miércoles, 25 de julio de 2018

ACTUALIZACIONES


 
 
 
 
En la Red, veo un programa grabado por la televisión mejicana en 1981. Se trata de una tertulia entre Borges, Octavio paz y Salvador Elizondo. Hablan sobre el tiempo y la poesía como testigo privilegiado del mismo. Lo que enseguida choca es pensar que este programa se emitiera en horario de máxima audiencia. Hoy sería impensable que, con el jolgorio de cadenas buscando reclamar audiencia, se lograra tal cosa con un tranquilo debate filosófico sobe el tiempo. Y ello no sólo por cuestiones mediáticas sino por el propio contenido: actualmente las prioridades tertulianas son esencialmente de índole política. El acoso mediático sobre la realidad es de tal calibre que cuesta imaginar que un debate puramente filosófico pudiera satisfacer el interés multitudinario de la audiencia. Resultaría anacrónico e insólitamente ilusionante a la vez.
En cadenas privadas o locales, en programas radiofónicos pueden darse tertulias de este tipo pero no rellenan sino las casillas fugaces de temas varios que las grandes cadenas dejan a sus flancos deslizarse. En cuanto a las sensaciones específicas del visionamiento de este debate entre los tres grandes autores, experimento como dos pulsiones: por un lado celebro verlo, me gustan los escritores ahí reunidos, lo que dicen y cómo lo dicen; por otro, uno percibe que el tiempo hace surgir nuevas realidades y nuevas formas de interpretar, por ello, quizás, la brillantez expositiva de los contertulios supone, a veces, juicios algo expeditivos.       
 
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Si no hablas el lenguaje de las nuevas tecnologías – facebook, wasap, twitter, etc – eres un marciano y, lo que es peor, estás fuera de onda, fuera de la comunidad virtual de hablantes. Bueno. Da igual. La realidad es siempre más compleja e insólita. La actitud a seguir por el disidente relativo sería la de saber utilizar en la medida de lo necesario todas estas herramientas y no rendirles ningún culto, porque entonces sí se produce un intercambio de esencia y el instrumento modifica lo que se comunica a través de él.

 



 

Ante el cuasi avasallamiento tecnológico la soberanía individual debiera radicar en la no delirante actualización de lo que se oferta,  domeñar la maniática puesta a punto del equipo personal.

 

Si es necesario, fingir indiferencia. Lo que vuelve loco hoy, mañana está cubierto de telarañas.

 
 
 
 
 
 
 

El capital del reino actual es la información – de todo tipo - . Pero en ámbitos filosóficos, el exceso de información es contraproducente para el conocimiento. Es más, no basta. La información es como un paquete de contenidos relacionados y ordenados sintéticamente que se añade a relaciones y nexos igualmente engrosable y ordenados de ese modo. Para el pensamiento la información es meramente un conjunto de datos archivables, algo estático que le falta la relación con la vida, es decir, con lo que la hace verdaderamente eficaz y justificable, con un contexto.

 

 

Ninguna moda o tecnología en alza pueden afectar a nuestra soberanía. Lo que sí resulta inadmisible es el poder de opresión de la estupidez.

 

 
 
 
 

La teoría pura precisa del contexto, del conjunto eventual de las circunstancias para hallar su contraste y justificación, para comprobar su eficacia y verdad. El contexto corrige la teoría, aunque en casos extraordinarios también ocurra lo contrario. No todo lo que ocurra lo sabe ya la teoría. Si la teoría calcula variaciones y conjuntos de variaciones, puede que no sospeche cuándo nos podemos cansar de sus vaticinios.   

 
 
 
 

Si pudiéramos analizar, en el curso de un acontecimiento breve, moléculas de tiempo, apenas entrado en el análisis de la primera, ésta se desplazaría fatalmente al pasado o al futuro inmediato. ¿Hasta qué punto una molécula de tiempo analizada aguantaría en el presente mientras es estudiada? O quizá sea una virtud del tiempo en tales  medidas no corresponderse estrictamente con ninguna forma de tiempo concreto estando un poco en todas.






jueves, 12 de julio de 2018

Alejandra Pizarnik. Poesía Completa.






Esta edición
 
El gran atractivo de esta edición de la poesía completa de Pizarnik llevada a cabo por Ana Becciú es que rectifica y mejora intentos anteriores de la misma empresa. Incluye poemas hallados en carpetas y cuadernos que hasta ahora habían escapado a ediciones póstumas, incluyendo correcciones de ediciones anteriores, reajustes de fechas, etc.

Pero aun así, la editora nos advierte que esta publicación no pretende ser la definitiva: las citas de obras de otros autores o las anotaciones de frases escuchadas al azar o extraídas de conversaciones que Pizarnik seleccionaba y guardaba meticulosamente como material inspiratorio conforman un archivo, en poder, actualmente, de la universidad de Princeton, que espera su edición correspondiente, del mismo modo que, por ejemplo, la ha tenido el archivo personal de Lezama Lima.

