Creo que fue Roland Barthes quien dijo que la lectura es una
operación que no tiene término. Se puede estar leyendo hasta que nos hartemos o
nos interrumpan, pero el espacio que hayamos abarcado no posee una prescripción
concreta. Además, los libros existentes son incontables y como dijo otro autor,
Borges, un libro ya resulta infinito en sí en cuanto a sugerir interpretaciones
de su contenido. Por ello podríamos concluir que la lectura no tiene fin, es
decir, motivo (recordemos la ociosidad vinculada a esta actividad) y es sin
fin, interminable. ¿Qué ocurrirá, entonces, con la operación supuestamente hermana,
con la maniobra presuntamente paralela y con la que la lectura forma unidad
referencial de todo percance intelectivo: la escritura?
Según el propio Barthes y a diferencia de la lectura, la
escritura no es exclusivamente placentera. En la lectura otros han resuelto la
anécdota, la historia o el tratado. Aquí, en la escritura tengo que ser yo quien
ejecute la relación sintagmática, quien ubique el paquete semántico y desenlace
el acontecimiento. Y a través de la escritura, la infinidad de operaciones que
se liberan: la expresión, la confesión, la información, la protesta, la denuncia…,
forman parte de esa globalidad furtiva que se incluye en la escritura.
Es por todo esto que la escritura puede conformarse en legado
de un sujeto de una comunidad, de un estilo.
Cuando es la particularidad de las circunstancias lo que
determina el cariz de la escritura, esta puede convertirse en la metralla anímica
con que un autor deje las cuentas claras sobre su contexto íntimo o social. Si
las circunstancias son especialmente crueles, la escritura se convertirá en
sello y expresión de ese momento, más allá de la especificidad temporal con que
los hechos se registren en la memoria. Jordi
Doce, en este su último libro, La Insistencia, nos lo demuestra con
elocuencia. Si la escritura insiste quiere decir que ningún pliegue clandestino de
lo acontecido va a escapar a su operación dilucidatoria, a su abanico
analítico. Cuando el dolor nos arrasa es cuando podemos comprobar realmente qué
compromiso tenemos con la escritura, qué potencia sanadora, más allá de la
alusión, revela nuestro escribir a través de semejantes tensiones.
Y lo extraordinario es, precisamente, que la escritura
insista, es decir, que no sólo refiera el lugar del impacto en el alma, sino
que defina las sucesiones íntimas de la colisión. Es como si la escritura nos
señalase que es singular y delicada competencia suya la de vérselas con las
inclemencias súbitamente destructivas de la vida y que sólo ella, en ese
instante, cumplimentará su misión, convirtiéndose en matizado y sólido artífice
de la memoria.
La escritura conjura el dolor y el asalto de los demonios.
Consúltese la historia maldita de todos los autores que se propusieron
representar el mal a través de la literatura.
Quizá, leyendo estos fragmentos escocidos y ácidos que
componen La insistencia, uno pueda llegar a decir que, al menos, el mal o el
dolor ofrecen una virtud de rebote al pensamiento: el revolverse contra esos
males, el despertar la rabia como signo de revelación contra lo producido. Y
ahí, en ese territorio, la escritura puede presentarse como muy fértil. Jordi
Doce lanza dardos contra aspectos penosamente inerciales de nuestra sociedad y
nuestra cultura, contra formas aparentes de conciliación o superación, contra
la historia de la nación propia, contra voluntades adversas dentro de la
familia, contra expresiones o motivos que parecieran escapar al estereotipo
pero que finalmente, pueden resultar falibles en cuanto a lo que
refieren... A veces hace falta invertir
lo que afirmamos para descubrir el auténtico destino de tal asunto. Por todo
ello, la escritura repasa los falsos pasadizos e insiste en redefinir los
abruptos territorios por los que
pasamos, convencidos de que no hay otros trayectos. El trayecto en sí es la
propia escritura y uno debiera confiar en ella, en su cuasi automático
desarrollo. Del mismo modo que muchos años de atenta lectura, atesoran lenguaje
en el sujeto, si nuestra relación con el escribir, con la literatura, va más
allá del ilustrado hobby, la escritura deviene una prolongación de nuestro
sentir y de nuestro pensar y nos hace testigos de los aspectos insondables de
lo experimentado. Con la lectura le hemos dado alimento al cerebro. La
escritura responde como consecuencia fulgurante de tal toma de tan selecto hidromiel.
Y entre esas respuestas, puede sobrevenir, sorpresivamente,
astillas de esperanza. La realidad transida nos sorprende con su capacidad de renovación
y resistencia: El mundo no se acaba
cuando muere uno de los nuestros. Al contrario, se llena interminablemente, de
nuevas “primeras veces”. Los ausentes nos ayudan a redescubrir la presencia.
O bien, despertar los brillantes hallazgos del instinto
poético: El cuervo y la rama caída no son
lo contrario de la nieve, pero sí su reverso.
La escritura es una oportunidad de transfiguración para
volver a ser nosotros mismos, recuperados frente al mal a quien hemos impedido
su avance y a quien diluimos con una inteligencia reforzada. Las heridas nos
destruyen, pero hemos sido capaces de identificarlas, de objetivarlas y es por
eso que las portamos como embalaje de un viaje todavía doloroso pero irrigado
de singulares estímulos.
Concebido durante un período de duelo, La insistencia, nos hace recordar cómo puede el ánimo preservarse a través de una actividad tan común y excelente como la escritura al tiempo que con esta y en esta tesitura, redefinir nuestra posición emergente ante los aspectos sordos de la realidad y la deleznable oportunidad de la necedad de volver a formularse.

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