Este texto debiera ser
una página de mi diario íntimo, pero a estas alturas, tal cosa ya resulta casi
indistinta. En el seno de mi diario, esta confesión se perdería en el silencio
ensordecedor que sume al grueso de mis anotaciones restantes; ante el piélago
infinito del universo digital, mis palabras naufragarán también infinitamente,
en el anonimato internético. Escriba en mi agenda personal o lo haga en las
redes, creo que ambas cosas terminan indiferenciándose, confluyendo en un solo espacio
verbal que recoge el destino de las dos opciones de escritura.
Antes de ayer volví a
experimentar, tras un período largo de abstinencias emotivas, ese momento que
sólo puede ser identificado por y definido como experiencia poética.
Fui a Murcia para echar
un vistazo a la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que entre fines de febrero
y principios de marzo se celebra en esta ciudad. A pesar de las crisis económicas y las
irregularidades lectoras en el público, la feria se mantiene aunque con algún
que otro kiosco menos que en convocatorias anteriores.
Adquirí un par de libros
de filosofía, ensayo y poesía - obras de Schleiermacher,
Kierkegaard, Gil-Albert y Philipe
Jacottet - y sin hallar otra cosa de interés, decidí encaminarme hacia la
estación. Advertí que disponía de casi dos horas para tomar el penúltimo tren
hacia Orihuela y por ello, me senté en el exterior de la heladería y cafetería Sirvent, en plena Gran Vía. Pedí un café
con leche y una botellica pequeña de agua. Esta local es mi preferido. Me pilla
de camino a la estación, tengo localizado el tiempo que tardo desde este punto
y siempre hay sitio de sobra. El clima estupendo que hace casi siempre invita a
sentarse fuera y entregarse a la degustación generosa de lo que hayas pedido.
Cuando el chico me trajo
el café y empecé a tomarlo cadenciosamente mientras hojeaba las páginas del
libro del poeta Jacottet, se produjo la súbita y también eurítmica metamorfosis
del entorno, o para ser más preciso, de la percepción de ese entorno. Desde mi posición estática, de
pronto, todo comenzó a adquirir un movimiento que integraba la totalidad de los
elementos en un solo ritmo: gente diversa que pasaba, las otras personas
sentadas que tranquilamente charlaban y consumían su merienda, los reflejos de
los escaparates y los calmos interiores de las tiendas, el ruido del tráfico…
Todo esto se iba mezclando con los pasajes del libro que iba leyendo: los términos
rosa, hojarasca, nubes, luz, se plegaban en una sola dirección
que confluía con el resto de cosas percibidas en la realidad espacial
inmediata. Tras este movimiento conjuntamente unánime de lectura y fenómeno
exterior, de pronto, vi o sentí que la poesía no era sino una confirmación
escrita del carácter poético de la realidad y fue entonces cuando una sensación
absolutamente deliciosa de dicha me atravesó mente y alma para poco a poco, ir
atomizándose hasta quedarse en una advertencia algo más remota en la superficie
de las cosas percibidas.
Supe ser un pícaro
cuando esa sensación de felicidad intensa me atravesó de tan encantadora manera,
pues en el instante mismo de producirse la experiencia, arriesgué una suerte de
análisis de lo que estaba sintiendo, llegando a la conclusión de que el paraíso
existe y no en enclaves etéreos de ningún teórico más allá, sino ubicado en la
realidad inmediata y ya mismo. La ventura del alma se está realizando ya, ante
tus ojos, en el día de hoy, en la jornada presente, en la hora en la que
respiras y miras. Y que es la poesía el código tácito que articula todo ello
con harmonía y absoluto sentido.
Terminé mi café, cerré
el libro y poco después me levanté, dirigiéndome a la estación. Aunque la
sensación de paz y bienestar no me abandonaban del todo, me producía cierto
contratiempo interno el hecho de poder vislumbrar estos estados de dulcedumbre
mística a costa de mi irremediable soledad. Sé que mi estado habitual es excepcional,
es decir, no normal: sin trabajo, sin familia propia, sin pareja, sin hijos, con
una capacidad muy complicada para poder socializar con éxito y provocar al azar
para que esta me surta de amigos a mi edad insólita. Cualquiera en mi situación
ya habría hecho cualquier cosa para huir de una soledad convertida en amargo aislamiento.
Y lo peor es que he estado siempre así. Algo me arrebató el acceso a la
realidad. Son los otros, los demás quienes la ocupan y conquistan.
Yo no vivo la vida, la
sueño. En mi caso, declaro que esto es absolutamente así. La enorme demora de
la vida en mí, supone una infinita muerte en vida. Por ello una mezcla de estupefacción
y de felicidad secreta me sumen en un solo trago ante experiencias como las del
otro día en la cafetería. Entiendo tales experiencias como expresiones de una esperanza
posible, como respuestas semiconscientes de mi propio imaginario. Pero sabiendo
que nada en mi no-vida va a cambiar, ¿sigo creyendo en el mensaje de la poesía
o espero a que la decadencia de la carne o de la psique me borre del mundo?
La simplicidad con que
se me ocurre comunicar estas cosas aquí, se corresponde con su total verdad. Para
salvarme e ir tirando, no puedo sino convertir en literatura el conflicto que
me impide vivir como cualquier persona. El tema radica en hasta cuándo voy a
resistir esta suspensión de la vida jugando conmigo mismo.
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