miércoles, 5 de febrero de 2020

DOS BREVES OBJECIONES





Me irrita la obstinada ignorancia de Occidente con respecto a los países del centro y del Este de Europa. La música y el folklore de todo este universo, incluyendo a la misma Rusia, lo ignoramos a placer, mientras la máquina americana siga produciendo sus encantadoras tonterías y no se le ocurra perder su glamour. Me sorprendió escuchar un tipo de música que me parece de lo más espectacular y vitalista que existe, la música rumana, como banda sonora del Edipo de Passolini. Claro que entonces, cuando se realizó el film, el director italiano escogió esta música porque ningún espectador lograría localizar de qué tipo de música se trataba y de dónde la habrían sacado. Lo fastidioso, a estas alturas, es que todavía,  la mayoría de espectadores actuales tampoco sabría identificar  qué música es.




Cada vez que en alguno de los programas de televisión de Iker Jiménez presentan un caso de fenómenos paranormales, convenientemente estudiado y con el testimonio de los testigos en el plató  y creo comprobar que lo que se expone es real y no tiene explicación posible, más me convenzo de que estos temas deben convertirse  en motivos perentorios del pensamiento serio y que es en las competencias de este donde debieran hallar una respuesta adecuada o aproximativa a su misterio.  ¿Cómo sería la reacción de los mejores pensadores actuales si se les propusiera, de una santa vez, que intentaran afrontar desde el pensamiento sistemático todos estos temas con la intención de esbozar una respuesta a su enigma, o bien, de exponer los resultados de una investigación que los negara como reales? Pero, me parece, que tal y como están hoy las cosas, - mundo mediatizado e ideologizado, crisis económica y de valores, fascinación infantiloide con las nuevas tecnologías - semejante proyecto no pasará de ser un deseo, un sueño ante la indiferencia vergonzosa, ante el poco fuelle y la falta de imaginación que presenta la presunta intelectualidad europea. Incapaces de atreverse a afrontar siquiera alguna de esta fenomenología por el colapso ideológico en el que están sumidos, como si la historia de las ideas pesara más que la urgencia de localizar dimensiones inexploradas de la realidad, como si la investigación y el pensar estuvieran obligados a activarse sólo en compartimentos estancos previos y no en la piel de la exterioridad que es en donde se reclaman respuestas, la filosofía pura, que por trabajar sobre y desde la teoría, pudiera proyectar un pensamiento más sagaz ante la imposibilidad de probar lo extraño, se retira cabizbaja, esperando que en un futuro no sé si inmediato o no, alguna mezcla, algún híbrido de disciplinas, pueda arrojar alguna pista verdaderamente estimulante.
El Ser es ya una quimera, la metafísica se acabó, y parece que ante este estado de cosas sólo quepa dejarse llevar por la pasión política o por supuestas transiciones de la postmodernidad a no se sabe qué confín, considerándose lo que hemos convenido en llamar lo paranormal, como un mal sueño o un absurdo enquistado en su enigma. Ya no hay magos del pensamiento, no hay ni taumaturgos ni gente como los presocráticos que se atrevan a trascender límites y pensar el universo como  algo uniforme y complejo. Ante lo paranormal: o la realidad posee dimensiones desconocidas que forman parte de su definición absoluta y que nosotros debemos descubrir y conceptualizar,  o existen márgenes de otro espacio y otro tiempo circundando las coordenadas de nuestro mundo, lo cual viene a ser lo mismo que lo anterior… Un pensamiento que se lance a una reflexión verdadera de lo extraño tendría que redefinir todas nuestras categorías o completarlas con otras que apenas somos capaces de imaginar.   

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