7.4.21

Esther Abellán Pasado en la boca



 

El mar como metáfora de multitudes o del infinito, como imagen de la memoria o incluso de la libertad (esa falta de un territorio demarcado que es el océano y que Barral señalara) se ha ido sucediendo en la disposición romántica o en la imaginación moderna a la hora de abordar el acopio mayor de la experiencia y su penumbroso destino.

El mar como motivo literario implica cierto gigantismo semántico. Pero su experiencia concreta por el individuo puede producir interpretaciones menos masivas, menos uniformes y más subjetivas, más relativas y puntuales.

El mar como expresión del destino universal es reversible: la experiencia sumada  de la vida puede compararse al efecto de infinito remoto que produce el horizonte marino.

Sea como sea, este libro de Esther Abellán, nos comunica, ciertamente una experiencia labrada en torno al motivo del mar, confundiéndose con el mismo, como ocurre en los tramos más intensos de toda experiencia vital, y nos da una imagen de las aguas nada folklórica, como tampoco meramente sentimental. El mar es en estos versos tanto el motivo de la hilazón poética como el punto final de toda una concurrencia, es decir, efecto y causa de lo vivido. El mar como elemento especulativo, como signo ambiguo, como seno del misterio, se desvela en la razón de estos poemas cuya dosificada escritura fluye en la lectura como las propias aguas del mar incoado. La discreción formal de los versos facilita el ritmo y la efectividad lírica, la intensidad con que se ha querido retratar un mar no siempre olímpico o glorioso. Que el destino de toda existencia se diluya en la nada, es algo que el motivo literario del mar vuelve a plantear con la dulcedumbre inconfesada que la conciencia poética presta, mitigando amenazas de absoluto. Algo de esta característica, sin que se niegue la realidad del dolor, encontramos en la súbita confesión: después de un largo viaje por la sangre,/ el dulce sosiego de la palabra.

Hay momentos en que la evocación profunda se siente impotente y aunque tengamos al mar delante, personaje de nuestra íntima odisea, no despejamos interrogantes precisamente porque nos sumimos en los rebosos del lenguaje y exigimos una ruptura de las inercias: las frases siempre se parecen, ¡háblame!

Por otro lado, el núcleo de la experiencia y de la significación del mar lo podemos encontrar en el poema de la página 53. Ante la esencialidad de todos los versos, prefiero no citarlo íntegramente.

La relación entre el motivo ostensible del mar y el tiempo como proceso que engloba los ciclos del vivir, es una constante, y podríamos decir, en este ámbito de la evocación lúcida, algo que confunde términos entre sí  y que resulta ineludible. Un súbito reconocimiento de esta articulación en el espacio simbólico, la encontramos, por ejemplo aquí: Los años pasan de largo, de incógnito… Recuerdos que nos traspasan la piel/ para volver siempre donde nacieron.

Esther Abellán emplea unas bellas y precisas expresiones para designar esta unión confusa, esta convergencia compleja y de ambiguos fulgores, de los grandes procesos vitales que sobre el escenario del mar, en este caso, se producen, como si entre los orígenes de las cosas y los abismos finales existiera un parentesco perceptible pero indescifrable: El día y la noche siempre se encuentran,/flor de silencio, aurora derrotada,/senda junto a un mar oscuro y huidizo/ que trasciende el mensaje de los cuerpos.

Si debemos asumir el desenlace  final de la existencia como algo, en el mejor de los casos, misterioso, como una desembocadura hacia algún sitio en donde todo halle un cumplimiento, sea este dependiente de la fe o de la imaginación, también es cierto que el modo óptimo de dar cuenta de todo ello es la escritura poética, una forma misteriosa en sí misma, y luminosamente vacilante, que  tiende a adensarse si preguntamos por la naturaleza de la palabra misma. Escribir, enigmática metáfora, dice sorpresivamente Esther Abellán, recordando lo que un Octavio Paz, afirmara en varios de los pasajes más brillantes de El mono gramático.  Finalmente, la escritura que proyecta imágenes y articula conceptos, es ella misma una metáfora del proceso infinito de la significación. El anillo de Moebius de la escritura poética reside aquí: la escritura es metáfora, la metáfora se resuelve en escritura. La polisemia de la palabra poética es lo que define su frondosidad alusiva. Esta generosidad de la expresión debiera satisfacernos, aunque también es posible que ante las espesuras simbólicas, nuestro interrogar quede sumido en la indiferencia de cierta saturación y  se escape una protesta legítima: Siempre hablamos con intermediarios. Esta queja de probable orden metafísico, descubre la clave semiótica en que a veces, se enreda nuestra cultura. Si no hubiera intermediarios en nuestro ensayo de diálogo con el cosmos, con el prójimo, con nuestros propios dolores y deseos, ¿cómo se efectuaría la comunicación, con quién, con qué?

Pero en nuestra interioridad estremecida hay una persistencia que nos salva: un lugar que nunca recuerdo y que me pertenece.

El máximo garante, el agente visibilizador de ese lugar interior, tan remoto como cercano, tan extraño como entrañable, se resuelve en una imagen: la del mar de la adolescencia o de la infancia. Como en el juego señalado por Paz con respecto a las evoluciones de la escritura, aquí, con el mar delante de nosotros, alcanzamos el Fin que fue el Principio, o bien, el Principio de algo que no conocemos y que marca el Fin de nuestra andadura. Pero la poeta confía en la imagen que la serena belleza hace retornar, pues antes que desesperarse, evocar el nombre de lo deseado nos devuelve el bienestar de lo que hemos disfrutado e ilumina la memoria: susurro tu nombre y mi mente descansa.

 

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