De todos modos, el placer exclusivo de esta edición es que nos permite un seguimiento puntual de lo que escribió y publicó Pizarnik a lo largo de su vida en el ámbito de la poesía, y es de este modo como reproducimos con la lectura, los episodios precisos de una escritura única. El último texto que encontramos en esta edición que sigue un estricto orden cronológico es el poema que Pizarnik dejó escrito en su pizarrón de trabajo, prácticamente, instantes antes de morir.

Simplemente añadiría con respecto a esta edición  que la fidelidad en el orden cronológico de los textos publicados suple cierta falta de aparato crítico que toda edición completa debiera llevar sobre el poeta en cuestión: recurrencias temáticas, tipologías simbólicas, incidencias varias de la escritura, intenciones formales de la autora, preferencias, alusiones o influencias, etc… 

 

PRIMERAS OBRAS

Con el paso del tiempo, Pizarnik se distanció de sus primeros libros. En realidad se trata sólo de un gesto que no confirma lo que expresa. Nos encontramos esta constante en muchos autores importantes de la literatura, en Borges, por ejemplo, para no ir, geográficamente con respecto a la poeta argentina, más lejos. Y como en el caso, también, del citado Borges, este alejamiento, cuando no, secreta abominación de lo primeramente publicado, suele resultar no muy acertado. Precisamente, en los primeros libros de poesía publicados por Pizarnik, La tierra más ajena o La última inocencia es en donde encontramos ya alguna de las grandes intuiciones de su poesía expresadas de modo diáfano.  

En estos primeros libros alienta una poética muy libre que se satisface con el formato más bien breve de imágenes sorpresivas, característica formal típica de la obra poética de Pizarnik.

Pero lo más temible es la precocidad con que el devenir de un destino trágico, el de su propia vida, se vaticina en tanto que la musa es a penas liberada. La presencia de la muerte, involucrando tenaz y complejamente al sujeto poético que enuncia los versos, o sea, a la mismísima Alejandra, aparece, desaparece y reaparece en fogonazos, y se puede ya detectar, por ejemplo, en poemas como Azul, de 1955. Pocos poetas encontramos en la historia de la literatura en quienes la muerte como motivo poético y  existencial se haya convertido en un asedio personal tan contumaz e indesligable de las andanzas propias.      

Habría que hacer una discriminación valorativa en la escritura de Pizarnik, a propósito de presencias y densidades envolventes. Cuando Pizarnik desciende al ruedo de la poesía asume un destino, un exilio interno y un desasosiego de desenvolvimientos probables varios; cuando empuña la pluma de la prosa creativa encarna un espíritu diferente, explota el humor delirante y casi diríamos, toma contundente venganza de ese secuestro del alma experimentado en la inspiración poética, a través de la conversión del lenguaje en una máquina de semejanzas disparatadas, de confusiones y mixturas fónicas. Escribiendo prosa, sus textos de humor, como ella los designaba, explota la materia sonora del lenguaje volatilizando el sentido o ubicándolo en enclaves desternillantes; cuando escribe poesía el humor se deja de lado, y las palabras adquieren una misión frontal: hablar de su exilio, de su sueños incumplidos, de la orfandad de su alma, de la aspiración a un paraíso definido por la recuperación de la infancia rota. Si la poesía es el lugar de lo posible, como ella misma declara, esa posibilidad renuncia al mero desbaratamiento patafísico y se atiene a la formulación preciosa y temblorosa del prisma en que quede nítidamente expresada su esperanza más herida y su ansia ante lo que ya secretamente se ha cumplido.

En sus primeros libros hay poemas que suenan únicos, aunque no dejen de remitirnos a esa asunción reverberante de lo fatal, como por ejemplo, El despertar, que es una auténtica oración dirigida a lo ignoto o a la divinidad,  a quien,  pide clemencia por su mal que parece incurable. El poema está significativamente dedicado a su primer psicoanalista, Leon Ostrov, como si, podríamos pensar, su paciente quisiera mostrarle las capacidades curativas de la palabra de otro modo que tendida en el diván.

 

 
 


VOZ ÚNICA
 
El prólogo de Octavio Paz al libro Árbol de Diana es la réplica a un estilo (y a una voz) que emerge como interesante novedad en el panorama poético de la década. La precisión, la delicada belleza, la discreción formal unida a la audacia en ese formato del poema breve y del poema en prosa, son las características que resaltan en esta voz nueva que es Alejandra Pizarnik. Se podría decir, sin  correr riesgos de reboso crítico, que Alejandra es minimal y abismática al mismo tiempo, que sin desparramarse en poemas largos hace efecto de contención expresiva en poemas que convierte en brillantes punzones de lucidez. El poema que dedica a Antonio Porchia y que se encuentra en Los trabajos y los días, es una brillante síntesis del pensamiento y del hacer literario del poeta italo-argentino, y casi merece un análisis específico aparte por la sutil complejidad de lo que dice con tan pocas y aparentemente, sencillas palabras. No puedo evitar citarlo por completo aquí.

