Toda percepción es alucinatoria, porque la percepción no tiene objeto, escribe Deleuze. De ahí que para el poeta un mero paseo se convierta en motivo de embriaguez continua, en un modesto éxtasis secreto. La realidad no es el realismo, es una fuente energética de estímulos, un espectáculo de cuerpos, colores, perfumes y vibraciones que la perspectiva del observador relaciona y articula. Y esto es especialmente intenso ahora, en verano, cuando la oposición entre lo interior y lo exterior se ablanda, se hace más tenue y el horizonte del espacio visible y habitable se hace dulcemente expansible. Si el invierno es tiempo de interiores e impone ciertos límites de espacio y luz, el verano es la exterioridad rabiosa y total. Es en verano cuando el asedio de sensaciones e imágenes es continuo, cotidianamente agobiante. Otro apunte del mismo Deleuze, confirma : los barrocos sabían, perfectamente, que no es la alucinación la que finge la presencia, es la presencia la que es alucinatoria. La clarividencia no consistiría, pues, en evocar o adivinar mundos extraterrenos, sino en saber ver el tesoro de lo ostensible, en leer las reverberaciones de las apariencias. La Realidad es Superreal, inabordable, orgásmicamente dinámica y multidireccional. Y es en la imagen donde esta realidad locamente viva y pródiga, halla la conciencia de su relato (Lezama Lima). El poeta se convierte en un descifrador de lo visible, en un cazador de lo fenoménico, aparente paradoja que haría alusión a aquello de que ""vemos lo que ocurre sin saber qué está pasando"". Por ello necesitamos intérpretes: sociólogos, periodistas, analistas, escritores, y finalmente, en el escalafón más singular que trasciende todo escalafón, el poeta que no puede sino decir siempre la verdad a riesgo de dejar de ser lo que es.
domingo, 15 de julio de 2012
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1 comentario:
La paradoja de "Vemos lo que ocurre sin saber qué está pasando" es realmente una verdad como un templo. Me encanta.
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