Desde luego, el mayor
viaje que podamos realizar no es a geografías remotas o exóticas sino el que hagamos
alrededor del tiempo. Actualmente, un par de anécdotas o referencias breves, me
han convencido de la imposibilidad de abarcar cuanto ha ocurrido en el mundo o
de conocer con seguridad qué es el tiempo, qué es lo que ocurre en sus términos
próximos al presente o lejanos con respecto a nuestra perspectiva.
Un par de ejemplos. Me compro
un libro de la editorial Atalanta, espoleado por la época en que la obra fue
escrita, el siglo XIX. El autor es un filósofo alemán de los rigurosos y científicos
de ese momento, Gustav Theodor Fechner, pero sobre todo, lo que ha determinado
mi interés por el texto ha sido la anécdota que encabeza el prólogo: un buen
día que el filósofo salió a su jardín, percibió cómo emergía un resplandor de
un brote de plantas en un rincón. Aquella imagen fue como una revelación
mística, la confirmación insólita de sus ideas sobre la existencia del alma en
los vegetales.
Paladeando semejante ocurrencia, tan fascinante avistamiento, me asombré de la cantidad desconocida de historias que habrán ocurrido en la vida privada de la gente y que nunca conoceremos o que, paulatinamente, irán viendo la luz. Me maravillé por la realidad de esta consideración más que por su idea notable y concluí, por un lado, admitiendo el carácter indeterminadamente desplegable y misterioso del tiempo, y por otro, coincidiendo con la primera observación, la imposibilidad de conocer todo lo ocurrido en el tiempo. Este se me antojaba como una suerte de pergamino en el que estuviesen señalados los puntos en los que aconteció algo al tiempo que tal pergamino no terminara de desenrollarse nunca. Cada página presuntamente expuesta era en realidad insondable.
El otro ejemplo ha sido
un programa de televisión que recordaba la historia y figura del boxeador Urtain. De este personaje, sólo
recordaba, pero con gran elocuencia, un par de asaltos en blanco y negro por
televisión en el que había tumbado a un gigante alemán, ganando el encuentro, y
un muñeco con la efigie del boxeador que mi padre compró en no me acuerdo dónde,
y que era uno de mis juguetes favoritos. Este par de referencias al famoso deportista
eran nada ante el caudal informativo, videos, entrevistas, testimonio de
familiares y de otros boxeadores, en que ha consistido el mencionado programa
televisivo. Ante el visionamiento del programa, el pasado se actualizaba insólitamente,
se convertía en presente, en generosa fuente de imágenes de los años sesenta y
setenta y del propio Urtain. El tipo de peinado, las patillas, los pantalones ajustados y los jerséis
con el cuello alto, me llenaban de deliciosa familiaridad al tiempo que el resto
del documental me arrasaba de fascinación y cierta estupefacción al comprobar
cómo el pasado que creía fenecido, aniquilado, se guarece en algún lugar para
aparecer sorpresivamente cuando se lo evoca.
¿Qué quiere decir todo esto, la anécdota secreta de Fechner o la vida de Urtain, lujosamente ilustrada cuando el recuerdo del boxeador estaba para mí sumido en las catacumbas? Que el tiempo no desaparece del todo, que los fenómenos del pasado, a través de mínimos testigos, puede retornar desmesuradamente, confirmando, por otro lado, que sus intervalos se desplazan subterráneamente, portando insólita vida.