lunes, 3 de junio de 2024

LO SÚBITO



 

José Ángel Valente habla del ángel de lo súbito refiriéndose a la gracia que el instante contemplativo ofrece de esa manera: inesperado en el tiempo y pleno en su aparición. Se trata quizá,  en parte,  de un don de la meditación, es decir, de algo propiciado, pero también de lo impredecible y por tanto originario del misterio,  del confín inaccesible.

José Lezama Lima nos habla del súbito como de ese momento en que el recorrido de la imagen cierra el circuito de su conformación y nos revela el horizonte de la metáfora. Es el instante en que la representación nos es revelada, demostrándose así el poder definidor de mundos y épocas de la imagen poética.

Pero, ¿quién tiene hoy el magisterio de Lezama o el sigilo delicado de un Valente para acercarnos a estos momentos cuasi numinosos de la literatura y la sensibilidad?

Borges refería la excepcionalidad en que el símbolo se produce, viniendo a decir que el instante de la revelación o mostración simbólicos no volverá a repetirse, lo que a su vez subraya la temporalidad extraordinaria de la conformación del símbolo en todo evento del que se desprenda.

Actualmente contamos con el súbito de lo criminal, el suceso sangriento aparece de pronto, explota violentamente contra toda expectativa y nos envuelve con su aura de espanto potenciada por la industria mediática en cuyo seno nos encontramos.

El súbito tecnológico depende de los nexos que la vanguardia en esos campos vaya mejorando y superando. En este sentido, lo futuro es un objetivo en sí, albergue cantidades reales de esperanza, progreso o no.

Lo súbito en el ámbito de la intimidad psíquica parece estancarse en tal estrato, pues si nada de la lectura o del pensamiento propio nos lleva a trascender los cercos más molestosos de la cotidianidad quizá sea debido a que nos dé vergüenza reconocernos soberanos de la creación.

O no nos creemos dignos de la exquisitez intelectual por la asunción de un extraño  pudor, o una moral fanática nos quiere convencer de que no es bueno considerarnos destinatarios no igualitarios de lo especial que nuestra cultura ocasiona o produce.

Ahora bien, no hay nada más súbito y repentino que la muerte, ese hecho absoluto sin acontecimiento. Lo trágico aquí es que su desvelación no se da en nuestro plano de percepción y la imaginación piadosa tiene que, barrocamente, desplegar posibles de un alma que creeríamos conocer.

A pesar de nuestros prejuicios y manías ideológicas, la realidad se desfibra diariamente a través de ínfimos y numerosos súbitos, articulando esa laminación interminable del tiempo y del espacio  que acaba por convertirse en el continuum que ninguna semiología, según Juan Benet, podrá nunca descodificar satisfactoriamente.

La naturaleza de lo súbito, de lo que ocurre sin preverlo ni sospecharlo, de lo que se conforma en nuestro espacio intelectual confirmando qué fragmentos de historia se han desprendido del arco universal y consagran el reinicio de nuestro viaje interminable por el cosmos, halla en la materia poética, un cumplimiento singular y palpable. Lo que los poetas ven, lo que los poetas nos dicen tiene que ver con los tramos específicos de ese viaje cósmico a través del sentido y de la vida.

Si reivindico a alguien como Lezama Lima es porque en su literatura encuentro ese mensaje palpitante que nos exige no olvidar que poseemos la fuente de la riqueza.  La imaginación, el fulgor del pensamiento, la creación continua desde las plasticidades del lenguaje constituyen nuestras armas súbitas para emprender la vida y su misterio.   


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