Las grandes palabras

aún no es ahora

ahora es nunca

 
aún no es ahora

ahora y siempre

es nunca

 

Entiendo el poema de la siguiente manera: ahora, en el momento y mundo donde nos encontramos, no se produce la plenitud, la felicidad, teniendo en cuenta que tal estado siempre se ha prometido a través de desesperantes futuribles y enclaves edénicos imposibles, es decir, será en el mañana, o bien fue en un mítico pasado donde fuimos y seremos libres y felices. Pero ocurre que todavía –aún no es ahora – no ha llegado el momento de la felicidad general prometida, porque ese, el instante en que se producirá, - ahora -, no ha llegado. El segundo verso confirma con angustia la imposibilidad de ser feliz tras caer toda esperanza, al ser conscientes de que tal esperanza es una ilusión. Por ello, lo que este segundo verso afirma tremendamente, es  que la esperanza no se producirá nunca ya que el tiempo que habitamos, ahora, no confirma en absoluto nuestros deseos. Los versos finales de la segunda estrofa desalojan a todo tiempo conocido de una verdadera liberación del alma, y lo que indican con esta vertiginosa sencillez es que no conoceremos en esta vida, - este ahora en el que somos – esa libertad o felicidad deseadas. El machadiano Hoy es siempre todavía, reflejo sutil del dicho la esperanza es lo último que se pierde,  deja un rescoldo de esperanza, ofrece una posibilidad  de vida en el hoy, concepto temporal más amplio y  menos urgente que el del  ahora de Pizarnik. La poeta argentina ha quemado las naves de la paciencia, sabe que nunca llegará la felicidad en el tiempo que se vive; el poeta español define un vívido margen de lucha, al proyectar la posibilidad del renacimiento personal en el tiempo material del que aún se dispone.

 

TEXTURAS DE UNA SOLA INTENSIDAD
 
Cristina Piña afirma que cada vez que se aproxima a la poesía de Alejandra descubre algo nuevo. Este volumen de la poesía completa de nuestra autora, lo adquirí a principios de febrero y lo he terminado de leer, sin prisa y con todo el placer del mundo, a mediados de este mes de mayo último. En ese transcurso de lectura y de andadura relajada por los textos de Pizarnik,  también he creído percibir, dentro de su linealidad dolorida y sentimental, reverberaciones tonales, modalidades formales. Ante la mayor narratividad de los poemas en prosa o ante la definición de una iconografía – lilas, niñas, jardín – hay otros poemas que asaltan la sensibilidad o incluso, se hacen estremecedores.

Un poema como Privilegio, me hace recordar a Celan, por esa pureza compleja de lo que invoca y cómo lo invoca; o bien, en pasajes de poemas de Extracción de la piedra de  locura, hallamos confesiones y ruegos que arden entre otros desenvolvimientos convulsivos, incluso entre versos que podríamos conceptuar como brillantes aforismos: Alguna vez se olvidarán las culpas, se emparentarán los vivos y los muertos.

La imagen, que no imaginería, en Pizarnik es tan declaradamente hermosa como sorpresiva: El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz dentro de la luz.

La poesía es el espacio de lo polisémico y, aunque las incursiones críticas sean legítimas, la exégesis que se pretenden definitivas siempre resultan empresas ingenuas y pedantes. Ante la poesía, y sobre todo ante una poesía como la de Pizarnik solo cabe el asombro y el estremecimiento. Como, ciertamente, estremecedor resulta el poema En esta noche, en este mundo, poema que la poeta escribe al borde de sus fuerzas, en el mismo límite y que también es un ruego, una solicitud de ayuda. La enfática precisión espacio-temporal y el tono desesperado lo hacen inolvidable.

Algunos de los poemas inéditos que recoge esta edición, la mayoría breve y sin título, son la continuación semántico-expresiva de un mismo verso, insinuado en poemas anteriores, la prolongación de un solo eco. Entre estos poemas inéditos hasta el momento nos encontramos con el que resulta más extenso, escrito en Buenos Aires, durante una de sus últimas estancias en el hospital, titulado sin ambages, Sala de psicopatología,  que viene a ser una suerte de manifiesto autobiográfico y que me ha hecho recordar ciertos textos de Artaud. A la mayor desesperación se une la falta de miedo a desnudar su alma y su vida en unas líneas delirantes que no admiten comentarios. En realidad, una poesía como la de Pizarnik no necesita de comentarios sino solo de escuchas estremecidas.

