miércoles, 3 de noviembre de 2021

Deshacerse de libros



Cuando llega la hora de deshacerse de libros, esto indica algunas de las cosas siguientes: ocupan demasiado lugar, ya se han leído y disfrutado lo suficiente como para que uno se sienta todavía vinculado a ellos y por lo tanto, tienen que ir desapareciendo para dejar espacio libre.

Los libros, llegado un momento, representan una presencia física excesiva en el hogar, por su elevado número me están echando de mi habitación, de mi propia casa, ya los leí y ya no significan tanto para mí, por eso, me deshago de ellos.

Ahora tengo otras prioridades. Y, en todo caso, voy a librarme de unos cuantos para comprar, quizá,  nuevos pero no demasiados.

Uno también va cumpliendo años y es posible que la pasión libresca ceda ante otras cosas más urgentes o elementalmente necesarias.


De todos modos, hay una tristeza en esto de deshacerse de libros. En primer lugar casi parece algo criminal deshacerse del mejor invento del hombre, según Borges; en todo caso, el objeto u herramienta que mejor ha sabido comunicar y preservar la cultura.

Un libro es un universo en sí mismo y si nos deshacemos del libro en cuestión parece que estemos liquidando todo un mundo específico de contenidos.

En segundo lugar parece que quitarse libros de encima implique cierta evolución del lector: como ya los he leído eso quiere decir que intelectualmente los he superado, sus contenidos ya no me sorprenden o interesan como antes.   

Esto último es algo engañoso e incluso fácilmente reversible pues el universo del contenido es sumamente plástico y un libro que hayamos despreciado, de pronto, ante una necesidad súbita de hallar o confirmar una información concreta pueden volverse de nuevo interesante. Es decir, que el libro despreciado o del que pensábamos deshacernos, ante una circunstancia no prevista, se actualiza ante nuestros ojos y vuelve a estar entre los que de nuevo podrían interesarme o leer.  


Hay algo en el abandonar libros que se parece a cierta claudicación: de lo  cualitativo ante lo meramente cuantitativo; de la pasión aristocrática por el saber a la erosión de los años; del placer de saberse integrante de una sutil élite sin jerarquías a la alternativa por lo puramente práctico.

Pero no nos libraremos tan fácilmente de los libros. Toda obra de un ensayista, de un historiador, de un poeta supone un libro en el que ubicarse. Por otro lado, si el conocimiento es infinito, un solo libro, como ya señalaba Borges, ya lo es  porque puede leerse repetidas veces y en cada ocasión de lectura, hacernos descubrir matices o interpretaciones nuevas.  

Los libros pueden almacenarse, esconderse, enterrarse, reciclarse  o destruirse. Pero el contenido de los mismos planeará por las galaxias del sentido hasta reclamar un punto en el que encarnarse,  materializándose en un libro concreto y así, retornar al orden visible, a la lectura nueva. 

 

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