jueves, 16 de junio de 2022

CRÓNICAS DE MOTEL. SAM SHEPARD




La memoria, quizá, va reconstruyendo de distintos modo los referentes que en su momento guardó. Lo digo porque me está ocurriendo, no sé si por un azar o por algún motivo más o menos  inconsciente, que todo lo que Norteamérica supuso para mi generación en los sesenta, setenta y parte de los ochenta a través, especialmente, del cine y de la música, lo estoy recuperando, lo estoy volviendo a visitar hoy por medio de la literatura. Los diarios de Jhon Cheever, la obra y el personaje de Bukowsky, la música de Dylan o Hamilton Bohanon, son cosas que ahora, un tanto sorpresivamente, han regresado a mis recuerdos y a mis emociones. Y entre estas cosas, entre los autores de aquellas décadas irrepetibles se encuentra Sam Shepard.

Apenas tenía noticias de este cronista, guionista y narrador norteamericano, pero en el  momento en que entré en contacto con su trayectoria y sobre todo su obra literaria, en especial, con estas crónicas moteleras, me sentí satisfecho de haber contactado con alguien ignoto pero auténtico, es decir, alguien típico de aquellas décadas y que escribió entonces.

Un amigo me decía que está de la cultura anglosajona hasta los mismísimos. Le confirmé que coincidía totalmente con él, pero, claro, tampoco podemos decir, a estas alturas, que todo lo que el cine, la música, la moda,  las costumbres e ideas que tanto nos han influenciado de los Estados Unidos y que hemos adoptado libremente, identificándonos con todo ello,  se vaya a convertir, de pronto, en una nadería.    

El mundo norteamericano que se nos ha transmitido, o mejor dicho, el tipo de vida que el cine, sobre todo, ha representado tan épica como verídicamente es ese espacio salvaje de libertad y de desgarro, de gloria alcanzada y destrucción personal que tanto en dramas, series y biografías ha grabado su impronta de intensidad sin remedio.

El mundo norteamericano ha erigido sus propias mitologías, ha mostrado sus pasajes de gloria y miseria en un universo social y político de grandes contrastes sometido a fuertes autocríticas.

Es en los pululantes márgenes de la épica afirmativa donde se desfleca el Sueño Americano hecho de otros sueños, estos errantes, de fracasos íntimos, aventuras sorpresivas y olvido.

Es en estos límites fronterizos, en la periferia de los laberintos urbanos, en moteles y bares de carreta, en caravanas y casas de campo, en los espacios umbríos del recuerdo, en forma de sueños o de historias interrumpidas donde se desarrolla el contenido testimonial, fragmentario pero temáticamente compacto de Crónicas de motel.

Con una escritura atinada y precisa, atenta al detalle extraño que la propia vida da, elaborando densidades narrativas momentáneas, Shepard despliega esta serie de imágenes que no acaban de serlo de la tragedia sorda del individuo aunque tampoco de un viaje humano exclusivamente festivo. Shepard recoge la realidad tal y como radicalmente se presenta en el enclave geopsíquico  de la frontera americana.

Pareciera que la dinámica cultura norteamericana fuese incapaz para la tragedia, al menos tal y como se ha entendido tradicionalmente en Europa. Estas notas de Shepard reflejan las extrañezas de una vida que se ha planteado como modélica.   

Shepard no es un periodista, es un escritor y su talante se filtra en estas prosas de un modo tan soterradamente atractivo que fueron la inspiración para que Wim Wenders rodara París, Texas, tal y como el propio director alemán confesara.   

El acierto estilístico de Shepard es esta dispersión narrativa que no destruye el sentido, esta labor de recogida de fragmentos que vienen a ser una suerte de antología de la memoria y cuya función verdadera es la de articular con cierto cansancio y hastío una protesta: la que se erige del ámbito diario y excesivo de la realidad norteamericana. 

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