miércoles, 7 de agosto de 2024

EL CHICO LAS MEMORIAS DE FERLINGUETHI




No me he acercado a este autor por tener un conocimiento previo de su obra  sino por la vinculación del personaje a una extraordinaria eclosión cultural y social  que  marcó y determinó la gran aventura que para Estados Unidos supusieron las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta.

Mi poesía favorita siempre ha sido la española y la francesa, a la que añado, en los últimos años, la escrita en lengua inglesa. Al estar acostumbrado a una poesía más formal, notablemente metafórica y de registros densos, los poetas de la generación beat o los norteamericanos, como Bukowsky, Allen Ginsberg,  Kerouack y otros, siempre me parecieron insustanciales,  desmañados, incluso malos poetas. Ciertamente el coloquialismo, la aproximación a las hablas populares y jergas, la huida de la artificialidad manifiesta, ser más canción que meramente texto, el parentesco con el panfleto, son aspectos que definen la poesía emergida en Norteamérica en los sesenta, y que aleja estas producciones de tendencias digamos más netamente literarias o elitistas.

Es por ello que la comunión de estos poetas con el contexto político del momento resulta crucial. Es más, no es que estos poetas se interesaran por tal contexto sino que fueron productos del mismo.  Se escribe según se vive, y al revés resulta incluso más revelador: se vive según se escribe. Hay más el deseo de comunicar con el flujo de la vida que la idea prioritaria de concebir una obra literaria formalmente impecable.

Entre los poetas de la época beatnik o hipi, Ferlinguethi era para mí el más elusivo y por ello mismo, el más interesante y raro.

Haber sido vagabundo y casi mendigo, participado en la Segunda Guerra mundial, y viajado por todo el mundo, con las profesiones encima, además,  de marinero, periodista, pintor, editor, poeta y librero, irrigan de amenidad una vida que alcanzó la guinda del pastel de ser centenaria. Apenas cumplidos los cien años, poco después de haber redactado sus cundidas memorias, Ferlinguethi cruzó la laguna Estigia, dejándonos un doble testimonio: uno, escrito de su obra literaria para los lectores y otro vivido de su propia existencia para los biógrafos.

El chico es el sucinto epígrafe con que Ferlinguethi titula sus memorias. Resulta curioso cómo las empieza. Tras una docena de páginas de tono regular y redacción lineal, exponiendo con rigor cronológico el orden de los hechos, de pronto y sin previo aviso, nuestro buen amigo Ferlinguethi da un brusco giro narrativo y a través de la conocida figura retórica del flujo de conciencia, se sumerge de un chapuzón en el grueso caótico de sus recuerdos y hace converger pasado, futuro y presente en una misma e impetuosa ola cuajada de imágenes y matices. El chico se convierte de golpe y porrazo en un convulso poema en prosa a cuyo ritmo pronto nos acomodamos, disfrutando del verbo ferlingethiano que remoza su memoria  con la instantaneidad de la imagen y el recurso poético.

Yo, lo que creo es que Ferlinguethi inició sus memorias con la intención de concebir un testimonio más o menos formal de sus experiencias. Cuando vio que llevar a cabo un rastreo exhaustivo de tantos años le iba a suponer un trabajo insoportable y aburrido para el que no tenía ni ganas ni tiempo, optó por el método del flujo conciencial, en el que el diseño del tiempo y sus hechos no pasan por la servidumbre del orden en que tales hechos sucedieron. Literalmente, con este método de escritura, la sucesión del tiempo estaba en sus manos. Y la verdad es que ahora se agradece, no por los esfuerzos que la lectura tuviera que realizar sino porque expresiva y rítmicamente, el texto muestra una gran viveza y sus pasajes resultan más…memorables.

Los comentarios y reseñas han exagerado un tanto el alcance conceptual de estas memorias, definiéndolo como poema cosmológico del sujeto Ferlinguethi, inmersión en los abismos intemporales de lo que fue engendrado y experimentado en el tiempo. Bueno, no es tanto lo que llega a decir Ferlinguethi sino cómo lo dice y durante cuantas páginas lo hace.  

Unas memorias al uso no hubieran sido tan emotivas, desde luego, ni tan deleitables en la lectura.

Ferlinguethi habla de todo en este vibrante discurso multidereccional y es más que notable el alcance cuantitativo de los hechos y períodos históricos de los que habla: desde las aventuras de un norteamericano en el París de los cincuenta y sesenta, hasta las redes sociales e internet, desde Bob Dylan hasta los registros electrónicos en música, desde las peculiaridades melancólicas y algo salvajes de su infancia y preadolescencia hasta las revoluciones hipis y beatnik.

Por su larga vida, Ferlinguethi logra captar en su poético registro una llamativa multitud de circunstancias y realidades que no dejan de ser sino los reflejos definitorios del convulso siglo XX, invocando finalmente, en medio del desorden, una conciencia común, una cuarta persona verbal del singular capaz de dilucidar lo que fraternalmente nos une. Este vaivén místico de Ferlinguethi casi diría que se hace inevitable en un texto que intenta reflejar la totalidad de una vida, la suya, imbricada con otras a lo  largo de tanto tiempo y a través de tantas multiplicidades espaciales. Y ello a pesar de que el autor no se desasosiega por ser literaria o filosóficamente ambicioso. Es el propio tono de lo poético el que supone percepciones unitivas y devenires harmonizantes  en medio de lo multitudinario y disforme.

El chico contiene, en definitiva, la vida de Ferlinguethi vivida como una aventura y ello no podía expresarse sino a través de un gran poema.  

  

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