El otro día visité una exposición en la sala de Las Verónicas de Murcia. Confieso que no me acuerdo del artista, quien, creo, era una mujer, pero teniendo en cuenta el aspecto pedagógico-temático que adquieren muchas de las exposiciones, estas acaban convirtiéndose en anónimas. Todas se parecen porque emergen de un idéntico adiestramiento académico. La exposición trataba sobre la inmigración en España, y aunque, como he dicho, la autoría de estas instalaciones no resulte, por lo general, muy relevante, admito que el trabajo que se despliega sí apunta a una realidad cuyas características incómodas evitamos considerar.
La exposición permitía una lectura global de lo existente en la sala gracias a una serie de caminos rotulados con mensajes acusatorios que interconectaban todo el material artístico entre sí, concentrando su significación común. Viendo la exposición sí reparé en una cosa muy desagradable que periodistas y analistas han recordado una y otra vez ante el crecimiento de nuestro hastío: la cantidad de personas que han muerto intentando acceder a territorio europeo. Hay en nuestros aledaños una cantidad fantasma de almas desaparecidas, una masa de personas sin rostro cuyo sacrificio debiera removernos las entrañas.
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