Si Pizarnik desapareció en el agujero negro del suicidio, no hay un modo, aparentemente, más sencillo de seguir escuchándola que a través de sus poemas. Resulta estremecedor comprobar cómo en multitud de poemas, en versos concretos  insólitamente expresivos, Alejandra nos habla como si lo hiciera ahora, a más de cuarenta años de haberse despedido del mundo que nosotros habitamos.  Su poesía es, efectivamente, no solo el lugar de lo posible, como ella decía, sino el punto en que, trémulamente resurrecta, se encuentra congelada, presa su voz. Hiperconsciente de su mal y de su destino, Pizarnik vuelve el rostro y nos dice desde la lejanía que habita lo que le sucederá y lo que le sucedió, y, ciertamente, lo que le está sucediendo. Alejandra, habitante de confines convulsos de luz y sombra.






FASCINACIONES ÚLTIMAS Y FUNCIÓN DEL AMOR

 

Cada artista posee su encanto especial. Como diría el poeta, hay en Pizarnik “un no sé qué”,  que constituye su atractivo y que es lo que provocó que, personalmente, profundizara en ella a través de unas primeras lecturas de sus poemas y posteriormente a través de su diario para acabar con la lectura de su obra poética íntegra en este volumen que presento y reseño.

Confieso que me acerqué a la figura y a la obra poética de Pizarnik con el temor de que estuviera demasiado anclada en las culturas reivindicativas de los sesenta y principios de los setenta: revolución social y sexual, preocupaciones filosóficas a cerca del lenguaje, influencia, todavía demasiado evidente, del psicoanálisis, mucha cultura francesa, etc... Pero como la misma Pizarnik declaró, su obra se ha hecho desoyendo tendencias de moda o escuelas, y finalmente, he comprobado que la belleza de sus versos no dependen de  ninguna lectura epocal determinada sino que inauguran un espacio propio signado por la melancolía, la ausencia y el poder evocativo de un verbo que no teme sobrevolar simas y abismos e internarse en ellos. Su suicidio rubricó esta entrega de su verbo a las nominaciones últimas y desesperadas. Sus delicadas incursiones en mundos posibles y tremendos se cerraron trágica y brillantemente con su sacrificio personal, señalándolos a todos qué exige del poeta la verdadera poesía, en qué términos quiere lo poético que los poetas dancen al borde del abismo.

Desde esa entrega definitiva, Alejandra vuelve a nosotros como un eco, en los distintos términos de su poesía, es desde esta que como un lúcido espectro cuenta lo que le sucede y lo que iba a suceder y es todo este dolor entregado a nosotros su máximo testimonio. ¿Podremos verla de nuevo si nos encadenamos etéreamente a estos versos, si dejamos por un instante que arda en nosotros la verdad a la que se refieren? Las personas que tuvieron la suerte de conocerla, ¿la reconocerán  en esta edición de su poesía completa, emergiendo de abismos cristalinos, como expresión de una alianza de amor irrompible que todavía estuviera ahí, en el universo virtual de esta poesía?

Extrañeza, belleza, drama, efervescente melancolía, son alguno de los ingredientes de una poesía extrema, de una andadura lirica única, de una dicción personalísima. Que todo ello nos estimule y nos decidamos a hacer el extraño viaje,  ingresando en un alma compleja y ardiente. Su rescate depende en buena medida de nosotros, lectores que además nos  convertiremos en amantes, pues amándola es como hallaremos la mejor y más verdadera imagen de Pizarnik: el que me ama aleja a mis dobles.   

 




 

viernes, 29 de junio de 2018

LECTURAS y notas sobre ALEJANDRA PIZARNIK


 
 
 
  A la temblorosa luz de un descubrimiento.

Toda obra de arte compleja – novela, composición pictórica, composición musical – supone para  quien se acerque a ella  un proceso de lectura hasta su comprensión total, punto, este último que no cierra tal proceso, pues el mensaje estético renace con cada lectura, con cada contacto y no prevé ningún cierre definitivo.  En mi caso, por ejemplo, con el cine de Bergman he experimentado, a través del tiempo, esa suerte de proceso asimilativo que ha supuesto acercamientos y distanciamientos con respecto a su obra fílmica. Recuerdo las primeras impresiones, la sorpresa y  la novedad que supuso su descubrimiento a finales de los setenta. Entonces lo que me gustó fue el estilo, el tipo de historias, me quedé en la mera fascinación por un modo de narrar bien distinto al hollywoodiense. Me gustaba, precisamente, porque era raro, distinto a los modos estandarizados del cine clásico norteamericano.

