miércoles, 10 de abril de 2024

CARNE DIVINA

 

 

 

Creemos que es fácil citar, nombrar un cuerpo a través, ni más ni menos, que del propio término “cuerpo”. Pero este vocablo es demasiado crudo y somero, engañosamente inmediato. Pareciera que cuerpo fuese un contorno duro que deviniese en el espacio hacia nosotros o hacia otros limites espacio-temporales. Cuerpo no tiene nombre propio ni apellidos y es ahí donde y cuando el anonimato forzoso nos arrebata una identidad, clave para la activación definitiva de nuestros sentidos y de nuestra capacidad emotiva.

Si amo un cuerpo, amo una forma en su descenso inercial, una geometría blanda, un nudo harmonizante de miembros pero cautivo del vacío que lo lanza multidireccionalmente a mi mirada o a la recepción de los otros.

Al cuerpo le hace falta un rostro: sin rostro el cuerpo es carnalidad errabunda, acicate animal, vibración sorda en la estancia del reconocimiento anímico del sujeto pensante y amante.

Los cuerpos avanzan, desfilan, se suceden, pero no sé hasta qué punto solicitan fuera de esa pasarela de abstracciones motoras, una comunicación dignificadora. El cuerpo devenido persona ha transitado por el vacío de las nominaciones errantes, y ha aterrizado frente a una mirada, frente a otro rostro que le ha bautizado con sólo percibirlo. Lo ha bautizado no con un nombre propio sino con la propia percepción: ha requerido un rostro para que emergiera de la sombra envolvente y propiciara el mínimo encuentro verbal que inicia a su vez la comunicación indispensable.

Un cuerpo con rostro ha recuperado la humanidad, el color de la vida certera, el abrazo cognoscitivo y sensorial. Esta hermosura que me vuelve loco, esta carne indescifrable al mostrarme su rostro se entrega de verdad a mí.    

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