Creo que podríamos
definir elementalmente la obra de quienes actualmente se dedican a escribir
poesía como una oferta de mundos. Cualquier obra poética lo es de modo común. Y
ante una oferta, el lector es libre de elegir qué motivos, ritmos e
intensidades le interesan más. Hace unos
años, en España existían escuelas
poéticas, estilos de escritura que competían veladamente entre sí: la
poesía de la experiencia pretendía elevarse por encima de la del silencio; las
poéticas autónomas se aislaban en su personalismo, en el conjunto de sus
motivos inspiratorios considerados legítimos (Guillermo Carnero); otras
poéticas se ligaban a un concepto terapéutico, lenitivo de la escritura en
situaciones personales límite (un Panero, por ejemplo), otras se refugiaban en
las cámaras exquisitas del culturalismo… Actualmente no existe debate poético
ni escuelas percibidas como tales que se encuentren en supuesta práctica
beligerante. La escritura poética ha explosionado en vertientes individuales y
la perspectiva de campo nos muestra como producto de semejante tesitura, una
oferta tan diversa como dispersamente relevante. Tras las eclosiones teóricas,
antaño tan combativas como lúcidamente asumidas, hoy nos toca, quizá, recuperar
los orígenes de la experiencia poética, volver a partir de cero tras haber
despejado obstáculos del camino. Es por eso que cada obra poética se nos antoje
hoy como epítome de trayectorias, especulación de lo que especulaciones
precedentes dejaron. Hago esta
introducción para ubicar convenientemente la obra poética de Santiago Montobbio
que como oferta entre otras igual de singulares, pretendemos reseñar en las
páginas virtuales de este blog.
Hasta ahora, Montobbio
nos tenía acostumbrados a una articulación de los poemas desde un aquí sin
término, desde un concepto del presente como fuente secretamente ubérrima y
continua de la musa, de la escritura. En realidad, esto no ha cambiado en
cuanto a justificar su poética: digamos que se ha asentado, al buscar un
cómplice regulador del tiempo del verso, de la expresión escrita: la
combinación en un mismo texto de poesía y prosa. No es un mero experimento. La libertad de la poesía, es la
consecuencia franca de un concepto de escritura y de experiencia literaria que
ante el afluir de la realidad poética, ante su inmediatez, el autor permite que
se encarne en una escritura continua; que la poesía, como fenómeno, emerja y se
componga conforme se produzca ante una sensibilidad que es la que coloca las
palabras precisas a ese flujo. Montobbio vence, quizás, pudores formales, y se
atreve a formular la génesis simple de su poética, de su emprendimiento literario. En el libro
que nos atañe, Montobbio, casi a modo de manifiesto personal, nos dice: El escribir en libertad y desde una manera natural en su más absoluta
radicalidad, y que es el que casi se
escriba en uno, que uno sea escrito. Que la
palabra se cumpla y haga fuera de todo programa o ideación o previas
concepciones, y dejar que así se haga - hágase en mí tu palabra. Escribir como
quien respira.
Esta localización de la
poesía tan semejante al flujo de conciencia de las novelas, justifica el
paralelismo de la escritura poética con la escritura de prosa en un mismo
espacio contextual en el que quedan registradas ambas: el diario. Advirtiendo
la proximidad conformativa de ambos géneros bajo una misma inspiración, Montobbio
pensaría que una realización literaria tan feliz como integral de la eclosión
poética y la linealidad prosística hallaría
una expresión unitaria en el formato indefinidamente plástico del diario. En
este, tanto la poesía como la prosa, se encontrarían totalmente diferenciadas a
la vez que constituirían una sola experiencia. El diario, en tanto que es otro
género literario, en definitiva, se mostraría capaz de convertirse en
receptáculo de varias escrituras, de asumir en lo ilimitado de sus componentes,
ambas experiencias de vida, ambas tentativas confesionales y expresivas. Un
diario no determina contenidos: al revés, es el tipo de escritura lo que crea
al diario. Un diario lo puede ser de registros meteorológicos o de facturas, de
sueños o de partidas de ajedrez ganadas, inventario de cualquier tipo de cosa o
eventos, de frustraciones amorosas o deseos abortados. En esto consiste la
dinámica virtualidad del diario, en su multifacética capacidad informativa. Aquí, en este punto, creo que existe un matiz.