Luego, más adelante, experimenté cierto rechazo. A fin ales de los ochenta el cine de Bergman me parecía una muestra de pedante cine protestante, obsesionado siempre con los mismos temas trascendentalistas. Luego, a finales de los noventa, el cine de Bergman nació en mí de nuevo, era como si lo hubiera descubierto por primera vez, me fijaba en cosas en las que nunca me había detenido antes, y uno de esos aspectos que me hizo valorar definitivamente las obras de Bergman fueron los finales, los esperanzadores finales (a veces no tanto) que cerraban las historias. Creo que algo parecido, en lo meramente procesual,  me ha ocurrido con la obra de Pizarnik.

Cuando leí por primera vez sus poemas y conocí los datos de su biografía, me impactó de inmediato, enseguida percibí que aquella tensión en las palabras denotaba la presencia de una autora fulgurante. Su poesía era tan fulminantemente consecuente con la biografía que la autenticidad de su valía me la dibujaron de modo muy elocuente, distinguiéndola de cualquier otra poeta. Pero el dato fatal de su suicidio se tornó en mi imaginación en una impronta negativa. Por la época en que conocí su obra, yo pasaba por unos momentos asediado por la desesperanza y las depresiones. Interpreté, ingenuamente, a Alejandra como una hermana en el sufrimiento al tiempo que ese suicidio gravitaba sobre mi cabeza de mala manera.

Después de muchos años sin frecuentarla, me encontré en un centro comercial con las ediciones tanto de la poesía completa como de los diarios de la autora. Me distancié de la poesía pero me atrajeron morbosamente los diarios. Tras vencer cierta resistencia, y, desde luego, muy lejos de sólo tender  a realizar lecturas “sanas”, adquirí el grueso volumen de los diarios editados por Lumen y me zambullí en la nueva tentación que supone todo libro recientemente adquirido.

En cierto sentido me ha ocurrido como con el caso del cine de Bergman, creo que es ahora cuando comienzo a enterarme de quién es Alejandra Pizarnik, a hacerme una verdadera imagen de esta poeta. La galaxia textual que suponen sus diarios, sus reseñas, sus textos patafísicos, su poesía, me ha hecho viajar por un espacio de alusiones concreto pero extraordinario, el mundo de una autora tan bohemia como inteligente, tan libre como crítica, tan seductora en su melancolía como signada por un drama íntimo. Ardida en su confín, tomada en el cuerpo por la simbología que emergía de sí misma y, sin embargo, tan desafiante contra el lenguaje, que intenta dominar, comprender y someter para precisamente, liberarse del condicionamiento cultural que portan las palabras, “las perras palabras” en el fondo tan vendidas al más audaz postor como peligroso artificio para quien se implique en su manejo profundo.  La intensidad en la asunción de su destino poético es tal que no tiene tiempo para quedarse en el mero respeto de las habitualidades formales del oficio de poeta. Y ahí coincide con un Baudelaire, para quien no había nada más odioso que hacer versos…

 




  Con o sin poéticas.

Decía Bachelard que el objetivo final de los poetas es producir imágenes nuevas. La obra de Pizarnik supone un conjunto muy definido de imágenes. Siendo algo expeditivos podríamos decir que la obra de un autor es su retórica. En el caso de Pizarnik me detengo a reflexionar: sus imágenes más comunes – jardín, lilas, niña - ¿son la puesta en escena de un conflicto interior, la solución que ella se da a sí misma para esclarecer qué motivos antevienen o protagonizan tal conflicto? ¿Podemos escindir el acecho de la locura, la enfermedad mental de la poética de Pizarnik? ¿Hasta qué punto una cosa es o no consecuencia de la otra? Si Pizarnik no hubiera sufrido la psicosis que le torturaba tan precozmente, ¿hubiera producido la obra que todos conocemos? Son cuestiones lógicas, preguntas previsibles  que uno se plantea, pero que no trascienden su formato de interrogante ante lo que es indivisible e incuestionable: experiencia y conflicto, escritura y vehículo expresivo de una sensibilidad, unidad contradictoria de lo viviente.

 

   Singularidades 

Como señala Ivonne Bordelois, Pizarnik supone un caso único en la literatura escrita en español por la intensidad de su escritura, por la aventura literaria en la que se sumerge y con la que pretende exorcizar demonios interiores, por una personalidad y experiencia vital que desarbola y rechaza etiquetas. Su obra poética se cierne de modo especial sobre el sujeto existencial, es decir, sobre ella misma. Pero su capacidad crítica como lectora nos ofrece en reseñas concretas, en pasajes de su diario, interpretaciones de autores y obras literarias que hubiéramos deseado no se interrumpieran nunca. Qué justa es su interpretación de Azorín, más interesante y seria que la que hace Borges, por ejemplo.  


