jueves, 4 de abril de 2019

ALTERNATIVAS POÉTICAS.



Bruno Montané. Mapas de bolsillo.

Según nos informan las solapas del volumen, fue en la casa que el poeta Bruno Montané tenía en México D. F, donde un buen día de un algo remoto ya, 1976, en compañía de Roberto Bolaño y Mario Santiago, se fundó el infrarrealismo. O sea, que este poeta que poco conocido o infrecuente nos parece, participó discretamente en la renovación de la escritura poética en los tiempos todavía entusiasmados de las post y transvanguardias.  
Este volumen, el último, que sepamos, publicado por Bruno Montané, de poesía, ofrece el material depurado de una  producción de signo, generalmente, metaliterario que especula sobre los extraños modos en que la realidad se da y se enreda en nuestra percepción. Bruno busca valorar los mensajes que en la experiencia el propio lenguaje genera, tanto sobre las numinosidades de lo real como sobre cualquier aspecto de lo circunstancial, lo que implica considerar el lenguaje agente de lo que se produce – nuestro interpretar-  y lugar privilegiado de lo que deviene.  
El minimalismo observador de Montané sintetiza con precisión y levedad lo que se presenta como irresolución y paradoja.
La realidad es como un espejo o un laberinto: nos devuelve nuestras miradas o nos sume en una multiplicidad banal sin fin.
No es tanto que Bruno Montané reivindique una última reflexión sobre la naturaleza de la realidad albergada en los confines móviles del lenguaje, como que algunos pasajes cenitales de lo real se hagan especialmente inteligibles sólo desde el lenguaje. Y ahí reside tanto la complejidad de lo real como cierto hálito de esperanza: tenemos un instrumento que nos ayuda a vislumbrarla, aunque la perplejidad ante el mundo no desaparezca y llegue a sospecharse que lo esencial, a veces, quede sepultado bajo las palabras. Bruno Montané defiende el don del poema ante las evidencias del tiempo y del mundo: desde la poesía nos es posible despejar esa broza que la propia realidad segrega sobre su ascendencia.   






Cosas para hacer en Nueva York. Ted Berrigan.

Se trata de la primera vez que se vierten al español, poemas de este poeta norteamericano (1934-1983) adicto a las hamburguesas y a la Pepsi. Su persona me ha hecho recordar cómo conocí la obra de Allen Ginsberg: interesado por las irradiaciones caligramáticas de los versos en las páginas y decepcionado por su carácter oral. Berrigan, que perteneció a la segunda generación de la Escuela de poetas de Nueva York, desarrolló su obra a través de dos décadas tan prodigiosas como vertiginosas para Estrados Unidos: los sesenta y los setenta. La experiencia personal con Berrigan ha sido muy distinta a la de Ginsberg, que se produjo en un remoto año 1980, cuando un servidor era un devoto de experimentalismos y surrealismos: Berrigan despide vitalidad y humor y me ha hecho recordar, en algunos pasajes, a Apollinaire, precisamente por su atrevimiento y festiva despreocupación. También he sentido melancolía, temblorosa melancolía ante determinadas imágenes que no me llevado sino a soñar aquellos años de rock, vida en comunas hippies, locura psicodélica y convivencias universitarias que ya forman intensa parte de la historia de nuestro mundo. Para un lector muy literario, estos poemas necesitan de la cobertura contextualizadora necesaria tanto para hacerse inteligibles como poéticamente eficaces. De este modo, y contando con las notas que la traductora incluye al final de la edición, el texto cobra  un significado y una vitalidad que lo inscriben en la memoria reciente y lo ubican en un momento de extraordinaria libertad social en los Estados Unidos. Me encanta la calidad de la edición y esa imagen de la portada que, aunque sea reciente, proyecto obsesivamente como una expresión del imaginario pop de los setenta.    

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