martes, 21 de abril de 2026

LA INSISTENCIA Jordi doce




Creo que fue Roland Barthes quien dijo que la lectura es una operación que no tiene término. Se puede estar leyendo hasta que nos hartemos o nos interrumpan, pero el espacio que hayamos abarcado no posee una prescripción concreta. Además, los libros existentes son incontables y como dijo otro autor, Borges, un libro ya resulta infinito en sí en cuanto a sugerir interpretaciones de su contenido. Por ello podríamos concluir que la lectura no tiene fin, es decir, motivo (recordemos la ociosidad vinculada a esta actividad) y es sin fin, interminable. ¿Qué ocurrirá, entonces, con la operación supuestamente hermana, con la maniobra presuntamente paralela y con la que la lectura forma unidad referencial de todo percance intelectivo: la escritura?

Según el propio Barthes y a diferencia de la lectura, la escritura no es exclusivamente placentera. En la lectura otros han resuelto la anécdota, la historia o el tratado. Aquí, en la escritura tengo que ser yo quien ejecute la relación sintagmática, quien ubique el paquete semántico y desenlace el acontecimiento. Y a través de la escritura, la infinidad de operaciones que se liberan: la expresión, la confesión, la información, la protesta, la denuncia…, forman parte de esa globalidad furtiva que se incluye en la escritura.

Es por todo esto que la escritura puede conformarse en legado de un sujeto de una comunidad, de un estilo.

Cuando es la particularidad de las circunstancias lo que determina el cariz de la escritura, esta puede convertirse en la metralla anímica con que un autor deje las cuentas claras sobre su contexto íntimo o social. Si las circunstancias son especialmente crueles, la escritura se convertirá en sello y expresión de ese momento, más allá de la especificidad temporal con que los hechos se registren en la memoria. Jordi Doce, en este su último libro, La Insistencia, nos lo demuestra con elocuencia. Si la escritura insiste  quiere decir que ningún pliegue clandestino de lo acontecido va a escapar a su operación dilucidatoria, a su abanico analítico. Cuando el dolor nos arrasa es cuando podemos comprobar realmente qué compromiso tenemos con la escritura, qué potencia sanadora, más allá de la alusión, revela nuestro escribir a través de semejantes tensiones.

Y lo extraordinario es, precisamente, que la escritura insista, es decir, que no sólo refiera el lugar del impacto en el alma, sino que defina las sucesiones íntimas de la colisión. Es como si la escritura nos señalase que es singular y delicada  competencia suya la de vérselas con las inclemencias súbitamente destructivas de la vida y que sólo ella, en ese instante, cumplimentará su misión, convirtiéndose en matizado y sólido artífice  de la memoria.

La escritura conjura el dolor y el asalto de los demonios. Consúltese la historia maldita de todos los autores que se propusieron representar el mal a través de la literatura.

Quizá, leyendo estos fragmentos escocidos y ácidos que componen La insistencia, uno pueda llegar a decir que, al menos, el mal o el dolor ofrecen una virtud de rebote al pensamiento: el revolverse contra esos males, el despertar la rabia como signo de revelación contra lo producido. Y ahí, en ese territorio, la escritura puede presentarse como muy fértil. Jordi Doce lanza dardos contra aspectos penosamente inerciales de nuestra sociedad y nuestra cultura, contra formas aparentes de conciliación o superación, contra la historia de la nación propia, contra voluntades adversas dentro de la familia, contra expresiones o motivos que parecieran escapar al estereotipo pero que finalmente, pueden resultar falibles en cuanto a lo que refieren...  A veces hace falta invertir lo que afirmamos para descubrir el auténtico destino de tal asunto. Por todo ello, la escritura repasa los falsos pasadizos e insiste en redefinir los abruptos  territorios por los que pasamos, convencidos de que no hay otros trayectos. El trayecto en sí es la propia escritura y uno debiera confiar en ella, en su cuasi automático desarrollo. Del mismo modo que muchos años de atenta lectura, atesoran lenguaje en el sujeto, si nuestra relación con el escribir, con la literatura, va más allá del ilustrado hobby, la escritura deviene una prolongación de nuestro sentir y de nuestro pensar y nos hace testigos de los aspectos insondables de lo experimentado. Con la lectura le hemos dado alimento al cerebro. La escritura responde como consecuencia fulgurante de tal toma de tan selecto hidromiel.

Y entre esas respuestas, puede sobrevenir, sorpresivamente, astillas de esperanza. La realidad transida nos sorprende con su capacidad de renovación y resistencia: El mundo no se acaba cuando muere uno de los nuestros. Al contrario, se llena interminablemente, de nuevas “primeras veces”. Los ausentes nos ayudan a redescubrir la presencia.

O bien, despertar los brillantes hallazgos del instinto poético: El cuervo y la rama caída no son lo contrario de la nieve, pero sí su reverso.

La escritura es una oportunidad de transfiguración para volver a ser nosotros mismos, recuperados frente al mal a quien hemos impedido su avance y a quien diluimos con una inteligencia reforzada. Las heridas nos destruyen, pero hemos sido capaces de identificarlas, de objetivarlas y es por eso que las portamos como embalaje de un viaje todavía doloroso pero irrigado de singulares estímulos.  

Concebido durante un período de duelo, La insistencia, nos hace recordar cómo puede el ánimo preservarse a través de una actividad tan común y excelente como la escritura al tiempo que con esta y en esta tesitura, redefinir nuestra posición emergente ante los aspectos sordos de la realidad y la deleznable oportunidad de la necedad de volver a formularse.

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