lunes, 14 de enero de 2019

UN LIBRO Y OTRO





TAUROÉTICA. FERNANDO SAVATER

El libro salió hace unos años, pero, por una casualidad, ha caído en mis manos y su lectura ha sido rápida y voraz.
El libro cubre apenas las cien páginas y Savater no pierde tiempo en exponer los atractivos o las especificidades de la corrida: ataca directamente al bando contrario, a los antitaurinos y califica con rotundidad qué le parece este amor mal entendido a los animales.
La pretensión animalista de asemejar a animales y personas, es una suerte de perversión democrática, una barbarie, ya que los bárbaros son los que no distinguen entre personas y animales, los que no reconocen la excepcionalidad que existe entre las personas en el ámbito de la libertad ante las necesidades y los instintos. La filosofía que justifica la prohibición de las corridas y el amor delirante a los animales es para Savater: “un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño maría” y por lo tanto poco respetable como opción sustituidora de la común ubicación diferenciadora de animales y personas.
Los animales se merecen nuestro cariño y nuestro buen trato, no ser absurdos destinatarios hiperbólicamente legalizados de derechos ya que tampoco tienen ni deberes ni intereses. Entiende que haya personas a las que ni les interese ni le guste, incluso les asqueé las corridas, pero la idea de prohibirlas la juzga no sólo de insólita arrogancia sino de evidentemente injusta y totalitaria, ya que no tienen derecho de prohibírselas a personas que sí les guste este espectáculo.
La escasa convivencia real con los animales, perder de vista la simbiosis establecida entre los que nos son útiles y nosotros, tiende a crear estas idealizaciones del animal en las que la especificidad ética existente entre las personas se diluye, asemejando sin más animales y personas en un mismo flujo considerativo. Pareciera, pues, en este contexto, que para los animalistas los animales son tan humanos como los hombres animales, y esta imagen, precisamente, es la que para la reflexión define el cerrilismo animalista, la que  produce la aberrante asimilación típica sin más entre ambos. Los animalistas parecen ser intelectualmente poco exquisitos cuando, al son de estos detalles, olvidan cualquiera que establezca la cuerda distinción  entre las personas y los animales.
Savater también tiene unas palabras para el Parlament catalán, a quien critica su “intervencionismo maníaco en los aspectos triviales o privados de los ciudadanos”, y cuyo inquisitorial liderazgo en la prohibición de las corridas es muy improbable de deslindar de la motivación política pura y dura.






LA CASA Y EL CEREBRO. Edward Bulwer-Lytton

Las reseñas que citan este relato como uno de los mejores, o, sin más, como el mejor relato de fantasmas nunca escrito, creo que exageran un pelín.
Yo dividiría La casa y el cerebro en dos partes narrativas claramente distintas, aunque, obviamente convergentes en cuanto a la efectividad y concatenación ficcionales: la primera, la que se dedica a narrar los sucesos fantásticos en sí, dentro de la casa y las reacciones del protagonista; la segunda la que “explica” los hechos extraordinarios a través de las poderosas vivencias de un personaje extraordinario, trasunto más o menos explícito del conde de Saint Germain. La primera parte es la más puramente terrorífica, la que se dedica a narrar lo que ve y le ocurre al personaje protagonista dentro de la casa encantada. Se lee con atención y emoción.  La segunda es menos narrativa y sólo se adensa cuando se especifica que todas las fantasmagorías experimentadas en la casa son resultado de la acción mesmérica de un extraño personaje que ha vencido al tiempo y vive a través de generaciones. Concebir que los hechos extraños producidos en la casa son como la representación de lo que se produce en el cerebro de este personaje, digamos que desde el punto de vista de la teoría, resulta impactante, pero narrativamente yo noto el cambio de clima con respecto a lo que he llamado la primera parte y hasta incluso me parece que en esta segunda parte, desciende.     


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