Tendría yo veinte
tantos años cuando un buen día, al entrar en mi habitación y tras unas lecturas
de filosofía que parece me estimularon formas de pensar el espacio, hice para
mis adentros la siguiente apreciación: si yo entro en una habitación como lo he
hecho ahora mismo, la visión que tengo de ella dependerá de mi altura y del
punto desde el que observe la estancia: desde la misma puerta, desde un poco
más allá, un poco más acá. Y sobre todo dependerá de que mi persona esté presente,
claro. Pero ¿y si no hay nadie, y si nadie entra en la habitación, qué
perspectiva podemos imaginar del interior de la misma? Si nadie mira la
habitación, cómo es mirada la misma, qué perspectiva ofrece. Pero si no hay
testigo o persona, no puede articularse perspectiva ninguna. ¿Y si se nos pide
que imaginemos el interior de la habitación sin estar nosotros físicamente
allí? Si no hay conciencia humana que imagine una perspectiva que visione la
habitación, ¿es posible que la habitación se haga visible de algún modo? Si
nadie mira la habitación, qué perspectiva nos la daría a conocer, qué imagen de
la habitación se haría posible. Si nadie la observa, quién o qué se hace
consciente de ella? Recuerdo que me alucinaba considerar que la habitación que
yo hacía visible en mi conciencia y era capaz
de retener gracias a la memoria, no existía si no había una conciencia
que la registrara. Yo sé que la habitación existe, pero la habitación sola deja
de existir en tanto no exista conciencia que se la represente para sí. Sé que
esta afirmación es producto de un idealismo extremo y como alucinado, pero hace
años, consideraba que la habitación, efectivamente, no existía si nadie la
percibía. Lo que continuaba alucinándome era que el montón de posibilidades de
visionarla para una persona, desde una determinada altura, con las luces
apagadas, pegado a una de las paredes, subido a una escalera, etcétera, esta
pequeña suma de posibilidades perspectivas, desaparecían, se esfumaban ante esa
no presencia de un percibiente.
Me encuentro con un
video del cantante Luciano Pavarotti
de 1964, actuando en Moscú. Tenía yo entonces un año. Sensación sorpresiva al
verle bajo unas apariencias distintas, mucho menos grueso aunque corpulento y
muy alto, pero sobre todo, sorpresa al verlo aparecer tras años de su fallecimiento. Es como si de repente
dijera, aquí estoy de nuevo, en realidad, no he muerto. Sensación de
resurrección, de que los que se han ido se encuentran en alguna remota región
del espacio o del tiempo.
¿Por qué determinados autores, artistas, novelistas, pensadores, los asociamos a una singular interpretación estética, con exclusión de cualquier otra, y encima se nos presentan llenos de prestigio? Por ejemplo, Ramón Gaya. Este autor, según sus textos y declaraciones, no fue más allá de Velázquez. Los impresionismos o modernismos, que fueron movimientos coetáneos, los admitió pero no se identificó con ellos. A Picasso le reconoce la fama, pero poco más. Incluso a veces se percibe más o menos un velado desprecio. Qué suerte de misterio hace que todos convengamos en que Gaya es una gran sensibilidad, pero su distanciamiento cuando no su ignorancia total de todos los fenómenos y movimientos de vanguardia artística no le afecten en absoluto, sino al contrario, le refuercen en sus ideas y querencias velazqueñas.
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