 
 

  Orígenes, causas de lo ausente

No sé hasta qué punto el hecho de ser judía, de provenir de Europa y sentirse, en algún momento, “extranjera” en la propia Argentina fue o no una ficción que Pizarnik admitió para justificar de algún modo la naturaleza conflictiva de su identidad. Estaríamos, en este aspecto, ante una problemática igual a la que anteriormente he planteado: ¿su enfermedad la volvió poeta para explicar su propia enfermedad, o fue el ser poeta lo que la volvió loca? En fin, como se ve, un anillo de Moebius que no puede resolverse si pretendemos separar lo que está inextricablemente unido o implicado. De todos modos, lo que quizá ella creyó que explicaba originariamente, las complejidades de su personalidad, sí influyó en su imaginario y aunque lo desechemos a la hora de invocar su obra y su nombre, se trata de algo que no deja de estar ahí, más o menos teóricamente. De todos modos, los poetas complican indefinidamente toda materia que puedan utilizar, pues saber, conocer estos datos no explica ni cura esa desolación interna que Pizarnik cantara en sus poemas. “Eso” es siempre otra cosa que su mera explicación.  

 

  Estéticas en movimiento

Para Pizarnik el surrealismo no supone ninguna adscripción estética, sino la confirmación de una práctica libérrima del lenguaje y de la imaginación que puede constituirse en modelo o referencia en tanto que se ha producido en la historia y aglutina nombres de escritores y artistas plásticos. Pizarnik no copia ni estilos ni imágenes: procesa lecturas y aventuras estéticas, de ahí la semejanza y simpatía con que observa este movimiento. Le interesa Michaux por los territorios en los que se interna, al tiempo que lee con intención de instruir la lengua a un Quevedo o a otros clásicos españoles. Cierto es que en los textos que la autora califica de “humor” parece un Jarry redivivo, pero no se trata de mero seguimiento doctrinal sino de asimilación espontánea de un lenguaje que resulta compartido. Alejandra es surrealista de modo natural.

 
 

 Complejo, complicado.

En uno de los artículos de su libro Tratados en la Habana, Lezama Lima decía que mientras Racine podríamos definirlo como complejo, a Gide, habría que definirlo como complicado. Creo que Pizarnik es tanto una cosa como la otra, es ambas cosas: es complicada por su forma de vivir, por sus elecciones sexuales, por sus adicciones al alcohol o al tabaco, por la necesidad de amor y de pastillas, por su bohemia; es compleja porque no depende de su voluntad esa presencia gravitatoria de un mal primigenio sobre su persona, porque el cariz que adquiere su entrega a la palabra poética como única redención es, finalmente, total. Si su padre fue joyero, a ella le tocó internarse en las minas difíciles del yo y de lo inconsciente para hallar las joyas verbales de máxima pureza, aunque de ello no encontrara sino fragmentos carbonizados.  

 


  La muerte peleando

Desde luego lo que resulta totalmente específico en el “caso” Pizarnik es el tema del suicidio, y creo que esto es tan inevitable como falso, hasta cierto punto. Para los lectores apasionados de Pizarnik, su suicidio es tanto un enigma como un aguafiestas en  el goce de la lectura de su obra. En el reboso que da el tiempo mismo, la localización de tal decisión se hace cada vez más temprana en la vida de Pizarnik, es decir, casi remota e indescifrable. En un momento dado, dice que debiera haberse suicidado a los 18 años, pues en una edad más madura tal decisión se hará más complicada e incluso banal, teniendo en cuenta qué es lo que pretende hacer Pizarnik con él, qué es lo que va a conjurar o a supuestamente liberar. Teniendo en cuenta la calidad de su obra, el carácter de su invención prosística, por ejemplo, cabría preguntarse hasta qué punto este suicidio ha beneficiado a su obra o si podría llegar a convertirse en un molestoso obstáculo. Recordemos las palabras que le dirigió Cortázar, exigiéndole que continuara escribiendo y olvidara el suicidio. ¿Si no se hubiera suicidado, su obra poética fallaría algo en su validez, en su verdad? Cierto es que el suicidio coloca la rúbrica final a una obra única, es el certificado sumo de una implicación total, pero recordemos que en el transcurso lineal de sus días era posible concebir a una Alejandra que continuara escribiendo, tal y como Cortázar le rogaba. Es decir, y simplificando, ¿el suicidio de Pizarnik constata definitivamente el destino literario de su vida, que su razón de ser en el mundo era absolutamente literario y que por lo tanto, hasta su muerte debía nimbarse de los motivos de su poesía; que la consecuencia existencial de su competencia poética no podía si no tener este fin; o por otro lado, nos encontramos con un complejo psíquico no resuelto y  urdido de modo muy precoz en el sujeto psicotizado Pizarnik? A mi modo de ver si es posible sugerir teóricamente esta dualidad, esta disyuntiva, en realidad son dos cosas que vienen a ser irresolublemente una. La alternativa para hacernos más claro el planteamiento de esta disyuntiva podría ser este: el mismo conflicto psicológico que sufrió Pizarnik, si fuéramos capaces de sustantivarlo y colocarlo experimentalmente en la mente de otro sujeto, ¿hubiera tenido como resultado el mismo suicidio? Pero este planteamiento es un tanto irrisorio, pues el ser – poético, metafísico, moral – de Pizarnik es indivisible del conflicto que se tejió en su ser mismo.  No puede ser que un ser dolorido vaya por un sitio y el otro más “sano” por el otro. El acuse de recibo como respuesta de la llegada del mensaje y el destino -  lugar, contexto, carne -  es lo mismo.     