Acabamos de decir que La libertad de la poesía
se presenta bajo los ropajes movedizos del diario, pero me parece que utiliza a
este como excusa para crear otra cosa. No creo que La libertad de la poesía sea un mero diario. Montobbio ha escogido
este formato para articular la complejidad específica de una experiencia
literaria en la que el tiempo y su trascendencia encuentran un cauce
estratégico de expresión. En La libertad
de la poesía, Montobbio ha actualizado poesía y prosa en un mismo
discurrir, manteniendo la autonomía competencial de cada modo de escritura. Mientras
la prosa nos informa sobre aspectos de la vida diaria del autor, comenta
lecturas o anécdotas y esboza reflexiones literarias, la poesía, actúa como
contrapunto a las linealidades de la prosa, emprendiendo el vuelo, activando
las palabras de otro modo. Se puede tener la tentación de aproximarse a la
intimidad cotidiana del autor, o bien, de eludirlo escogiendo sólo las unidades
sugestivas de los versos. Uno puede hacer lo que deseé, claro, pero recomiendo
que intenten leer pasajes que integren ambas perspectivas y se podrá comprobar
cómo la experiencia de la lectura se dimensiona notablemente de esta manera,
cómo los vínculos sutiles entre el logos narrativo y la gracia poética se dejan
notar, o danzan en multiplicativa confluencia. Ya dije que la obra poética es
una oferta de acceso a una experiencia lingüística y emocional.
Tanto la poesía como
acaso, la prosa, son virtualmente inacabables en la perspectiva de Montobbio. Y
ello por el mecanismo temporal que activa su escritura: un presente que, como
tal, se produce indeterminadamente y no acaba porque entonces supondría el fin
de todo. Un concepto así del evento poético, una suerte de inmanentismo
poético, si me permite la invención, al
extenderse en el tiempo, puede suponer períodos de mimetismo e
indiferencia. Es en este punto donde quizá el lector pueda hallar una objeción a la poética de Montobbio. Si
escribimos como se respira, si la poesía es un flujo diario y sin fin, si
renunciamos a una escritura más formal y contenida, corremos el riesgo de
producir indiferentemente y acumular texto. El problema de lo cuantitativo
aparece aquí, - La libertad de la poesía sobrepasa las
seiscientas páginas - confirmando el riesgo de rozar la monotonía. Borges destacaba el carácter de
artificio de la poesía. Si la poesía se escribe casi como cualquier cosa,
entonces deja de ser algo excepcional. Resulta curioso comprobar cómo cada
régimen de escritura articula productos bien diferentes, casi antitéticos. Una
concepción desmesurada de la libertad creativa malogra o enfurruña
posibilidades literarias. Recordemos uno de los objetivos del primer
surrealismo: la poesía será escrita por todos. Se equivocaron de prioridad. Lo
que en realidad querían decir es que la poesía sería disfrutada por cualquier
persona, no escrita por cualquiera. Si fuera así, la poesía dejaría de tener
sentido, se convertiría en un hosco flujo sintagmático sin fin y sin belleza.
Este viene a ser el
inconveniente de propuestas como la que se deriva de esta obra de Montobbio. La
liquidez, la suma plasticidad de la experiencia poética concebida como emergencia
continua del instante, del ir y venir del ahora. Confieso que cuando tuve
delante el volumen de Montobbio, me pareció desmesurado y pensé que de igual
modo la experiencia literaria que reflejasen sus páginas sería igual de riesgosa. Pero, no, en realidad se trató de una experiencia sutil y calma, tan
evocadora como tranquilamente reivindicadora de un orden y una harmonía.
Recordemos que la poesía es el lenguaje de lo posible. Lo dijo, nada menos que
Heidegger. Y es esta concepción de la poesía la que legitima y ampara la
aventura cordial de Montobbio.

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