jueves, 17 de octubre de 2019






CRÓNICAS

En 1777, por las calles húmedas de Ámsterdam, crecían insólitos repollos de tonos rosados que se desprendían con singular delicadeza sobre las manos de las campesinas holandesas que pretendían recogerlos.


En 1800, una curiosa lluvia de ranas obturó la torre de la iglesia de la ciudad sueca de Lustgen y no se dieron correctamente las horas. El hecho provocó el caos en la población. Hubo personas que cambiaron de ciudad.  


En 1822, por las calles céntricas de París, alguien habló de las implosiones fractales y se produjo un notable inquietud entre la ciudadanía medianamente culta. Se intentó perseguir a ese individuo pero pronto se confundió con la leyenda y nunca se le identificó ni se le detuvo. Se sospechó de un botánico y teólogo alemán, pero todo fue inútil.


En 1555 el aire hacía trenzas insólitas en puntos concretos de plazas y calles de la ciudad húngara de Pesterakio, que quedaban marcadas en el éter, tal y como algunos pintores y grabadores lograron percibir.


En 1904, un hojalatero alemán tras una jornada de duro trabajo, tomó aire en demasía y se vio sorprendido por un mareo dulce que acabó desembocando en un grato orgasmo. El relajo fue tan grande que se dedicó desde entonces al comercio del terciopelo. No veo ningún simbolismo en mi decisión, decía el bueno de Gunter, mordiéndose los carrillos.


En 1888, transitaba por las calles de Lisboa un perro transexual que exudaba cristales de azúcar por la piel. Alguien decidió darle una patada, el animal se revolvió y adquirió las formas de un evidente ornitorrinco para camuflarse. Acabó en un  zoológico y se ahogó en el estanque cuando pretendía poner huevos más ovalados de lo corriente.


En los últimos años de su vida, a Napoleón le empezaron a crecer los omóplatos de tal manera que creyeron que eran las alas de un ángel imperial. El apocalipsis está aquí, dijo uno de sus lacayos muy agitado. También la nariz experimentó tal infamante curvatura que se pidieron los servicios de un exorcista. El exemperador intentó volar, pero lo único que consiguió fue caerse de su cama al mullido suelo. Napoleón expiró antes de que tales deformidades progresaran más.
  

En 1899, se extendió una moda, o mejor dicho, una manía entre los europeos: la de poseer un astrolabio. Se creía que la conquista de los aires se encontraba cerca y tras constatarse que un gran número de personas que no se conocían, soñaban que volaban, tales artilugios se convirtieron en uno solo en la fantasía alterada de la gente: un astrolabio. En los carnavales iban disfrazados de astrolabio y un poeta español aspirante a modernista, pretendió descifrar el origen etimológico de la palabra, más que del instrumento. Astrolabio es un astro detenido en el vértice blando del labio amante de las estrellas giratorias, decía y recitaba: astro húmedo de noche galáctica/salta de la boca mórbida de mi niña mágica..  Poco a poco, ante la invención del cine, la moda fue desapareciendo, pero al poeta modernista le salieron placas metálicas en la cara y acabó en un circo, exhibiendo su sorpresiva miseria pulida.


En 1888, a un tipo muy avispado del norte de Francia, se le ocurrió pensar que las cifras de aquel año, 1888, tenían un aspecto muy parecido al de ciertas verjas. En el cementerio de su pueblo encontró una cancela con ese aspecto y meditaba largas horas acerca de lo que pudiera significar. Decidió quedarse a vivir allí, al lado de la puerta con forma de ochos, perdió la razón y fue encerrado en un manicomio que se encontraba al lado del camposanto.


Cuando en 1910 se descubrió en una casa de la ciudad de Lubliana un arcón con ceniza formando la cara de un emperador romano estornudando; o cuando en los pueblos de Georgia entraba el sol por las tardes y mordisqueaba los gráciles cuellos de las criadas; o cuando en 1921, en Dublín, a la gente le dio por andar al revés y restregarse por el suelo tras ataques de risa convulsiva; cuando una señora de Sevilla que iba a misa desplegó su mantilla y esta se convirtió en un enjambre de mariposas fosforescentes que se dispersaron al toque de un sonido desconocido que se escuchó justo cuando su sobrino entraba en la casa a hacerle una visita disfrazado de oso, fue entonces, ante tal cúmulo de extrañezas, cuando el conjunto de sabios reunidos en Zagreb para estudiar el nuevo sino del mundo, desistieron de hallar un sentido a las cosas y se decidió que el seno de la Historia es un desvencijado cajón de sastre sin pies ni cabeza.





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