miércoles, 11 de enero de 2017
martes, 10 de enero de 2017
Joan-Carles Mélich. LA PROSA DE LA VIDA. FRAGMENTOS FILOSÓFICOS II.
Con
esta segunda entrega de ensayo hiperbreve
o elucubración aforística, confirma Mélich
su distanciamiento definitivo de todo pensamiento dogmático en tanto que emisión,
más o menos camuflada de esa ortodoxia que ha tendido a sacralizar los
conceptos en detrimento de consideraciones más implicadas con los contextos vivenciales
y existenciales en que tales conceptos vienen envueltos o se relacionan. Mélich
critica el estatismo formal de los
sistemas filosóficos como algo opuesto a un modo de pensar la realidad más directamente enfrentado
a los problemas que presenta la contingencia. No se trata de una mera cuestión
de gusto especulativo: el ensimismamiento filosófico corre el riesgo de no
poder definir las consecuencias humanas que pueda conllevar el nuevo acontecer
político, estético o científico.
“Al
principio no fue el verbo sino el adverbio”, nos dice Melich en uno de sus
brillantes aforismos, confirmando esta desconfianza ante los presupuestos de
metafísicas demasiado brillantes, meramente teóricas y alejadas de la vida: viene
a señalar el contraste entre la fijeza esplendorosa del verbo y su mero y vital
discurrir – el espacio del adverbio, es decir, el lugar en que se produce el
flujo de los aconteceres humanos, la suma de las circunstancias, “la prosa de
la vida” - .
Una
teoría puede ser una creación memorable, pero no podrá ser algo prioritario
ante la vida, sus sorpresas y sus accidentes, su color y su latir, su imprevisibilidad y su
creatividad. Si frente a la relativa seguridad de los idearios cerrados Mélich
opta por enclavar el pensamiento a la intemperie es porque cree que esta es la
decisión éticamente correcta.
La prosa de la vida nos muestra a esta, a la
vida, tal cual es: entrañable y llena de
impurezas, arisca a todo etiquetado definitivo, incompleta y siempre fluyente.
Es en esa prosa de la vida, donde se produce tanto la belleza como el horror,
donde es posible, igualmente, vislumbrar la esperanza como constatar el
desastre. La prosa de la vida, en suma, es el sitio en que lo quebradizo y lo
glorioso se dan por igual. Por ello es que pensar la realidad desde ahí mismo,
en esa simultaneidad de sucesos antagónicos, sin las mediaciones exclusivas de cuerpos
de conceptos o tendencias, nos aproxima a la autenticidad del ocurrir.
Ante
los grumos vivenciales y los problemas comunicativos que asedian y son lo real,
la ética se erige como la única guía que
nos asegure una posibilidad de entendimiento, la que inicie el proceso de una
comunicación o de un dirimir el universo del otro. Es más: la ética es
reivindicada como el único modo de relacionarse con el otro y con lo otro del
otro.
Para
Mélich somos vulnerables frente a la rigidez de las empalizadas conceptuales y
nos falta inteligencia e imaginación para designar el cuerpo como lo más frágil
y divino que somos.
Mélich
dice algo importante, yo creo que clave e irrebatible que toda pedagogía
debiera hacer recordar: “No podemos existir solos”. Una adecuada comprensión de
ese aserto arrojaría puñados de luz tanto sobre nuestros prejuicios como sobre
los tramos de esa prosa de la vida en que a veces naufragamos y en donde
convivimos con los demás.
Mélich
llama a su pensar filosofía literaria:
el entramado aforístico, constelado de citas tanto literarias como filosóficas
de los más distintos autores, facilita la articulación de la serie de observaciones y
persuade en la lectura acerca de su pertinencia y comprensión.
Casi
voy a repetir lo que en mi anterior reseña sobre la primera entrega de estos
Fragmentos Filosóficos, dije: el deseo de que una tercera parte nos haga
disfrutar del mismo modo y que ello nos haga tomar nota de lo que Mélich tan
acertada y meridianamente expone.
sábado, 31 de diciembre de 2016
martes, 27 de diciembre de 2016
NOTICIAS. NOTAS EPOCALES.
“La muerte no es verdad
cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, informativos de la televisión
cubana tras dar la noticia de la muerte de Fidel Castro.
Dicho popular de los sábados
en los años sesenta, según recuerda mi padre: los sábados, camisa limpia y polvete.
De pronto percibo un mal
olor. Microsegundos después, identifico el olor y la sensación cambia: es olor
a la naranja que, anteriormente, he tocado, y que me ha sorprendido. O sea, que
incluso el olor precisa de un instante para ser reconocido, no resulta inmediatamente
identificada su procedencia y, por consiguiente, la calidad de su percepción,
si se trata de un buen o mal olor.
“No estoy autorizado a dar
esa información”. Esta frase que yo creía de película americana y de factura
relativamente cercana en el tiempo, cuando no de total actualidad, la escucho,
pero matizada de humorística ironía por el personaje que la dice, en una
película española de 1973, La madrina,
protagonizada por Lina Morgan. Teniendo en cuenta de qué estamento proviene la
frasecita, - seguridad nacional y
espionaje – la recepción y crítica a este tipo de lenguaje resultan contemporáneas.
Que Dios directamente intervenga en este mundo no sólo no es nada
aconsejable sino que es imposible. Apócrifo
de Soren Kierkegaard.
Examinando videos de Germán
de Argumosa. En concreto, uno de 1978 en el que habla con Jiménez del Oso sobre
las caras de Bélmez. Firmeza y rapidez en la exposición del juicio, diafanidad
y lucidez de un discurso impecable, que contrasta o se intensifica curiosamente
con el aspecto recio de su rostro y su mirada no altiva sino “dura”, exigente.
Me llama la atención este manejo del discurso, “perfectamente actual”, es
decir, no afectado por mitologías y estereotipos tales como “los años de
dictadura” ni por determinaciones de ese tipo. Otra cosa es percibir en la
puesta en escena de su entrevista, en los aspectos de sus vestimentas, la de
Germán y la de del Oso, cierta aura de época, cierta lentitud voluptuosa que
contemplada ahora me produce fascinación y melancolía: el humo del tabaco, la
planta del decorado, el colgante hipi y esotérico de Jiménez del Oso, la
abundancia de barbas setenteras. Es decir, la lógica del discurso entre el
entrevistado y el entrevistador es contemporánea de mi pensamiento. Los
atuendos y la atmósfera concreta en que tales locuciones se producen, ya no.
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