Este sábado pasado, en
el debate del programa La Sexta explica, de la cadena,
evidentemente, la Sexta, alguien del
público, en pleno fragor del combate dialéctico a propósito de las carreras que
aseguraran una profesión económicamente ventajosa, ironizaba diciendo: ¡Anda, estudia filología! Fue escucharlo
y sentir como un dardo que se me hincara por sorpresa en plena carne. Se me antojó el
grito de un bárbaro, de un supino ignorante.
Hace ya tiempo que se ha
impuesto un criterio totalmente economicista a la hora de juzgar la bonanza
media de una sociedad o incluso, de un país. Esto resulta de tal manera que una
parte importante, casi diría que capital, de la cultura, viene a verse
menospreciada o marginada en un balance del estado general de las cosas, al ser
absurdamente entendida como económicamente irrelevante. Podríamos decir que la
urgencia en las precisiones y ajustes económicos ha desvirtuado de tal manera la
comprensión de la realidad, que acaba por determinar la dimensión de ese
interpretar.
Todo este asunto es el
que denuncia el poeta y semiólogo Jenaro Talens en su artículo El
estatuto del lector, en donde señala la imposición perversa de la noción
de utilidad en ámbitos universitarios
y del conocimiento.
¿Puede juzgarse útil,
por ejemplo, el estudio de una lengua muerta como el latín o cualquier otra
disciplina que sólo habite en los estantes polvorientos de la historia? Pero,
claro, precisamente no es de este modo insólitamente simplificado y
caricaturesco como hay que administrar y articular el saber, pues lo que
aparentemente parece no útil en un primer momento de observación, se revela
como importante y sustancial al enfocar el problema de otro modo. El latín no
es una lengua en activo, aparentemente, pero todas las lenguas romances que se
hablan en Europa y América poseen un vínculo con ella que la convierte en
referencia de una memoria común, lo que se explica a través de una infinidad de
términos y conceptos relacionados con la lengua y con lenguajes técnicos. Y
este es sólo un ejemplo entre otros más que apunta a aquello que decía Ortega y Gasset, “la barbarie de la
especialización”. Explicita Talens a propósito: Como si la idea de especialización implicase por sí misma, un avance
ineludible en el conocimiento.
Lo lamentable es que tal
percepción de las cosas haya saltado a los circuitos universitarios, atacando a
las Humanidades, el sector del saber más vulnerable a la marcha barbárica y reduccionista
de ese pensamiento.
Detalla entonces,
clarísimamente, Talens, en el mismo texto: La
progresiva desarticulación y atomización de las enseñanzas, sobre todo en el
campo de las humanidades (las más fácilmente atacables desde la perspectiva “mercantil”
de la utilidad productiva) no han hecho sino preparar el terreno para su actual
cuestionamiento, con la excusa de la
escasa incidencia social de sus enseñanzas y el número cada vez menor de
alumnos interesados en seguirlas.
Es por este panorama,
por el avance increíblemente vulgar e ignorante de tales ideas en el ámbito del
conocimiento, por lo que las palabras del invitado anónimo se me antojaron un
dardo con óxido incluido. ¿Cómo, ante presupuestos tan escuetos por no decir,
escuchimizados, vamos a pervertir el camino del saber, a renunciar o fracturar
nuestra memoria, confundiendo las incidencias azarosas del progreso con un
objetivo exclusivamente económico? Adiós identidades, adiós cultura y lenguaje
ante semejante miopía y miseria.
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