martes, 2 de agosto de 2022

DIARIO BREVÍSIMO



1 de agosto.

Día perfectamente desolador. Salvo un adiós a un vecino, no he intercambiado una sola palabra con nadie. Recuerdo aquel pasmo de Buñuel cuando confesaba haber estado un par de días sin ver absolutamente a nadie, teniendo en cuenta su tipo de profesión. Encima, debido al sueño retrasado, o más bien, destrozado, la siesta se ha alargado y me he despertado sobre las ocho de la tarde. He tenido que vestirme corriendo para salir y comprar un par de cosas que necesitaba.

 

Lo único que salva el día son las lecturas que he hecho, breves pero diversas y sustanciales. Para mí las lecturas cuantitativas no son prioridad.

 

He leído un par de páginas vibratorias de Henri Bergson, el filósofo francés, sobre la memoria y los estratos dinámicos de la percepción.

 

He leído ese volumen de memorias de Ángel Crespo, Los trabajos del espíritu, publicado hace ya unos cuantos años. Me sorprenden y estimulan los inteligentes apuntes de este poeta y traductor manchego. Hacen falta voces como las de él en este panorama de Humanidades dispersas y sin ánima.

 

He leído unos apuntes de viaje de Carmen de Burgos a Palermo, ciudad que visitó en 1906. Descripciones vívidas y luminosas de una tierra también luminosa y agitada. Qué bien retrata el paisaje social con el que se encuentra y cuyas circunstancias económicas compara a las de Andalucía en aquel tiempo.

 

Sigo leyendo y sorprendiéndome de la calidad y tensión literaria del poemario de Inger Christensen titulado Eso. Su ambición poética, su intento de captación de una totalidad cósmica me recuerda a las grandes obras de Neruda, aunque con un estilo bien distinto: las imágenes de Neruda son torrenciales y luminosas, las de Cristensen compactas y herméticas.

 

He empezado a leer una suerte de biografía del filósofo Giorgio Agamben sobre Hörderlin. Pretende ser más una crónica de la locura del poeta que un estudio histórico al uso.

 

El acoso del calor ha acabado por desarticular el horario que pretendo llevar para poder sobrevivir a tanta soledad, a tantas horas consecutivas; horas que se vuelven infinitas, un larguísimo corredor, durante la noche que paso enteramente despierto. Recuerdo aquello que decía Mallarmé sobre “el lúcido invierno”. Cuando lo leí me chocó y no estuve de acuerdo en aquella apreciación. Ahora ansío que vuelva el frío con sus tormentas de hielo y nieve y detesto esa incomodidad inacabable del calor que puede terminar convirtiéndose en dolor.  


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