 
 
 
 
 
  Versiones del sacrificio.

Contemplo el suicidio de Pizarnik no como una derrota sino todo lo contrario, como un arremeter contra el mal que la acosaba desde siempre. Es un rendirse al fin pero un rendirse peleando, es decir, lanzándose al vacío para trascenderlo y liberarse. El último poema que escribió, el encontrado en su pizarrón de trabajo, es bien explícito con respecto a esa hartura y a su grado de aguante. Lo extraordinario del tema es que no va liberar su vida derruyendo un edificio, o provocando un incendio para, a continuación, volver al punto de partida, a la vigilia de todos los días, sino que el carácter diabólico de este reto implica un explosionar para siempre, un lanzarse no al abismo sino contra el abismo como un kamikaze quebrando definitivamente su existencia contra el objetivo intangible que la mataba todos los días. Su suicidio es una mezcla vertiginosa de un hartazgo, de un no poder resistir más y una acometida total para vencer a aquello que la torturaba.   Expone de Quincey en su breve reflexión sobre el suicidio que la única causa que podría justificarlo sería la imposibilidad de tolerar la ignominia sobre la naturaleza humana. Teniendo en cuenta este detalle, creo que el suicidio de Pizarnik fue un arrebato dirigido, precisamente, contra aquella voz interior que la asedió durante toda la vida, fue como un decirle a esa voz, a esa tortura secreta, “está bien, me quito de en medio pero voy a por ti, voy a saber de una vez qué es lo que me ha torturado tanto durante todos estos años”. El suicidio fue una reacción belicosa,  no un abandono derrotista.

Teniendo en cuenta esta perspectiva, la muerte de Pizarnik sería una vertiginosa expresión de aquella unión de los contrarios en que se solucionaba el ser cósmico: desaparecer y vencer a lo que te hace desaparecer en el mismo desaparecer.  


 

  Actualidades

No es que la poesía desaparezca de la primera línea de las cosas que interesan sino que es la sociedad la que, por períodos, se distancia de la poesía. Algo así venía a decir Octavio Paz. Cuál sería la reacción, o qué sería de una persona como Pizarnik si hubiera alcanzado los tiempos actuales, delirantes de tecnologías, saturados de superficialidad y vulgaridad televisada, bien prestos a explotar el dolor y ajenos al decir poético. Nos cuenta Alejandra que se pasaba horas leyendo o llorando. Este ranking ¿es usual en las contemporáneas sensibilidades?




 

  A propósito

¿Podría una subjetividad ajena al embrujo tecnológico impugnar la prioridad cultural de las masas, cuestionar el viaje monolítico de esta sociedad? Qué remoto me parece el destino de algunos poetas si echamos un vistazo al circo mediático que nos rodea. Pero es que viendo tal espectáculo, lo que resulta remoto es la propia realidad.

 

 





  Pizarnik y lo contemporáneo.

Leo los últimos poemas que escribió Pizarnik y vuelvo a darle vueltas al tema de la actualidad, es decir, no tanto cómo leer ahora su poesía, cosa que puedo disfrutar sin más,  sino qué coordenadas ocuparía su obra y con qué relevancia con respecto al conjunto de valores que uniforman a la sociedad.  Un dato informativo lo tomo de su diario. En los apéndices que recoge la edición última de los diarios de Pizarnik publicados por Lumen, dice que almorzando con B. habían estado un buen rato enfrascados en  el tema de la otredad. La otredad, en los sesenta se refería a experiencias que trascendían la personalidad, a cosas como el éxtasis místico, la toma de drogas, etc.., Además de añadir a ello teorías sobre la conversión del yo en una identidad más compleja. Todo esto da para internarse incluso por derroteros esotéricos y extraños. Hoy, me extraña que los intelectuales, y de modo específico, los poetas estén muy preocupados por la otredad. En  primer lugar porque todo esto ya se discutió, desde el punto de vista puramente teórico, en décadas pasadas, y por otro, porque la otredad la tenemos en casa a través de la presencia más o menos incómoda de los inmigrantes que sí plantean de modo muy contundente una problemática de convivencia y comprensión cultural. Por todo esto, creo que la actualidad de Pizarnik puede reflejarse y entenderse si contextualizamos estas derivas. De todos modos, para mí está claro que todas aquellas preocupaciones de compleja y exquisita teoría acerca de las otredades psíquicas de los sesenta e incluso, de los setenta, no se presentan hoy con la misma avidez conceptual. Hoy el debate no es puramente metafísico sino político e intrasubjetivo, a través de subjetividades culturalmente distintas.

