miércoles, 12 de abril de 2023



EN NOMBRE DE LA LUZ

 

He leído todo Borges, pero es muy probable que en el caso de encontrarme con una  edición agradable de, por ejemplo, sus ensayos, la comprase por pura adicción al verbo borgiano, por el gusto de volver a encontrarme en un formato nuevo con el poder definitorio de una prosa ejemplar. Este tipo de razones ha sido lo que ha hecho que me decidiera a adquirir este, el último libro de Antonio Gracia.

Conozco bien la obra poética de Gracia, es decir, la he disfrutado en más de una lectura, así como creo imaginar la dimensión objetiva-valorativa que supone.  Por ello pienso que sus libros debieran conocerse un poco más allá del límite geográfico-autonómico en el que, al parecer, se ha instalado en los últimos años su recepción. Gracia no es para nada un poeta local, como dijera desmañadamente Luis Antonio de Villena a modo de justificación en aquel momento de confusión en el que decidieron dejar sin premio Loewe al poeta de Bigastro.    

Un crítico podría decir que llega un momento en el que un autor, sea poeta o incluso novelista, alcanza el límite de su creatividad, que a partir de determinado momento de su producción no haga otra cosa, probablemente,  que repetir con mayor o menor acierto lo que ya ha escrito con bella exactitud anteriormente.

Confieso que al encontrarme con este libro de Gracia en las estanterías de una librería, experimenté dos sensaciones antinómicas en una sola: por un lado, cierta alegría al encontrarme con la nueva producción de un autor que conocía, agradecimiento, en suma,  porque el poeta haya decidido seguir adelante, y por el otro,  cierto temor ante la posibilidad de que el libro pudiera decepcionarme por el hecho puramente cuantitativo de constatar lo que la conocida frase reza: “este poeta ya ha dicho todo lo que tenía que decir”, o sea, el temor a la falta de innovación.

De la belleza podemos dar versiones y diversiones, prácticamente infinitas que nos produzcan el mismo placer. Es por ello que la relectura es posible: cada vuelta a un autor que nos gusta supone leerlo por primera vez, incluso se dan muchos casos que esa relectura descubre aspectos y matices que se nos habían escapado anteriormente. Un poema es un objeto prismático: cada ocasión de lectura es un rayo de luz que incide en una de sus facetas móviles revelando aspectos nuevos de un contenido. Un poema nos puede gustar por su ritmicidad verbal, por la plasticidad de sus imágenes, por la belleza que nos muestre o descubra. Los poemas de Antonio Gracia poseen estos aspectos pero su aparente accesibilidad, es eso, aparente. Lo que hace atractiva la poética de Gracia es que a pesar de esta sencillez, o, precisamente, por causa de ella, la exigencia de sus versos es mayor de lo que podría parecer: se dirigen no tanto a lectores experimentados como a espíritus comprensivos que saben trascender los estereotipos de la sociedad y de la cultura.

 Gracia nunca hace concesiones. En todo poema de altura hay una exigencia no solo de registro en la lectura sino de carácter ético, conceptual también. En los poemas de Gracia nos encontramos con  retos más o menos ocultos: lo grato de su lectura termina por colocarnos ante alguna grave contradicción existencial, ante algún tipo de duda que cuestiona tanta luz concedida por los años y la contemplación.

 La estrategia secreta de Gracia consiste en insertar, entre grupos de versos gratos a la lectura y a la comprensión media, uno que contradice la harmonía anterior  y nos obliga a pensar, a darnos cuenta de algo. Este verso oscuramente luminoso, puede presentarse como un brillante aforismo o una llamada audaz a la reflexión.

 Cuando Gracia escribe: No anticipes tu muerte por temor a morir, hace estallar una mina de meditaciones en medio de una compulsión de luces convergentes. Y hay que afirmar que lo logra, que todavía lo logra: producir un efecto de extrañeza intelectual a través de un conjunto textual de harmonías poéticas y estéticas.

 Sus poemas amorosos o cosmológicos me interesan menos que estas repentinas fulguraciones que corroboran la creatividad aguda de Gracia.

Por el conjunto de su obra y por esos “efectos especiales” en medio de la solemnidad, hay que celebrar que la poesía siga en pie a través de nombres de poetas como Antonio Gracia,  obligatoriamente furtivos si los enfrentamos al deleznable canon actual.

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