Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la consternación, dándole vueltas a qué es lo que no le ha gustado de lo que he escrito. Creo que el texto era ameno, combinando pequeñas reflexiones con el relato de anécdotas de viaje y observaciones del paisaje y de entornos urbanos. Creía que mi texto se adecuaba al contenido de la editorial, pero... Es como si al entregar un regalo a alguien, hubiera recibido un manotazo. Y enseguida crees que has escrito mal, que te ha faltado bibliografía o chispa en la redacción. Desde el centro de la creación, no eres capaz de entender qué elementos ha valorado e ignorado la mente de un editor que piensa en un producto vendible, comestible y legible.
Vivimos la imposición de términos y giros por parte de este imperio de periodistas, sobre todo deportivos, que nos rodea, a años luz del conocimiento de conceptos que escritores o intelectuales vehiculaban a través de sus obras hace unas décadas. No sé por qué porras han cambiado el verbo bloquear por el estúpido blocar, que me suena palurdo, de tonto de pueblo. Y ahora parece que desastre no existe. Les ha dado por decir ridículamente debacle porque quizá es más fino o semeja un eufemismo con respecto al significado fuerte del término. Lo reconozco. Me da rabia que por economizar en la dicción y evitar la mención directa de una palabra, sean los periodistas deportivos y los periodistas en general quienes impongan términos y encima suenen a novedosos. Pero, claro, desmontado el papel de intelectuales y desechados poetas y escritores, parece que no quede nadie sino los comentaristas de los medios para popularizar palabras.
Los poetas debieran dar un discurso cada equis tiempo en el Congreso de los Diputados. El Parlamento ¿no es la casa democrática del pueblo y la sede de la palabra del mismo? Francamente, visiono debates que ya quisieran protagonizar los inexistentes poetas de hoy.
Leo las rubayat de Omar Kayam en una tan añeja como admirable versión de Diego Navarro. Si hay algún traductor que vertió al español los cuentos de Poe tan brillantemente o más que Julio Cortázar, este fue Diego Navarro. Kayam resulta sorpresivo. Su canto al vino y a la extinción de los cuerpos bellos, resulta conmovedor a través de una expresión concentrada y breve. No hay otra cosa que constatar sino que la vida se va y se irá y que en ese proceso imparable, también, incomprensiblemente, la belleza desaparece. El interrogante que el poeta persa le dirige a la Divinidad es por qué los seres que han sido bendecidos por la belleza, se extinguen como cualquier otra cosa en el agujero sin fondo que supone la muerte. Kayam resulta muy sincero y efectivo en su inquietante planteamiento. Su queja es toda una imprecación melancólica al Dios que nos ve y que parece indiferente ante lo que sucede o permite que suceda.
Cuando el pensamiento se propone ser virtuoso en sus inquisiciones, produce obras insólitas o se reviste de la genialidad. Todavía sigo leyendo con admiración los centenares de aforismos y definiciones breves que Schlegel conjuntó en sus Cuadernos literarios. Estos aforismos que tratan sobre los géneros literarios, sobre la música, sobre la genealogía de conceptos estéticos, resultan tan brillantes, tan contundentes, tan surrealistas a veces (fórmulas matemáticas para explicar tipos de versificación), tan irremediablemente barrocos, suponen en sí tal exhibición del pensamiento hiperlúcido de la crítica literario-filosófica, que sorprende, además, la fecha de su redacción final: año 1800. Pueden leerse como extractos de crítica actual, concebida en pleno siglo XX, o actualmente.



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