 

  Un detalle entre mil.

Mi lengua no sabe, dice Pizarnik, como exculpándola de no saber más, de no saber lo que hay tras los límites que el devenir lanza a la poeta. Y si su lengua no sabe, también Alejandra  manifiesta su inocencia, su no poder ir más allá de la sombra que pasa, de lo que se insinúa. Si su lengua no puede ir más allá, y el mundo no se clausura allí donde su lengua no sabe, será la propia Alejandra, el cuerpo de Alejandra quien tendrá que aventurarse, quien tendrá que arrojarse a la sima para dejar de no saber.

 

  Las luchas con la lengua

Una de las cosas que más uno lamenta de la desaparición de Pizarnik es que nos hemos perdido más juicios suyos sobre poetas y obras diversas. En su diario reparte con discreción y precisión, algunas observaciones que siempre resultan estimulantes leerlas. Por ejemplo, su comprensión del personaje Azorín es más honesta e interesante que la observación chistosa de Borges sobre el mismo. Pizarnik, al principio rechaza al escritor, pero segundas lecturas le revelan el “sufrimiento aristocrático” del autor y la elegancia de su prosa. En ningún crítico español he visto semejante apreciación sobre Azorín. La figura de Quevedo le resulta antipática y penosa la lectura de sus obras, pero confiesa, últimamente, que algunos pasajes de su escritura le parecen “excelentes”. Por el Quijote sentía respeto, se impuso el deber de leer la novela íntegra y vivió con intensidad  alguno de sus capítulos, sufriendo por las aventuras y desventuras de los personajes. Hace una observación curiosa sobre Góngora, preguntándose si el esteticismo rebuscado de su obra es más un parecer contemporáneo nuestro que un declarado objetivo del autor. Crítica los estereotipos de la poesía española – flor, amor, agua, rocío, etc...-, pero tenía los clásicos españoles, el Libro de buen amor,  la obra de Gracián, por ejemplo, como referentes que debía surcar en su misión de conquistar desde la entraña de la expresión la lengua que el azar le había ofrecido en el camino de su vida, es decir, el español. Resulta muy curioso, bien significativo del afán de superación y de la avidez literaria de Alejandra que se interesara por Miguel de Molinos, el místico español cuya obra había prácticamente desaparecido de todo corpus y biblioteca en su país natal.

 

  Pizarnik y el moro.

En un apunte de su diario, Alejandra cuenta con mucha gracia el acoso que sufrió una noche por un tunecino con la cara cubierta de marcas de viruela. El pobre diablo tendría un aspecto bien poco atractivo y al sentirse despreciado por Alejandra, es decir, “por mi orgullo”, escribe la poeta, interpretando sagazmente la mentalidad del árabe, aquel sujeto le escupió a la cara. Alejandra se refugia en un bar, en donde siente más vergüenza por el hambre que tiene que por aquel intento de “pequeñísima violación”, ya que, al fin y al cabo, algún tipo de líquido, saliva o semen, tenía que echarle encima teniendo en cuenta su papel de macho excitado. ¿Qué hubiera pasado si desplazáramos la anécdota a nuestros días, teniendo en cuenta la convivencia tensa con la morería que se ha extendido por Europa; se hubiera quedado en tan sólo eso, en una anécdota, como lo quiso la exquisita discreción de Alejandra, sin consecuencias para el “ofendido” tipejo?

 

Pizarnik y las reivindicaciones de género.

De estar con nosotros, ¿cuál sería la postura de la poeta ante las reivindicaciones de estos colectivos tal y como hoy se producen? Pizarnik vivió su sexualidad tan libre y abiertamente, que va más allá de toda militancia. No hay en ella una exasperación teórica específica que le lleve a autoproclamaciones específicas. En sus diarios expresa cierto fastidio por las reflexiones sectarias de sus amigas lesbianas y sus planes para una sociedad del futuro. Aunque también es cierto que practicó más la homosexualidad que la heterosexualidad, quizás porque esta última implicaría problemáticas de índole social con las que Pizarnik ni se veía capaz ni deseaba emprender.   

 
 
 

 

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....