad como una partícula de oro en un brote atómico de polvo. La frase casi me ha venido automáticamente. La he visto poética, pero al anotarla ahora, me parece un poco tonta. Elogia mi situación en vez de definirla.



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