León Bloy, con más o menos cariño, llamaba a los protestantes "salvajes".
Aunque creamos que no nos guste o la pensemos como poco accesible, la existencia de la música clásica ya nos asegura el paraíso en un recodo del camino, en una circunstancia inesperada, como sea... Escucho a Clara Schuman o a Chopin, y la delicia más divina me envuelve el cuerpo en un estremecimiento. Y me digo, en ese mismo momento: que no pare, que ese piano siga sonando, que las manos célicas de Clara o de Chopin no dejen de articular, de pulsar notas. La paz del universo depende de ello.
El poema es memoria hecha, cumplida, que festeja.
Nadie se entera de que ha muerto...
El simbolismo es un barroquismo de la sensación y de la escenografía.
Me da alegría ver un libro sobre la mesa. Alegría y esperanza.
A veces pienso que los motivos que provocaban en mi juventud ensoñaciones y alumbramientos furtivos de pequeños paraísos, con la edad se acartonan, se atomizan y desaparecen aniquilados por el tiempo. Pero no. En un instante de bienestar físico y súbita lucidez, regresan, de pronto, intactos, como si respondieran a una evocación inconsciente.
Esos poemas de Rimbaud donde se festeja la vida en las ciudades, esa vida maravillosa de fiestas y lujos, ciudades en las que la vida se presenta cuasi exótica de brillante, única y mítica. Parece que estos paisajes mentales correspondan a una suerte de pasado remoto, pero lo que se siente es que tal vitalidad regresará, que esas ciudades esplendorosas serán las nuestras.
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