jueves, 10 de mayo de 2018

CUATRO NOTAS MÁS O MENOS DENSAS



 

Es, precisamente, en las explicaciones que da Espinosa en sus demostraciones (Ética) donde el razonamiento llevado a su extremo produce los absurdos y paradojas lógicas que tan atractivos resultan para las mentes patafísicas y modernas, aunque el filósofo lo haga, evidentemente, para negar que tales absurdos puedan ser admitidos. Para Espinosa son eso, absurdos y los expone para indicar lo falso y lo que hay que rechazar, pero para nosotros resulta un divertido juego que pone al razonamiento a ultranza en un delicado equilibrio, productor de contradicciones y chistosas entelequias sin fin cuando la obstinada pretensión que se desea realizar es la demostración de la existencia divina a través de razonamientos de orden geométrico.  
 

 

Cuando visiono durante un rato fotos antiguas, hay un momento en que el distanciamiento temporal desaparece o se atenúa.  De pronto esa magia, ese velo melancólico posado sobre sujetos y entornos que da la vetustez de las imágenes, cede sin desaparecer, los rostros dejan de parecerte pintorescos, brutales o extraños, y al detectar expresivos gestos de desinhibición en alguna de las fotos examinadas, recupero livianamente el continuum que liga mi tiempo actual al que ocupan en su mundo y en el que están estas figuras: ambos enclaves temporales, el de ellos en el pasado y el mío, son el mismo. Pero esta percepción dura un instante, me doy cuenta de que no podré nunca contactar con estas personas del pasado, aunque haya algo en común entre ellas y yo, finalmente: nuestra pertenecía, en distintos períodos,  a la vida. Recupero aquí, a propósito de estas observaciones aquel valor de la fotografía, señalado por Barthes, más difícil de captar que su sentido común: generalmente la fotografía no constata sino el paso del tiempo, pero a veces, cuando tras un examen detenido logramos superar esa significación corriente al internarnos en el mundo al que perteneció esa imagen con la colaboración del pensamiento y de la imaginación, la imagen se inviste, adquiere por segundos, un carácter resurrecto.     




Los escaners más avanzados del mundo, la tecnología más sofisticada del momento analizando fragmentos de la Sábana santa de Turín. Impresiona la puesta en escena de esta imagen tan contrastante: lo más moderno examina lo más antiguo, lo más tecnificado operando sobre lo más etéreo e inmaterial. Los artilugios más complejos y precisos analizando muestras tangibles de lo más sagrado que pueda imaginarse: el lienzo que envolvió el cuerpo de Cristo, nada menos. La expectación es total ante el resultado de esta suerte de duelo entre lo extremamente científico y lo perteneciente al otro mundo.

 

A veces creo que los poetas descuidan potenciar o valorar nuestra lengua como lengua contundentemente sonora y susceptible de generar términos densos. Por qué no dotar a ciertas palabras de resonancias y alcances más elocuentes. Los franceses tienen el élan vital, invento sutil de Bergson; los alemanes, por ejemplo, el stimung. Por qué no nos atrevemos a dotarnos de neologismos que enriquezcan nuestra visión de las cosas cuando son las dimensiones de la realidad las que están pidiendo definirse. No deberíamos someternos a la presunta fatalidad, a las supuestas limitaciones que presenta  el idioma en cuestión que nos toque. Toda lengua es susceptible de producir algo nuevo, de innovar una expresión de lo múltiple real que sucede, aunque para ello haya que contar en importante medida con sus períodos de mayor expansión cultural y vigencia.   


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